Primera Borrachera

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Por entonces era un niño precoz, ruidoso y desobediente de seis años que hacía lo que me venía en gana. Aquella ocasión me di al hurto agravado de cerveza, guarapo y aguardiente en una de aquellas fiestas que organizaban mis papás a orillas de un río, y en la que se entregaban a la jarana sin acordarse de la suerte de sus hijos. Imagino que fue suficiente beber tres sorbos de cada tipo para que mi cabeza (aquella a la que aún no se le había formado completamente los lóbulos frontales) quedara en estado calamitoso: las neuronas estallando al tiempo que enormes territorios de materia gris se apagaban instantáneamente, engendrando un caos que se extendía por todas las regiones del cuerpo.

Mi hermana, que bordeaba los cuatro años, me empujaba para que me tropezara y me golpeara la cara contra la primera piedra que se atravesara en mi caída. Todas las veces mi cabeza pegaba, para su despecho, contra un pasto denso y agresivo, lanzando un sonido opaco similar al que producen las frutas cuando se desprenden del árbol. Siempre me levantaba y la perseguía con la esperanza de alcanzarla, pero ella, a pesar de ser una niña de cuatro años, se escabullía con una facilidad que le parecía sospechosa a la razón que por aquellas horas se encontraba embrollada en las telarañas del alcohol.

Al filo de la tarde, cuando la luz se torna anaranjada con visos azules, fui conducido por mi mamá al sitio en el que ella departía con un grupo de mujeres. Sentado en una silla estaba un anciano con los mismos ojos desorbitados y con la misma inminencia de arcadas que yo llevaba. Era tan grande su soledad que optó por hablar con un niño de seis años en lugar de continuar masticando palabras en las brumas de su silencio. No recuerdo qué nos dijimos, si algo logramos decir en medio de la borrachera. El caso es que el anciano terminó con la cabeza clavada contra el pecho en tanto que yo miraba las mareas que el viento formaba con el pasto. Poco después lo acompañé en su viaje hacia las regiones del sopor.

No sé quién me llevó a la camioneta del que años después sería mi padrino de bautismo. Tampoco sé cuánto llevaba de viaje en el momento que me vi obligado a regresar las bebidas espirituosas que gorgoreaban en el estómago. Lo único seguro es que el acto concitó gritos que solicitaban frenar a la mayor brevedad, chillidos de llantas, silbatos que venían de las tinieblas, crecían cuando se acercaban a nosotros y luego se apagaban en la oscuridad de la carretera. Luego regresé a la camioneta y me entregué a un sueño pantanoso del que salí cuando llegué a la casa de mi abuela, a tiempo para entregar el último remanente de alcohol bajo la tutela de su mirada indignada y de aquel zapateo que usan las mujeres de todos los rincones del mundo, y de todas las edades, para demostrar su reprobación…

Fin de semana (2000)

