Carolina

(Leu)

En el campo del amor hay un lugar muy especial para los amores contrariados. Ellos, con sus dientes de pétalos y su sonrisa de alcohol, abaten la arrogancia de la juventud. Este es uno de ellos.

A Carolina Rodríguez la conocí una noche de mediados de diciembre de 1999. El día inició con unos tragos de aguardiente con unos compañeros de semestre. Al medio día me encontré con el negro, Walther y Astrid. Nos acostamos – después de ir al edificio de Lingüística para acompañar a Astrid a buscar una profesora- a tomar vino. A las cinco de la tarde se nos unió Suárez. A las siete de la noche el negro me preguntó si quería ir a bailar; la pregunta me pareció extraña, fuera de tono, incluso; sí, no veo porque no, le contesté; ¿Quiénes van?, indagué. Las amigas de Astrid. ¿Están buenas?, inquirí; Sí, dijo al tiempo que levantaba los labios en señal de convencimiento. A las ocho de la noche salimos los mencionados hacía el centro. Nos bajamos en la 19 y caminamos hacia la Jiménez por la carrera tercera. Cuando llegamos frente al bar Antifaz, Astrid dijo: ¡Ahí están, ya vuelvo! No le presté atención (estaba muy concentrado en abrir la nueva caja de vino con la boca y con las llaves del apartamento). A los cinco minutos llegó Astrid con dos jovencitas: una tenía gafas, una nariz un poco larga, labios ligeramente gruesos y una dotación generosa de pecas; la otra era una morenita muy agradable y bastante atractiva. Será caerle a alguna de estas viejas, me dije mientras cruzaba miradas con las dos. Les presento, dijo Astrid, a mis amigas; él es Walther, él es Suárez y él es Diego; mucho gusto, les dije mientras levantaba el brazo derecho; yo soy motas. Ellas, las dos amigas de Astrid, se miraron con algo de asombro; ah, motas, repitieron débilmente y al unísono. No le preste atención y seguí tomando de la caja que tenía en mi zurda.

Meses después (el 20 de abril de 2000), llamé a Astrid o ella me llamo-no lo recuerdo bien-; el caso es que me dijo que una amiga suya necesitaba un libro sobre Hölderlin (para ser exactos ella no se acordó del nombre del escritor), y quería que yo le hiciera el favor. No creo que pueda, contesté; estoy un poco ocupado con un ensayo para el contexto Revolución Industrial; sin embargo, concluí, dame el teléfono haber si le puedo ayudar en algo. Esa misma tarde la llamé, pero lo único que me respondió al otro lado fue una contestadora diciendo: hola, llamas al xxx; sí necesitas a Carolina o si te gustó mi voz, marca uno, si no, marca dos. Parece que tiene buen humor la amiga de Astrid, me dije al tiempo que sonaba el pito. Lindo mensaje, dije al infinito silencio que sobreviene al pitido; soy Diego, amigo de Astrid; ella me dijo que necesitabas que te prestara un libro, o algo así; si aún lo necesitas llámame al xxx. Esa noche me llamo Carolina a las nueve; recuerdo que hablé muchísimo con ella –cosa rara en aquellos tiempos -y que sentí, al colgar, un leve cosquilleo en la boca del estómago; inmediatamente me abalancé contra la pila de libros que tenía en mi cuarto y busqué afanosamente todo lo relacionado con Hölderlin; al filo de la media noche encontré el artículo que me daría, pensé en ese momento, la excusa para llamarla. Al otro día, en efecto, la llame para comunicarte el feliz hallazgo: tenía un artículo que le serviría para hacer el trabajo. Quedamos de encontrarnos al día siguiente, el jueves santo, frente a la biblioteca Luís Ángel. Recuerdo que llegué diez minutos tarde a la cita. Iba subiendo por la calle once hacia la carrera cuarta cuando sentí la mano derecha en mi brazo izquierdo; volteé a mirar y era una muchacha bastante pecosa que me miraba con una sonrisa sincera. ¿Hace mucho llegaste?, preguntó. No, acabo de llegar, respondí en tanto intentaba interpolar la imagen de esta mujer con la de una de las dos amigas que Astrid me había presentado meses atrás. ¡Claro! me dije un segundo después; ya se quién es. Vamos a tomar gaseosa, sugerí; sí, gracias, contestó. Estuvimos buena parte del día hablando y conociéndonos…

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