componendas e intrigas de la memoria y del olvido

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24 de septiembre de 1999

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Estábamos en la calle sesenta y ocho, diagonal al Cafam de Zarzamora, esperando que apareciera Doris, la amiga de Diana. Ella venía porque yo, esa misma tarde, la había invitado para que asistiera a una de las cientos de despedidas que le hicimos a Patiño. La intención de mi ofrecimiento era claramente galante puesto que ella y yo acumlábamos meses de febriles conversaciones telefónicas en cuyo contenido abundaban frases arteras, de doble sentido, en las que se evidenciaban la clara determinación de ingresar, por parte de los dos, o eso era, al menos, lo que pensaba en aquellos días, a las arenas del cortejo o, con algo de suerte, a las praderas del amor.

El caso es que eran las siete de la noche y estábamos Patiño, Diana y yo aguardando su arribo. A los pocos minutos bajó de la buseta y, al verme, corrió hacia mí. Le di un abrazo efusivo, vehemente, que rematé con un beso andeniado, con el que pretendía dejar claro cuáles eran mis proyectos. Luego saludó a Diana y se quedó mirando a Patiño con una curiosidad sospechosa. Doris, dije con la voz cenagosa, vacilante, le presento un amigo; le dio la mano al tiempo que se sonreían coquetamente. En ese momento me di cuenta que había incurrido en el peor error que se puede cometer en estos casos: había llevado a una mujer en edad de merecer, con notables cualidades físicas, a una casa atestada de jóvenes que exhalaban testosterona por todos los poros. Vamos, sugerí con un tono que evidenciaba la profunda preocupación en la que me sumía la situación.

Dos horas después me arrastraba por una conversación sin futuro. Ella, a pesar que indagaba con la mirada por el paradero de Patiño, se aferraba a mis palabras para no desbarrancarse en el aburrimiento. Al filo de la medianoche el rock, con sus estridencias y sus excentricidades, dio paso a la salsa. Una mano apareció entre los azares de la rumba para internarla en la marea de brazos y piernas. Mientras ella danzaba pensaba la mejor manera de conducirla a un paraje menos concurrido para poder entablar el último intento de conquista (si acaso esa noche podría hacerlo con el infortunado recurso de la palabra). La música cesó un segundo para dar paso a Sonido Bestial, o cualquier tema de movimientos frenéticos, delirantes, que encendían, y aún encienden, el galope de la sangre. Patiño, antes que yo me levantara para invitarla a bailar, la llevaba de la mano al rincón más oscuro. Lancé, al verlos en el margen izquierdo de la sala, al lado de la mesa del teléfono, enlazados de las cinturas y de las miradas, un improperio que naufragó en la borrasca de trompetas. Antes que terminara la canción ya me había dado cuenta que la batalla estaba irremediablemente perdida. Di, entonces, media vuelta, me senté en el sofá de resortes escandalosos, de manchas improbables, a beber los 375 c.c. de aguardiente que se calentaban en las vecindades de la pared, al lado de las patas del sofá.

A las dos de la mañana, cuando zozobraba entre el pesimismo y la decepción, le abrí la puerta al Negro. Diez minutos después sonó el timbre y era nuevamente él con la mirada enzarzada contra las brumas del alcohol. Negro, ¿a qué hora salió?, pregunté cuando abrí la puerta. Siguió sin dar respuesta. A los dos minutos sonó el timbre y era nuevamente él, con la misma mirada desorientada y los mismos pasos tambaleantes. Cerré la puerta pero, en lugar de dar media vuelta, me quedé observando a través de la ventana. A los pocos segundos vi desplomarse una sombra. Al levantarse reconocí al Negro (quien se acercaba nuevamente al timbre). Abrí y lo vi subir trotando por las escaleras. Contemplé, una vez más, por la ventana para verlo bajar, pero no lo hizo. Antes que pasaran cinco minutos oí a Carolina, la hermana de Patiño, gritar desde el tercer piso: “Diego, El Negro se quiere suicidar”. Todos subieron corriendo por las escaleras al tiempo que yo, ante la certeza que sería útil que corriera con ellos, abría la nevera para extraer un litro de aguardiente.