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Dedicado a Rodrigo Niño

Todos los fines de semana del dos mil iniciaban la noche del viernes con una botella de aguardiente y un petaco de cerveza, como se denominaba en aquellos días a la unión de una caja plástica y a las treinta cervezas polvorosas, de contenido dudoso, con tapas semi oxidadas o completamente oxidadas, de botellas desportilladas, que almacenaba dicha caja y a quienes, no obstante las rozaduras e imperfecciones, bebíamos como si fuera agua en mitad del desierto o ambrosía en las vecindades del Olimpo. Cuando había dinero, que era en muy pocas ocasiones, preferíamos comprar otro petaco, o canasta de cerveza, que también así se le decía, que comprar el aguardiente que nos desbarrancaba por las peñas de la demencia. Los petacos los comprábamos en un depósito que quedaba a cuatro cuadras y los subíamos, entre el estrépito de carcajadas, al cuarto de Rodrigo, que estaba en la terraza, bajo del cielo que en Bogotá no tiene estrellas, o las tiene pero se ocultan por vergüenza o miedo. Poníamos las cervezas y los cigarrillos al lado de un tocadiscos torcido como nuestros destinos y sacábamos una colección de cuarenta y tres acetatos que Rodrigo había recolectado de todas las fuentes y de todos los puntos cardinales. Luego empezábamos a beber lentamente, a dialogar, a cambiar los acetatos, también llamados vinilos, quienes subían y bajaban llevados por las ondulaciones del tocadiscos y a fumar hasta que el sol irrumpía tímidamente por las cortinas. En ese instante desenterrábamos el tocadiscos, los cigarrillos, las cervezas y dos sillas del cuarto para continuar la bebeta en la terraza, que más parecía un mirador porque desde allí contemplábamos a los vecinos ir y venir en su afanoso transitar por la existencia. El sábado huía entre las rendijas de las nubes que se iban con vertiginosidad de alucinación, con afán de tragedia, hacia el sur. A las cuatro o cinco de la tarde comíamos cualquier cosa que encontrábamos abandonada en la cocina y bajábamos a comprar otras canastas de cerveza o botellas de aguardiente, dependiendo de una compleja ecuación cuyas variables contemplaban el número de días del fin de semana, el grado de alcoholización en el momento de hacer la estimación, el deseo de emborracharnos hasta perder el sentido, el dinero con el que contábamos, mis compromisos académicos, los compromisos laborales de Rodrigo, la buena o mala elección de la música y los asuntos que aún no habíamos tocado en la conversación que, a esas alturas, promediaba las veinticuatro horas. Algunas veces errábamos en los cálculos y Rodrigo se iba amanecido y con barba de tres días al trabajo o yo salía en estado calamitoso, vomitando cada dos cuadras, a responder parciales de álgebra lineal. Pero esto no nos preocupaba porque, al fin de cuentas, ¡Qué importaba trabajar, entrar a clase o vivir ebrios si teníamos la eternidad por delante! Nunca, sin embargo, pecamos de tacañería: jamás, sin excepción, terminábamos en sano juicio o picados, como se decía en aquellos días al estado en el que se está con deseos de emborracharse pero sin recursos para hacerlo. El ajuste se hacía en dos o tres segundos, casi siempre frente a la casa, a la sombra de los cigarrillos, entre el crujido del ocaso que nos contemplaba detrás de una fila de casas desiguales, de colores heterogéneos, de fachadas descascaradas o, en caso que el tiempo hubiese corrido más rápido que de costumbre, bajo una noche cerrada, de nubes pesarosas tras la que se escondía la luna que mira, que husmea los humanos caprichos que tanta gracia le causan. Nos íbamos, dependiendo del resultado de la fórmula, hacia el depósito de cerveza, la cigarrería o a las dos, con pasos vacilantes, con humor oscurecido por la ingesta de bebidas espirituosas. Subíamos a la terraza, entrábamos al cuarto el tocadiscos, las dos sillas, los acetatos, las canastas de cerveza, los cigarrillos, el aguardiente y nosotros detrás de ellos. Encendíamos los cigarrillos, destapábamos las cervezas, nos sentábamos, poníamos te esperaré, un LP diseñado para avivar desamores, reconstruir los ojos esquivos de una quinceañera o revivir la indiferencia de alguna muchacha perdida en los andamios de los recuerdos y reanudábamos la conversación en la encrucijada en la que había quedado suspendida hasta que emergía el sol con quién salíamos hacia la terraza acompañados de tocadiscos, botellas de cerveza y aguardiente, cigarrillos y acetatos. En la tarde del domingo, a eso de las tres, íbamos, con el remanente de monedas y el billete para los días de lluvia, como denominaba al dinero arrugado que reposa en los entresijos de mi billetera, a comprar una botella de aguardiente con la que se rematará la jornada. Siempre fui quien tuvo el privilegio de subir con la botella a la terraza, sentarme a la sombra de las tejas que navegaban en la incertidumbre del crepúsculo, tomarla por el tallo, invertirla para examinar el fondo en busca de la transparencia que acredita la legalidad del trago. Acto seguido la sacudía con un movimiento enérgico, desprovisto de cualquier amago de debilidad, le daba tres palmadas enérgicas en el culo de la botella como si fuera el anca de alguna mujer de moral distraída que guste, acaso por su misma condición ética, de los amores toscos. Esto lo hacía con el fin de que todas las sustancias se mezclaran placenteramente a lo largo y ancho del envase. Posteriormente, cuando los potingues e ingredientes cesaban en su amalgama adulterina, contemplaba las etiquetas para comprobar la firmeza de la tinta, el lote y los respectivos sellos con los que la Gobernación de Cundinamarca certifica la calidad del Néctar (nombre que sugiere que quienes lo consumíamos, y quienes lo consumen actualmente, teníamos facultades divinas o, acaso, una espiritrompa por la que descendía ese brebaje levantisco y aventurero). Desatornillaba, después de la debida auscultación, el tapón y hundía la nariz en el pico de la botella para ser el primero en sentir las emanaciones etílicas que permanecieron encerradas por meses. Servía, por último, con la mano temblorosa a causa de la emoción, en dos copas plásticas. Al tercer trago iniciábamos el viaje hacia los recovecos de una borrachera infame, atiborrada de lagunas, descalabros, desmanes de todo calibre, historias que reconstruiríamos el siguiente fin de semana, cuando nos encontrábamos en la terraza de la casa de los abuelos de Rodrigo con algunos billetes arrugados, con la cabeza y el hígado dispuestos a destapar la primera botella de cerveza, para encender el primer cigarrillo y poner a girar alguno de los cuarenta y tres discos que nos esperaban en el orden que el alcohol los había dejado siete días atrás, con la esperanza que esa no fuera la última tomata, la última borrachera de nuestras vidas…

