componendas e intrigas de la memoria y del olvido

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Sábado de Pre-Icfes

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Dedicado a los protagonistas

Eran las seis de la tarde cuando fuimos, por aquellas inercias del alcohol, a rematar la borrachera con una botella de brandy barato. Veníamos de un potrero que se transformó, gracias a la voracidad de constructores y banqueros, en bloques de apartamentos de cincuenta metros cuadrados, en casas de dos pisos, en hipotecas, en deudas a quince años. Caminábamos inclinados, trastabillando con las piedras, con los vanos de la calle, con los andenes, con el atardecer que se metía por las ventanas que a esa hora empezaban a tapizarse con cortinas de todos los colores. Llegamos a la Calle Sesenta y ocho, la mítica calle que recibía entre semana a miles de estudiantes de todos los colegios distritales y privados de la zona y quienes la llenaban, la llenábamos, de papeles, de escuadras desportilladas, de borradores, de lápices mordidos, de esferos reventados, de envoltorios de colombinas, de colillas de cigarrillos, de gritos, de improperios, de carcajadas que se trenzaban con el humo de los buses y con las miradas indignadas de peatones, de policías que se escondían en el CAI por temor, quizás, a que les hiciéramos daño. Íbamos, decía, para una licorería recién inaugurada que atendía al oriente del CAI, a dos o tres cuadras de la Carrera Treinta. Sentados en la acera, con la mirada vidriosa, con la lengua estropajosa, encharcada de melancolía, nos tomábamos los últimos tragos, venían los apretones de mano (porque en aquellos tiempos no se veía bien, no lo veíamos bien, eso de abrazarse, de tener contactos diferentes a las patadas, a los pastorejazos, a los puños), los agradecimientos de Suarez por haberlo respaldado el viernes, o quizás el jueves, no recuerdo con exactitud, en la gresca promovida por Larry, por Mora, por Fula, y de la que él pensaba en su borrachera, lo habíamos librado con gritos, con empellones violentos, con escarnios. La verdad, la simple y llana verdad, es que el héroe, el único que empujo con furia a Larry fue Diego Navarrete, quien en ese mismo instante bostezaba en su casa. Venían los tragos y los cigarrillos que alguien sugirió le quitáramos el filtro para emborracharnos más rápido (como si no estuviéramos lo suficientemente embriagados a esa hora), iban las risas haciéndose girones con los filos del alcohol, venían los gritos de Suarez y las promesas de Patiño, iban mis palabras desequilibradas, venia la mirada de Nabyl perdiéndose, internándose en ese mundo que no pudimos conocer en los veintitrés años que estuvimos en el mismo planeta. El brandy continuaba extinguiéndose, extraviándose en las gargantas escaldadas, al igual que la plata de Suarez, los cuarenta mil pesos que le había dado la mamá para pagar el Pre-Icfes y que se transformaron en cerveza, en aguardiente para retribuir, como queda dicho, la defensa, el auxilio en ese momento aciago en el que le recriminaban, en el que lo empujaban por pisar la maleta, por partir los plumones de Rocío. No sé a qué hora nos despedimos, si acaso lo hicimos, en qué momento decidimos irnos a nuestras casas a devolver a las cañerías las aguas pestilentes que navegaban en nuestros entresijos, las aguas que se fermentaban, que se descomponían como los perros muertos que naufragaban, y aún naufragan, en el caño del Doce de Octubre. Debimos irnos caminando hasta la casa con Patiño porque nuestros ingresos ese año, y muchos años más, eran magros, casi inexistentes: alcanzaban para dos buses, algunas veces sólo para uno, y un Mustang o, si había suerte, para dos buses y un Malboro (lo que llamaba la atención, dadas las condiciones económicas, es que hayamos jugado billar todo el año sin un centavo). El caso es que, al borde de la Avenida Carrera Sesenta y ocho, que a esa hora rugía como una leona herida, decidimos cruzar con los ojos cerrados, corriendo como un par de locos o, como lo que en realidad éramos, como un par de irresponsables que, además de su falta de sensatez, estaban en avanzado estado de embriaguez [Piensen, al margen del relato, o quizás apoyándolo, que era tal el grado de intoxicación del que éramos presa que prescindimos del más básico de los instintos: el de supervivencia]. El hecho es que oíamos, al ritmo de la carrera, llantas aullando con vértigo de tragedia, conductores lanzando ultrajes de todos los calibres, gritos de mujeres que nos veían con ojos entrenados para contemplar siniestros de toda laya. Llegamos a la otra orilla con el corazón desbocado como la juventud que no quería agotarse, como la noche alucinante, como la vida que parecía amplia, enorme, infinita para las mentes alcoholizadas, para las almas imprudentes que palpitaban mientras continuábamos riéndonos, hablando a gritos, dirigiéndonos a las casas a recibir los gritos y sermones que tanto se parecen al amor…