En las vecindades de las seis de la mañana, cuando la luz penetraba por las cortinas de la cocina, decidí, por aquellas travesuras del alcohol, por aquellas caprichos de la juventud, poner rancheras a todo volumen y despertar a los borrachos que la noche había repartido bajo la mesa del comedor, sobre el sofá, a la ribera de las escaleras, contra la estufa, al margen del lavadero. Subí el volumen todo lo que pude y empecé a cantar, como se usa en estos casos, a todo pulmón. A los tres minutos estaban El Negro, Astrid, Suarez, Walther y Nabyl compartiendo mi euforia y rematando el litro de aguardiente. Otros tantos se levantaron y se fueron ante la perspectiva que no podrían dormir por el escándalo. Patiño, entretanto, estaba desmayado en el tercer piso junto a Doris, la conquista de la noche (y del resto de año). Un grupo de adelantados y solidarios compañeros subió a despertarlo pero la única respuesta que obtuvieron fue un par de epítetos y la promesa que esa sería, para gloria de todos los vecinos, la última despedida. Quién sí se animó a bajar, pero con un objetivo diferente a la diversión, a la alegre convivencia etílica, fue Carolina Patiño quien nos expulsó, después de desconectar el equipo de sonido, con tres gritos secos. De allí salimos para mi apartamento a continuar la bebeta hasta el lunes en la mañana, día en el que salió Suarez, el último de los sobrevivientes, para su casa.


Borrachera inolvidable

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Todo inició con una ingenua llamada de Patiño. Después de hablar durante media hora de lo divino y lo humano me dijo que fuera a su casa a emborracharme. Le dije que no tenía ganas de ir y que, además, no tenía un peso para comprar aguardiente. Él me respondió que la plata no era problema porque iba el negro y que entre los dos se acopiaba los recursos necesarios para el alcohol. Después de un largo periodo de meditación (dos segundos) le dije que sí. Colgué.

Dos minutos después volvió a sonar el teléfono. Era mi primo. Le dije que le caía a la casa y que de ahí partiríamos a la casa de Patiño a tomar trago.

A los tres minutos sonó, de nuevo, el teléfono. Esta vez era mi hermana. Le dije que si quería que fuera a la casa de Patiño porque se formaría una reunión amenizada por el alcohol.

A las ocho de la noche estábamos frente a un almacén de cadena reuniendo la plata para comprar Aguardiente del Quindío (era el que ofrecía la mejor promoción del momento: por dos botellas le regalaban media más). Salió el Negro con cara de acontecimiento: no había aguardiente del Quindío. Pero, dijo él, me alcanzó para estos cuatro litros de N (esta es la hora que no sé cómo compró tanto aguardiente con tan poca plata). Después de aplaudirlo, felicitarlo y darle golpecitos en la espalda, nos fuimos para la casa de Patiño.

Cuando llegamos al sagrado hogar estaba esperándonos mi hermana con una caja de vino. Nos instalamos cómodamente en las sillas; abrimos las cajas y empezamos a libar el nunca bien ponderado brebaje.

En la mitad de la primera caja Patiño llamó a Doris. Habló con ella bastante tiempo. Luego se sentó compungido. Después, al término del litro, se levanto y volvió a llamarla; ella le suplicó, con frases que siseaban en sus dientes, que fuera a recogerla. él aceptó con la frase lapidaria: espéreme en la terraza. Colgó; me miró y me dijo: camine marica que hay que bajar a Doris de la terraza. Yo miré a mi primo y le dije: camine marica que hay que bajar a Doris de la terraza. Salimos con la incomparable valentía que genera el alcohol.

Cuando llegamos estaba ella, cual doncella Shakesperiana, esperando a su amado. Él, cual Romeo, le dijo en voz baja: calle a ese perro hijueputa que puede despertar a su mamá. Ella, cual Julieta, le dio una patada al escandaloso lebrel. Patiño, en el instante que el animal suspendió sus ladridos, le preguntó si tenía una cuerda. Ella, con cara de yo pienso antes que ustedes, mostró la cuerda que ya tenía atada al hueco de un ladrillo(acá debo abrir un paréntesis. La terraza quedaba –o queda, no sé- en el segundo piso y estaba custodiada por seis hileras de ladrillos). Doris, después de santiguarse, subió a los ladrillos; se agarro de la cuerda y bajó con rapidez pasmosa. Nos miramos con asombro Patiño, Rodrigo y yo. Ella, una vez toco el piso, se abrazo a su amado Romeo…

Al llegar a la casa retomamos la labor. Sacamos la segunda cajita y la inauguramos con aclamaciones a la destreza de Doris. En tanto que nosotros (mi primo, el Negro, Patiño y yo) tomamos aguardiente, ella y Diana remataron la caja de vino. A la media hora estábamos eufóricos. Al término de la segunda caja estábamos picados con el trago. Doris, por su parte, estaba bastante ebria. Patiño, cual hombre responsable, decidió dejarla en la casa.