Sábado de Pre-Icfes

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Dedicado a los protagonistas

Eran las seis de la tarde cuando fuimos, por aquellas inercias del alcohol, a rematar la borrachera con una botella de brandy barato. Veníamos de un potrero que se transformó, gracias a la voracidad de constructores y banqueros, en bloques de apartamentos de cincuenta metros cuadrados, en casas de dos pisos, en hipotecas, en deudas a quince años. Caminábamos inclinados, trastabillando con las piedras, con los vanos de la calle, con los andenes, con el atardecer que se metía por las ventanas que a esa hora empezaban a tapizarse con cortinas de todos los colores. Llegamos a la Calle Sesenta y ocho, la mítica calle que recibía entre semana a miles de estudiantes de todos los colegios distritales y privados de la zona y quienes la llenaban, la llenábamos, de papeles, de escuadras desportilladas, de borradores, de lápices mordidos, de esferos reventados, de envoltorios de colombinas, de colillas de cigarrillos, de gritos, de improperios, de carcajadas que se trenzaban con el humo de los buses y con las miradas indignadas de peatones, de policías que se escondían en el CAI por temor, quizás, a que les hiciéramos daño. Íbamos, decía, para una licorería recién inaugurada que atendía al oriente del CAI, a dos o tres cuadras de la Carrera Treinta. Sentados en la acera, con la mirada vidriosa, con la lengua estropajosa, encharcada de melancolía, nos tomábamos los últimos tragos, venían los apretones de mano (porque en aquellos tiempos no se veía bien, no lo veíamos bien, eso de abrazarse, de tener contactos diferentes a las patadas, a los pastorejazos, a los puños), los agradecimientos de Suarez por haberlo respaldado el viernes, o quizás el jueves, no recuerdo con exactitud, en la gresca promovida por Larry, por Mora, por Fula, y de la que él pensaba en su borrachera, lo habíamos librado con gritos, con empellones violentos, con escarnios. La verdad, la simple y llana verdad, es que el héroe, el único que empujo con furia a Larry fue Diego Navarrete, quien en ese mismo instante bostezaba en su casa. Venían los tragos y los cigarrillos que alguien sugirió le quitáramos el filtro para emborracharnos más rápido (como si no estuviéramos lo suficientemente embriagados a esa hora), iban las risas haciéndose girones con los filos del alcohol, venían los gritos de Suarez y las promesas de Patiño, iban mis palabras desequilibradas, venia la mirada de Nabyl perdiéndose, internándose en ese mundo que no pudimos conocer en los veintitrés años que estuvimos en el mismo planeta. El brandy continuaba extinguiéndose, extraviándose en las gargantas escaldadas, al igual que la plata de Suarez, los cuarenta mil pesos que le había dado la mamá para pagar el Pre-Icfes y que se transformaron en cerveza, en aguardiente para retribuir, como queda dicho, la defensa, el auxilio en ese momento aciago en el que le recriminaban, en el que lo empujaban por pisar la maleta, por partir los plumones de Rocío. No sé a qué hora nos despedimos, si acaso lo hicimos, en qué momento decidimos irnos a nuestras casas a devolver a las cañerías las aguas pestilentes que navegaban en nuestros entresijos, las aguas que se fermentaban, que se descomponían como los perros muertos que naufragaban, y aún naufragan, en el caño del Doce de Octubre. Debimos irnos caminando hasta la casa con Patiño porque nuestros ingresos ese año, y muchos años más, eran magros, casi inexistentes: alcanzaban para dos buses, algunas veces sólo para uno, y un Mustang o, si había suerte, para dos buses y un Malboro (lo que llamaba la atención, dadas las condiciones económicas, es que hayamos jugado billar todo el año sin un centavo). El caso es que, al borde de la Avenida Carrera Sesenta y ocho, que a esa hora rugía como una leona herida, decidimos cruzar con los ojos cerrados, corriendo como un par de locos o, como lo que en realidad éramos, como un par de irresponsables que, además de su falta de sensatez, estaban en avanzado estado de embriaguez [Piensen, al margen del relato, o quizás apoyándolo, que era tal el grado de intoxicación del que éramos presa que prescindimos del más básico de los instintos: el de supervivencia]. El hecho es que oíamos, al ritmo de la carrera, llantas aullando con vértigo de tragedia, conductores lanzando ultrajes de todos los calibres, gritos de mujeres que nos veían con ojos entrenados para contemplar siniestros de toda laya. Llegamos a la otra orilla con el corazón desbocado como la juventud que no quería agotarse, como la noche alucinante, como la vida que parecía amplia, enorme, infinita para las mentes alcoholizadas, para las almas imprudentes que palpitaban mientras continuábamos riéndonos, hablando a gritos, dirigiéndonos a las casas a recibir los gritos y sermones que tanto se parecen al amor…