24 de septiembre de 1999

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Estábamos en la calle sesenta y ocho, diagonal al Cafam de Zarzamora, esperando que apareciera Doris, la amiga de Diana. Ella venía porque yo, esa misma tarde, la había invitado para que asistiera a una de las cientos de despedidas que le hicimos a Patiño. La intención de mi ofrecimiento era claramente galante puesto que ella y yo acumlábamos meses de febriles conversaciones telefónicas en cuyo contenido abundaban frases arteras, de doble sentido, en las que se evidenciaban la clara determinación de ingresar, por parte de los dos, o eso era, al menos, lo que pensaba en aquellos días, a las arenas del cortejo o, con algo de suerte, a las praderas del amor.

El caso es que eran las siete de la noche y estábamos Patiño, Diana y yo aguardando su arribo. A los pocos minutos bajó de la buseta y, al verme, corrió hacia mí. Le di un abrazo efusivo, vehemente, que rematé con un beso andeniado, con el que pretendía dejar claro cuáles eran mis proyectos. Luego saludó a Diana y se quedó mirando a Patiño con una curiosidad sospechosa. Doris, dije con la voz cenagosa, vacilante, le presento un amigo; le dio la mano al tiempo que se sonreían coquetamente. En ese momento me di cuenta que había incurrido en el peor error que se puede cometer en estos casos: había llevado a una mujer en edad de merecer, con notables cualidades físicas, a una casa atestada de jóvenes que exhalaban testosterona por todos los poros. Vamos, sugerí con un tono que evidenciaba la profunda preocupación en la que me sumía la situación.

Dos horas después me arrastraba por una conversación sin futuro. Ella, a pesar que indagaba con la mirada por el paradero de Patiño, se aferraba a mis palabras para no desbarrancarse en el aburrimiento. Al filo de la medianoche el rock, con sus estridencias y sus excentricidades, dio paso a la salsa. Una mano apareció entre los azares de la rumba para internarla en la marea de brazos y piernas. Mientras ella danzaba pensaba la mejor manera de conducirla a un paraje menos concurrido para poder entablar el último intento de conquista (si acaso esa noche podría hacerlo con el infortunado recurso de la palabra). La música cesó un segundo para dar paso a Sonido Bestial, o cualquier tema de movimientos frenéticos, delirantes, que encendían, y aún encienden, el galope de la sangre. Patiño, antes que yo me levantara para invitarla a bailar, la llevaba de la mano al rincón más oscuro. Lancé, al verlos en el margen izquierdo de la sala, al lado de la mesa del teléfono, enlazados de las cinturas y de las miradas, un improperio que naufragó en la borrasca de trompetas. Antes que terminara la canción ya me había dado cuenta que la batalla estaba irremediablemente perdida. Di, entonces, media vuelta, me senté en el sofá de resortes escandalosos, de manchas improbables, a beber los 375 c.c. de aguardiente que se calentaban en las vecindades de la pared, al lado de las patas del sofá.

A las dos de la mañana, cuando zozobraba entre el pesimismo y la decepción, le abrí la puerta al Negro. Diez minutos después sonó el timbre y era nuevamente él con la mirada enzarzada contra las brumas del alcohol. Negro, ¿a qué hora salió?, pregunté cuando abrí la puerta. Siguió sin dar respuesta. A los dos minutos sonó el timbre y era nuevamente él, con la misma mirada desorientada y los mismos pasos tambaleantes. Cerré la puerta pero, en lugar de dar media vuelta, me quedé observando a través de la ventana. A los pocos segundos vi desplomarse una sombra. Al levantarse reconocí al Negro (quien se acercaba nuevamente al timbre). Abrí y lo vi subir trotando por las escaleras. Contemplé, una vez más, por la ventana para verlo bajar, pero no lo hizo. Antes que pasaran cinco minutos oí a Carolina, la hermana de Patiño, gritar desde el tercer piso: “Diego, El Negro se quiere suicidar”. Todos subieron corriendo por las escaleras al tiempo que yo, ante la certeza que sería útil que corriera con ellos, abría la nevera para extraer un litro de aguardiente.