Fuimos de nuevo Patiño, mi primo y yo. Cuando llegamos Doris le dio miedo subirse. No sea pendeja, le decía en voz baja Patiño; subirse es más fácil que bajarse. Ella no atendía razones. Luego de unos minutos de deliberación decidí subir a la terraza y desde allí ayudarla a trepar. Todos estuvieron de acuerdo. Subió sin ningún problema. Luego, cuando yo iba bajando me dejé caer de espalda. No sentí dolor alguno. Me limpié y nos fuimos caminando como si nada.

Cuando llegamos el Negro ya estaba durmiendo. Rodrigo, mi primo, se tomo dos tragos más de aguardiente y se fue a dormir. Mi hermana se acostó poco después. Ante ese panorama le dije a Patiño: nos tocó emborracharnos con lo que queda de trago. Él, obviamente, asintió.

Al terminar la tercera caja estábamos entrados en la juma: hablábamos duro; la lengua estaba espesa y las palabras corrían sin sentido. Paramos a comer. Luego, cuando el estómago estaba lleno y la cabeza había recuperado en buena medida su lucidez, abrimos la cuarta caja.

Al amanecer encontré entre el desorden de cd’s uno que me llamó la atención. Le pregunté a Patiño de quién era; me dijo que era de la hermana. Lo puse y sonó una canción de Edith piaf que dejé que sonará indefinidamente.

De ese momento hasta las doce del día no sé qué sucedió. El hecho es que cuando desperté estaba encerrado en un colectivo en los límites de la ciudad. Estaba completamente ebrio. Empecé a patear la puerta para que me dejaran salir. Al poco rato llegó el conductor y me sacó de un jalonazo. Me tiró al suelo y se quedó quieto mirándome con odio. Luego me echó la madre y me dijo que me largara antes que empezara a repartir varilla. Me levante y me fui caminando. A las dos cuadras vomité. Seguí caminando. A la media cuadra volví a vomitar. Seguí caminando. Diez pasos después volví a vomitar. Luego di dos pasos e intenté de nuevo vomitar. Luego me recosté en un poste y me dormí…


Negro


El primer recuerdo que el tiempo me trae del negro sucedió este año. Estamos en un chuzo en la calle 68 escuchando buen rock; yo estoy tomando té y el negro está tomando Costeña. Empezamos a hablar de todas las personas que conocemos; de nuestros proyectos, recuerdos y opiniones. El negro me cuenta los pormenores del rompimiento con Astrid; las minucias, los detalles que no había conocido. Siento que nuestra amistad reverdece bajo la tenue luz. Me alegro inmensamente que no se haya dañado la amistad. el negro, cuándo el establecimiento se queda solo, se va a hablar con el man de la barra y luego me llama para que me integre a la conversación. Minutos después salimos al frío más cabrón que haya sentido en mi vida – la neblina era tan densa que no se podía ver más allá de veinte metros -.

Otro recuerdo que me llega en este momento sucedió por allá en el año 2000 (comienzos del segundo semestre). Salimos a tomar el negro, Suárez, Jorge y yo. Teníamos para dos cervezas cada uno. Cuando terminamos el par de chelas salimos para nuestas casas. No recuerdo porque nos quedamos solos el negro y yo; bueno, el caso es que cuando íbamos llegando a la treinta nos encontramos con mi hermana y con el novio; ¿ya se van?, nos pregunto con curiosidad Diana, mi hermana. Sí porque no hay plata, le contesté. Ella entonces dijo: si es por eso no se preocupen, acompáñeme a tomar una cerveza con Daniel y después nos vamos para la casa. Esperamos a que ella terminara de comerse el perro que estaba degustando y entramos a la tienda a tomar hasta media noche. Luego salimos a coger bus. Llegamos al apartamento y el negro me dijo que tenía hambre. Fui a mirar las ollas y encontré que mi mamá había hecho pasta. Le serví a él y a Daniel; Diana y yo no comimos. Recuerdo que el negro dijo que nunca se había comido una pasta más rica. Al otro día fuimos a su casa para salir de ahí al centro a cumplirle una cita a Carolina Rodríguez. Llegamos una hora tarde a la cita, razón por la que decidimos irnos a pie a la oficina del papá de Carolina, a buscarla. Frente al Terraza Pasteur una vieja me pidió un cigarrillo; yo le di el que me estaba fumando; espera, no te vayas, hablemos un rato, me dijo con el cigarrillo en la mano; tengo afán, hablamos después, le contesté. No, quédate, insistió. En ese momento el negro se devolvió para saber que pasaba. Al mismo tiempo que venía el negro por la derecha venía por la izquierda un man gritándome groserías; el negro me dijo: camine huevón que esto se puso feo…


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