24 de septiembre de 1999

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Estábamos en la calle sesenta y ocho, diagonal al Cafam de Zarzamora, esperando que apareciera Doris, la amiga de Diana. Ella venía porque yo, esa misma tarde, la había invitado para que asistiera a una de las cientos de despedidas que le hicimos a Patiño. La intención de mi ofrecimiento era claramente galante puesto que ella y yo acumlábamos meses de febriles conversaciones telefónicas en cuyo contenido abundaban frases arteras, de doble sentido, en las que se evidenciaban la clara determinación de ingresar, por parte de los dos, o eso era, al menos, lo que pensaba en aquellos días, a las arenas del cortejo o, con algo de suerte, a las praderas del amor.

El caso es que eran las siete de la noche y estábamos Patiño, Diana y yo aguardando su arribo. A los pocos minutos bajó de la buseta y, al verme, corrió hacia mí. Le di un abrazo efusivo, vehemente, que rematé con un beso andeniado, con el que pretendía dejar claro cuáles eran mis proyectos. Luego saludó a Diana y se quedó mirando a Patiño con una curiosidad sospechosa. Doris, dije con la voz cenagosa, vacilante, le presento un amigo; le dio la mano al tiempo que se sonreían coquetamente. En ese momento me di cuenta que había incurrido en el peor error que se puede cometer en estos casos: había llevado a una mujer en edad de merecer, con notables cualidades físicas, a una casa atestada de jóvenes que exhalaban testosterona por todos los poros. Vamos, sugerí con un tono que evidenciaba la profunda preocupación en la que me sumía la situación.

Dos horas después me arrastraba por una conversación sin futuro. Ella, a pesar que indagaba con la mirada por el paradero de Patiño, se aferraba a mis palabras para no desbarrancarse en el aburrimiento. Al filo de la medianoche el rock, con sus estridencias y sus excentricidades, dio paso a la salsa. Una mano apareció entre los azares de la rumba para internarla en la marea de brazos y piernas. Mientras ella danzaba pensaba la mejor manera de conducirla a un paraje menos concurrido para poder entablar el último intento de conquista (si acaso esa noche podría hacerlo con el infortunado recurso de la palabra). La música cesó un segundo para dar paso a Sonido Bestial, o cualquier tema de movimientos frenéticos, delirantes, que encendían, y aún encienden, el galope de la sangre. Patiño, antes que yo me levantara para invitarla a bailar, la llevaba de la mano al rincón más oscuro. Lancé, al verlos en el margen izquierdo de la sala, al lado de la mesa del teléfono, enlazados de las cinturas y de las miradas, un improperio que naufragó en la borrasca de trompetas. Antes que terminara la canción ya me había dado cuenta que la batalla estaba irremediablemente perdida. Di, entonces, media vuelta, me senté en el sofá de resortes escandalosos, de manchas improbables, a beber los 375 c.c. de aguardiente que se calentaban en las vecindades de la pared, al lado de las patas del sofá.

A las dos de la mañana, cuando zozobraba entre el pesimismo y la decepción, le abrí la puerta al Negro. Diez minutos después sonó el timbre y era nuevamente él con la mirada enzarzada contra las brumas del alcohol. Negro, ¿a qué hora salió?, pregunté cuando abrí la puerta. Siguió sin dar respuesta. A los dos minutos sonó el timbre y era nuevamente él, con la misma mirada desorientada y los mismos pasos tambaleantes. Cerré la puerta pero, en lugar de dar media vuelta, me quedé observando a través de la ventana. A los pocos segundos vi desplomarse una sombra. Al levantarse reconocí al Negro (quien se acercaba nuevamente al timbre). Abrí y lo vi subir trotando por las escaleras. Contemplé, una vez más, por la ventana para verlo bajar, pero no lo hizo. Antes que pasaran cinco minutos oí a Carolina, la hermana de Patiño, gritar desde el tercer piso: “Diego, El Negro se quiere suicidar”. Todos subieron corriendo por las escaleras al tiempo que yo, ante la certeza que sería útil que corriera con ellos, abría la nevera para extraer un litro de aguardiente.