En las vecindades de las seis de la mañana, cuando la luz penetraba por las cortinas de la cocina, decidí, por aquellas travesuras del alcohol, por aquellas caprichos de la juventud, poner rancheras a todo volumen y despertar a los borrachos que la noche había repartido bajo la mesa del comedor, sobre el sofá, a la ribera de las escaleras, contra la estufa, al margen del lavadero. Subí el volumen todo lo que pude y empecé a cantar, como se usa en estos casos, a todo pulmón. A los tres minutos estaban El Negro, Astrid, Suarez, Walther y Nabyl compartiendo mi euforia y rematando el litro de aguardiente. Otros tantos se levantaron y se fueron ante la perspectiva que no podrían dormir por el escándalo. Patiño, entretanto, estaba desmayado en el tercer piso junto a Doris, la conquista de la noche (y del resto de año). Un grupo de adelantados y solidarios compañeros subió a despertarlo pero la única respuesta que obtuvieron fue un par de epítetos y la promesa que esa sería, para gloria de todos los vecinos, la última despedida. Quién sí se animó a bajar, pero con un objetivo diferente a la diversión, a la alegre convivencia etílica, fue Carolina Patiño quien nos expulsó, después de desconectar el equipo de sonido, con tres gritos secos. De allí salimos para mi apartamento a continuar la bebeta hasta el lunes en la mañana, día en el que salió Suarez, el último de los sobrevivientes, para su casa.


Incendio del 1104

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Dedicado a Don Walther (sin cuya implacable curiosidad no habría tenido la ocurrencia de escribir esta confesión) y a todos los que compartieron mi irresponsabilidad…

Era una mañana fría, como fueron todas la mañanas de 1996; la huella de aguaceros encharcaba las canchas que siempre estuvieron, sin importar la hora ni el día, ocupadas por apáticos estudiantes que preferían el microfútbol a las tediosas clases. El deseo de fumar, en el borde de las ocho de la mañana, nos hostigaba la sangre gracias a aquella inapelable necesidad de infringir toda prescripción de profesor o adulto. No recuerdo si fue Patiño o Nabyl quien extrajo, para atacar el deseo de tabaco, un cigarrillo de una billetera apestosa, descosida, atiborrada de hojas desastradas. Se estableció, una vez contemplamos aquel pitillo de tonalidades sospechosas, de arrugas cercanas a las grietas, que debíamos consumirlo fuera del baño para que el humo no llegara a la nariz de algún profesor melindroso, de costumbres vidriosas, de moral inapelable quien sabría inmediatamente que un grupo de estudiantes está desoyendo el Manual de Convivencia puesto que no están en clase y, lo que es peor, porque se encuentran fumando dentro del plantel educativo. Decidimos, para cumplir con lo pactado, ir al 1104 gracias a que, por aquellas intrigas del azar, se encontraban, él y el 1103, vacíos a esa hora. Salíamos, por tanto, de uno en uno y corriendo encogidos para que no se vieran las sombras a través del hueco de las puertas de los décimos. Diego Navarrete, una vez estuvimos los cuatro en el aula, tomó la iniciativa de encender el cigarrillo y, una vez le dio tres largas y enérgicas caladas, me lo dio para que lo rotara de tal forma que Patiño fuera el último en fumarlo (esta prevención se debía a que él tenía la mala costumbre de “rumbiárselo”). El tedio, una vez se terminó el cigarro, empezó a susurrarnos proyectos vecinos al vandalismo. El primero de ellos fue escupir, patear pupitres y rayar paredes (en ese orden). Descubrimos, cuando el aparato respiratorio estuvo libre de flemas y mucosidades, todos los pupitres con las patas para arriba y las paredes sin espacio para otra grosería, que el impulso vandálico estaba lejos (bastante lejos) de haberse sosegado. Por ello decidimos, Patiño y yo, quemar la caneca del salón. Arrojamos, para tal efecto, un papel que lanzaba centelleos amarillos contra los desperdicios (la mayoría de ellos inflamables) que aguardan en el fondo del cuenco. Antes del primer minuto las llamas llegaban al techo y el humo impedía que respiráramos normalmente (lo que nos impulsó a salir corriendo del salón). Patiño y yo, dos minutos después de iniciar la conflagración, no parábamos de reír al ver la llamarada saliendo por la puerta del recinto. Nabyl y Diego, más cuerdos que Patiño y yo (y, por ello mismo, más asustados que nosotros), buscaron cubos para apagar el incendio que parecía, al borde del tercer minuto, inatajable. No sé en qué momento ni de qué manera lograron controlar la combustión con un balde y un trapo viejo que encontraron en las vecindades… Poco después, cuando llegaron los alumnos sel 1104, se inició el revuelo por el “acto terrorista”. Los profesores y coordinadores iniciaron, por tanto, las pesquisas que se prolongaron por varias semanas y que incluyeron interrogatorios, recriminaciones y visitas de policías con cara de circunstancia, y de las cuales se llego a la conclusión que nadie, bajo ninguna circunstancia, diría quiénes habían achicharraron la caneca, los cuadros, carteleras y pupitres que tuvieron la mala fortuna de encontrarse en el camino del fuego…