En las vecindades de las seis de la mañana, cuando la luz penetraba por las cortinas de la cocina, decidí, por aquellas travesuras del alcohol, por aquellas caprichos de la juventud, poner rancheras a todo volumen y despertar a los borrachos que la noche había repartido bajo la mesa del comedor, sobre el sofá, a la ribera de las escaleras, contra la estufa, al margen del lavadero. Subí el volumen todo lo que pude y empecé a cantar, como se usa en estos casos, a todo pulmón. A los tres minutos estaban El Negro, Astrid, Suarez, Walther y Nabyl compartiendo mi euforia y rematando el litro de aguardiente. Otros tantos se levantaron y se fueron ante la perspectiva que no podrían dormir por el escándalo. Patiño, entretanto, estaba desmayado en el tercer piso junto a Doris, la conquista de la noche (y del resto de año). Un grupo de adelantados y solidarios compañeros subió a despertarlo pero la única respuesta que obtuvieron fue un par de epítetos y la promesa que esa sería, para gloria de todos los vecinos, la última despedida. Quién sí se animó a bajar, pero con un objetivo diferente a la diversión, a la alegre convivencia etílica, fue Carolina Patiño quien nos expulsó, después de desconectar el equipo de sonido, con tres gritos secos. De allí salimos para mi apartamento a continuar la bebeta hasta el lunes en la mañana, día en el que salió Suarez, el último de los sobrevivientes, para su casa.

Cabo Farra

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Nuestra amistad inició una noche fría, con amagos de lloviznas, de soldados dormidos frente al televisor o sosteniendo conversaciones enérgicas, de voces fornidas, con un cigarrillo en una mano y una botella de gaseosa en la otra. Aquella vez llamé infructuosamente a varios amigos para espantar el tedio. Luego marqué el teléfono de Patiño (a quien no había buscado por imaginarlo lejísimos de su casa).

– estoy aburrido, dije después de las frases preliminares.
– yo también; y eso que tengo treinta mil pesos en el bolsillo.
– ¿Está aburrido con treinta mil pesos? Yo en su lugar estaría bebiendo cerveza
– Si es tan fácil porque no sale y nos emborrachamos los dos, respondió en tono provocador.
– Veámonos a las diez en mi casa; no se le ocurra preocupar a mi mamá diciendo que me escape (porque, si no se ha dado cuenta, me voy a escapar); diga que me dieron permiso y que lo llamé para vernos.
– Listo.

En el momento que colgué me di cuenta que había cometido un gran error. Pensé, en primera instancia, llamarlo para decirle que no podía huir pero las ganas de beber y, sobre todo, el deseo de evadir la bota militar me llevó a saltar, una hora después, el enmallado que queda al lado de las canchas de tejo.

Seis horas después estábamos, Nabyl (quien no recuerdo cómo se integro a la velada), Patiño y yo internándonos en una clásica borrachera adolescente. Nabyl señaló, con aquella responsabilidad que no conocíamos (y que quizás nunca conozcamos) Patiño y yo, que era hora de regresar al Círculo. Acepté la propuesta después de un forcejeo verbal y de la promesa que podía llevarme la botella de aguardiente. Tomé un taxi en la Avenida Boyacá que me trasladó al Club. Cuando llegamos me di cuenta que no tenía dinero; el conductor, evidentemente contrariado, me insultó hasta el momento en el que llegaron tres soldados (compañeros míos) a indagar por los gritos. Deme el aguardiente y quedamos a mano, propuso el taxista con voz resignada. Le di la botella y me baje. En ese momento, como dicen las señoras, me emborrachó el sereno. Dicen mis compañeros (porque no recuerdo nada) que al salir del vehículo insulté al celador del club (en aquellos días la seguridad estaba repartida entre civiles y militares) y luego lo empujé (provocación que él regresó con otro empellón) porque quería orinar en la puerta de la guardia. Nos separaron en el momento en el que lancé un puñetazo a la infinita oscuridad (ofensa que el portero respondió con una trompada certera)…

Una hora después, o quizás menos, sonó el Toque de Diana. Todos se levantaron para ganar turno en las regaderas. Yo, entra tanto, y como era natural por el estado de alicoramiento, dormía profundamente. Al poco tiempo venía el cabo Farra gritando, vociferando, ¿dónde está el hijueputa del niñorrea? Al entrar me vio acostado en el primer catre. Me tomó de los pies y me llevó arrastrando hasta el baño; abrió la llave de la ducha al tiempo que indicaba, entre rugidos, que no me moviera. Así estuve diez minutos hasta que él creyó (equivocadamente) que me había pasado la merluza. Le voy a dar gusto, dijo con voz serena; si le encanta la borrachera eso tendrá; remató mientras me arrastraba fuera de la barraca. Arranque con rollos, indicó con voz tensa. Di vueltas hasta que empecé a vomitar. No pare, gritaba sin importarle las arcadas; así estuvimos hasta las diez de la mañana (hora en la que yo sentía que iba a morir). Centinela; tráigale agua y pan a este hijueputa; y usted, pedazo de malparido, cámbiese que sale en diez minutos con la guardia.

A las seis de la tarde regresaba con las piernas temblorosas y la sensación de haber regresado del infierno. Niñorrea, gritó Farra desde su cuarto; vaya al rancho y luego póngase las prendas blancas que se va para el Salón Boyacá a cuidar una fiesta; para que no diga que no lo consentimos.

Requisé, a las ocho de la noche, en la entrada del salón y luego le dije a mi compañero que estuviera pendiente mientras yo descansaba en el tercer piso. Dormí profundamente hasta que me despertó el cabo Farra. Soldado marica, cabrón de mierda, malparido, dijo en evidente estado de embriaguez; no me emputa que se haya escapado ni que haya regresado a darse puños con el celador (a quien me tocó darle diez mil pesos para que no hablara); lo que me saca la puta piedra es que no me haya llevado con usted. Mi cabo, fue un problema de confianza, expliqué. Eso se arregla ahora mismo, dijo al tiempo que ponía dos vasos y una botella de whisky sobre la mesa.

Después de esa noche fuimos bebedores inseparables. No fueron pocos, en efecto, los amaneceres en los que atravesábamos la ciudad sobre la C-80 (la moto de la novia) para llegar a tiempo al Toque de Diana, ni fueron escasas las veces en las que llegábamos arrastrando al alojamiento después de “tomarrosas” (como él les decía) en alguna tenducha de barrio de la que salíamos disparando al aire, entre gritos de borrachos, entre miradas asustadas de señoras que se asomaban a ventanas, ni raras las tomatas con otros suboficiales en los cuartos del Hotel o en las fiestas en el Salón Boyacá. Frecuentes fueron, asimismo, las veces que sacrificaba mis salidas y mi dinero para rescatar la cédula, los proveedores de la mp3 o, en una ocasión célebre (y que quizás me decida a narrar), un revolver calibre 38, marca Ruger, que le extrajo al comandante de la compañía mientras este dormía, y que dejó empeñado en un billar en el barrio San Cristobal Sur, gracias a que perdió la cuenta en un “chico” que jugó con un matón…

Incendio del 1104

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Dedicado a Don Walther (sin cuya implacable curiosidad no habría tenido la ocurrencia de escribir esta confesión) y a todos los que compartieron mi irresponsabilidad…

Era una mañana fría, como fueron todas la mañanas de 1996; la huella de aguaceros encharcaba las canchas que siempre estuvieron, sin importar la hora ni el día, ocupadas por apáticos estudiantes que preferían el microfútbol a las tediosas clases. El deseo de fumar, en el borde de las ocho de la mañana, nos hostigaba la sangre gracias a aquella inapelable necesidad de infringir toda prescripción de profesor o adulto. No recuerdo si fue Patiño o Nabyl quien extrajo, para atacar el deseo de tabaco, un cigarrillo de una billetera apestosa, descosida, atiborrada de hojas desastradas. Se estableció, una vez contemplamos aquel pitillo de tonalidades sospechosas, de arrugas cercanas a las grietas, que debíamos consumirlo fuera del baño para que el humo no llegara a la nariz de algún profesor melindroso, de costumbres vidriosas, de moral inapelable quien sabría inmediatamente que un grupo de estudiantes está desoyendo el Manual de Convivencia puesto que no están en clase y, lo que es peor, porque se encuentran fumando dentro del plantel educativo. Decidimos, para cumplir con lo pactado, ir al 1104 gracias a que, por aquellas intrigas del azar, se encontraban, él y el 1103, vacíos a esa hora. Salíamos, por tanto, de uno en uno y corriendo encogidos para que no se vieran las sombras a través del hueco de las puertas de los décimos. Diego Navarrete, una vez estuvimos los cuatro en el aula, tomó la iniciativa de encender el cigarrillo y, una vez le dio tres largas y enérgicas caladas, me lo dio para que lo rotara de tal forma que Patiño fuera el último en fumarlo (esta prevención se debía a que él tenía la mala costumbre de “rumbiárselo”). El tedio, una vez se terminó el cigarro, empezó a susurrarnos proyectos vecinos al vandalismo. El primero de ellos fue escupir, patear pupitres y rayar paredes (en ese orden). Descubrimos, cuando el aparato respiratorio estuvo libre de flemas y mucosidades, todos los pupitres con las patas para arriba y las paredes sin espacio para otra grosería, que el impulso vandálico estaba lejos (bastante lejos) de haberse sosegado. Por ello decidimos, Patiño y yo, quemar la caneca del salón. Arrojamos, para tal efecto, un papel que lanzaba centelleos amarillos contra los desperdicios (la mayoría de ellos inflamables) que aguardan en el fondo del cuenco. Antes del primer minuto las llamas llegaban al techo y el humo impedía que respiráramos normalmente (lo que nos impulsó a salir corriendo del salón). Patiño y yo, dos minutos después de iniciar la conflagración, no parábamos de reír al ver la llamarada saliendo por la puerta del recinto. Nabyl y Diego, más cuerdos que Patiño y yo (y, por ello mismo, más asustados que nosotros), buscaron cubos para apagar el incendio que parecía, al borde del tercer minuto, inatajable. No sé en qué momento ni de qué manera lograron controlar la combustión con un balde y un trapo viejo que encontraron en las vecindades… Poco después, cuando llegaron los alumnos sel 1104, se inició el revuelo por el “acto terrorista”. Los profesores y coordinadores iniciaron, por tanto, las pesquisas que se prolongaron por varias semanas y que incluyeron interrogatorios, recriminaciones y visitas de policías con cara de circunstancia, y de las cuales se llego a la conclusión que nadie, bajo ninguna circunstancia, diría quiénes habían achicharraron la caneca, los cuadros, carteleras y pupitres que tuvieron la mala fortuna de encontrarse en el camino del fuego…