Recuerdo que en el 2002 Don Walther, el papá de Diego (quien en 1996 era el presidente de la Asociación de Padres de Familia) me preguntó, entre tequilas y rones, si habíamos estado involucrados en “aquel incidente del 1104”. Yo, más cuerdo que borracho, le respondí sin que me temblara la voz, “no señor; quizás fue Cesar o alguno de esos alumnos de décimo que quemaron, meses después, los cultivos hidropónicos”. Él, inconforme con la respuesta, ha continuado indagado a lo largo de todos estos años con la esperanza de escuchar la confesión de labios de alguno de los implicados (hecho que, como pueden constatar, acaba de suceder)…


Mujeres y evocaciones

Las mujeres son capaces de enderezar un riel arqueado con su terquedad mineral al tiempo que pueden salir con los ojos lluviosos de una película de Meg Ryan. Así son las mujeres: persistencia de acero y sensibilidad de algodón. Sus palabras, en las tempestuosas noches del infortunio, calientan al tembloroso corazón o, en las esquinas de la desobediencia, golpean nuestros oídos como relámpagos asesinos. Las mujeres levantan hombres caídos o entierran soles altivos en el miasma del dolor. Encienden hogueras de pasión o invitan a los más dulces sentimientos…

Yo no he sido, por supuesto, ajeno a ellas. Las mujeres, en mi caso, son fértil semilla para las praderas de la escritura, así como han sido abierto campo de reflexiones. Sus reprimendas han rectificado los extraviados pasos y sus caricias han apaciguado mis días de melancolía. Pero ¿Quiénes son ellas? ¿Dónde y cómo las conocí? Las próximas entradas narran cómo las trajo el arroyo del tiempo a mi vera, cómo fue el primer beso, la primera vez que la vi o cómo conquistaron mi corazón.

Doy, pues, paso a las historias para que ellas les transmitan las emociones que originaron sus almidonados ojos o sus tersas palabras.


Los días sin tiempo

El mejor periodo de la vida es, sin lugar a dudas, el del colegio. En mi caso los recuerdos del colegio han sobrevivido a los dientes del tiempo, ¿cómo no hacerlo? Mis más entrañables amigos vienen de ese periodo y las raíces de mis reflexiones están adheridas a los largos debates con mis amigos. Los recuerdos más dulces vienen de esos días: fechorías juveniles, los cigarrillos fumados en el baño, las bebetas de aguardiente en las convivencias (conbebencias, como acertadamente les llamaba Diego Navarrete), las saltadas de muro para “capar” clase, etc. Ahora, más de diez años después, mi vida perdió la dulzura de aquellos días y se enfila al despeñadero de la convencionalidad con vertiginosa velocidad. Los días, iguales unos a otros, se pierden en el horizonte sin una sola migaja de la alegría que atizaban aquellos días, razón suficiente para no perder los momentos que aún se aferran a la memoria. Sean, pues, las siguientes anécdotas un tributo a los mejores días de mi vida.


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