Recuerdo que en el 2002 Don Walther, el papá de Diego (quien en 1996 era el presidente de la Asociación de Padres de Familia) me preguntó, entre tequilas y rones, si habíamos estado involucrados en “aquel incidente del 1104”. Yo, más cuerdo que borracho, le respondí sin que me temblara la voz, “no señor; quizás fue Cesar o alguno de esos alumnos de décimo que quemaron, meses después, los cultivos hidropónicos”. Él, inconforme con la respuesta, ha continuado indagado a lo largo de todos estos años con la esperanza de escuchar la confesión de labios de alguno de los implicados (hecho que, como pueden constatar, acaba de suceder)…

El inicio

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Toda historia tiene un comienzo y toda existencia un origen. La mía, sin ir tan lejos, inició el 24 de diciembre de 1976, día en el que se conocieron mis papás (sé que pude ubicarla años atrás, en el encuentro de mis abuelos, suceso sin el que no hubiesen existido mis papás, o cuando se conocieron mis tatarabuelos, y así hasta los albores de la humanidad).

Caía una llovizna rencorosa, incapaz de dar licencia a la euforia de los borrachines que vacilaban en las inclinadas callejuelas de Tunja. La flota, como se llamaba por aquellas latitudes a los buses de ventanas bulliciosas y puertas desvencijadas, no había llegado. El encargado afirmaba que el bus llegaría de un momento a otro, que no había razones por las cuales alarmarse. Mi mamá lo miraba con la desconfianza que le producían (y aún le producen) los hombres que hieden a alcohol. Contempló, cuando apartó los ojos del agente de viajes, las laderas que escoltan la rudimentaria Terminal de Transporte, las tiendas atestadas de hombres que gritaban y manoteaban enérgicamente, las tinieblas que avanzaban con paso incierto. La inquietud le rasguñaba la sangre con violencia. ¿Qué hago?, se preguntaba por décima vez. Recordó, segundos después, la invitación de la hermana (mi tía) que declinó por la pereza que le producía la idea de ir a un lugar en el que conocía, a duras penas, a ella y al cuñado; prefirió, en lugar de ello, ir a Moniquirá, a la casa de una tía (hermana de mi abuelo) a celebrar con el enjambre de primos y primas que se reunían a propósito de la festividad. Eso habría hecho si el bus hubiera llegado a las tres de la tarde, como estaba programado, y no la hubiese dejado esperando con el corazón tocando a rebato y la ira palpitándole en las sienes.

A las ocho de la noche no tuvo más remedio que aceptar que la flota no pasaría hasta el día siguiente, o, con suerte, hasta la semana entrante a causa de un desperfecto mecánico, como declaraba el dependiente o, como aún supone, a causa de la infame borrachera en la que, a esa hora, navegaría el irresponsable conductor. Sólo le quedaban dos opciones: regresar a Bogotá y pasar la Nochebuena acostada en su cama o buscar el pueblo natal de su cuñado (lugar donde su hermana estaría departiendo con su nueva familia). El problema, el serio problema, estribaba en el hecho que mi mamá no recordaba el nombre del pueblo, lo cual, sea dicho de paso, no era de extrañar ya que es una palabra poco sonora, que da la sensación de ser una invención, un vocablo para despistar, para salir del paso de indiscretas preguntas. Pues bien, después que recordó que el pueblo se llamaba Sora se enfiló hacia los malogrados vehículos que llevaban horas estacionados frente a una de las tenduchas que circunvalan la Terminal de Transporte. Buscó a los dueños, quienes seguramente ostentaban narices rojas y tufos de ochenta octanos, para negociar el viaje hacia el pueblo que imaginaba (y quizás no erraba) más frío y más pequeño que Moniquirá. Mi mamá sostiene que minutos después de cerrar el trato salieron para el pueblo. Yo, con el respeto que merece su memoria, pienso que se equivoca; lo más probable es que debió esperar durante una hora, acaso más, a que el chofer terminara de ingerir la bebida espirituosa para empezar a despedirse de los compañeros quienes lo abrazarían, le palmotearían la espalda y, con certeza, le rogarían que se tomara la última cerveza, la última copa de aguardiente, el último trago de Whisky que apuraría directamente del pico de la botella, entre las carcajadas de los asistentes. Sea como sea, ella navegaba, al borde de las nueve de la noche de aquel 24 de diciembre de 1976, en la oscuridad más tenebrosa que había visto, al lado de un hombre en avanzado estado de embriaguez, hacia un pueblo que no conocía y al que no había escuchado mencionar ni siquiera por la confusión de letras en los nombres de pueblos más populares.

En la casa de los papás de Gerardo (su cuñado) pensó, al comprobar que sus temores eran justificados, que la verdad, la pura y simple verdad, hubiera sido mejor pasar la navidad enrollada en sus cobijas, en la soledad más absurda, en vez de estar sentada en la sala sin que nadie se atrevía a decirle poco más que el saludo y una que otra pregunta de cortesía. Su hermana, mi tía, pasaba ocasionalmente para indagar por su bienestar para luego ir a cumplir los estrenados compromisos de esposa, de reciente miembro de la familia de su consorte, a conversar con las cuñadas, a ayudarle a la suegra a servir generosamente las viandas a todo aquel que cruzara frente a la casa y a echarle una ojeada al marido para que no se embriagara o para que, al menos, no lo hiciera antes de media noche. Una señora, entre la decena de hombres y mujeres que transitaban por la sala, decidió tomar a mi mamá de la mano y llevarla a lo que se denominaba irónicamente “El Club” (un chiribitil en el que convivían borrachines y parejas que intentaban bailar entre ellos). Al fondo estaban sentados un hombre alto, entrado en años, una señora pequeña, de piel ceniza y, en medio de los dos, un hombre cercano a la treintena de años, quien compartía la estatura y el tono de piel de la señora. Él dijo llamarse, cuando se lo presentó Aida -la mujer que la había sacado de la sala-, José Isaías; el señor de su derecha era su padre (mi abuelo) y la señora de la izquierda su madre (mi abuela). La invitó a sentarse y le brindó, como era y aún sigue siendo su costumbre, todo cuanto ofrecía la tienda (incluidas las flores de la barra y uno que otro artículo del mobiliario). Luego bailaron hasta que mis abuelos, le dijeron que debían ir a la casa a celebrar la Navidad. Mi papá avergonzado, acaso ofendido, le dijo que la buscaría al otro día, en horas de la mañana, a la casa de los Muñoz, los suegros de mi tía. Ella regresó, en consecuencia, a la sala que, a esa hora, estaba atiborrada de gritos y personas.

Supongo que mi mamá se arregló, la mañana siguiente, de la mejor manera posible, con las prendas más llamativas que reposaban en su pequeña maleta. Ella, cuando le indago por los pormenores de aquel día, dice que había olvidado la promesa y al que la había hecho gracias a que él no le había despertado el menor interés. El caso es que mi papá no llegó aquella mañana de lloviznas horizontales y de interminables ventiscas. Pienso, ahora que lo escribo, que mi mamá no puede admitir, como no lo haría la mayoría de mujeres, que mi papá la dejó arreglada, con el alma colgando de un hilo, y que no tuvo la decencia de aparecer o, quizás, de enviar un mensaje, una breve esquela justificatoria (como quiero creer que se usaba en aquellos años). Esa misma tarde mi mamá fue invitada a la tradicional corrida de toros del 25 de diciembre. Ella aceptó por puro aburrimiento o, tal vez, para distraer el rencor de la decepción. El hecho es que entró a la plaza de toros a las dos de la tarde, cuando el sol asomaba tímidamente entre el enjambre de nubes grises, con aquella mirada altanera, con su enérgico caminar de trancos cortos y con los amenazantes pómulos que aún conserva. Entrevió, entre los asistentes, a mi papá quien, sospecho, estaría continuando la borrachera de la noche anterior, pero no quiso lanzarle ni siquiera una mirada de caridad. A los pocos minutos él, mi papá, se acercó para ofrecerle la manzanilla que se calentaba en aquella bota que contemplé en mi niñez, desgarrándose entre inservibles y viejos cachivaches. Ella, vuelvo a conjeturar, declinó la oferta al tiempo que el alma le retornaba al cuerpo o, lo que es más probable, mientrás se tomaba la confianza suficiente para cobrar el desaire…