Sábado de Pre-Icfes
Dedicado a los protagonistas
Eran las seis de la tarde cuando fuimos, por aquellas inercias del alcohol, a rematar la borrachera con una botella de brandy barato. Veníamos de un potrero que se transformó, gracias a la voracidad de constructores y banqueros, en bloques de apartamentos de cincuenta metros cuadrados, en casas de dos pisos, en hipotecas, en deudas a quince años. Caminábamos inclinados, trastabillando con las piedras, con los vanos de la calle, con los andenes, con el atardecer que se metía por las ventanas que a esa hora empezaban a tapizarse con cortinas de todos los colores. Llegamos a la Calle Sesenta y ocho, la mítica calle que recibía entre semana a miles de estudiantes de todos los colegios distritales y privados de la zona y quienes la llenaban, la llenábamos, de papeles, de escuadras desportilladas, de borradores, de lápices mordidos, de esferos reventados, de envoltorios de colombinas, de colillas de cigarrillos, de gritos, de improperios, de carcajadas que se trenzaban con el humo de los buses y con las miradas indignadas de peatones, de policías que se escondían en el CAI por temor, quizás, a que les hiciéramos daño. Íbamos, decía, para una licorería recién inaugurada que atendía al oriente del CAI, a dos o tres cuadras de la Carrera Treinta. Sentados en la acera, con la mirada vidriosa, con la lengua estropajosa, encharcada de melancolía, nos tomábamos los últimos tragos, venían los apretones de mano (porque en aquellos tiempos no se veía bien, no lo veíamos bien, eso de abrazarse, de tener contactos diferentes a las patadas, a los pastorejazos, a los puños), los agradecimientos de Suarez por haberlo respaldado el viernes, o quizás el jueves, no recuerdo con exactitud, en la gresca promovida por Larry, por Mora, por Fula, y de la que él pensaba en su borrachera, lo habíamos librado con gritos, con empellones violentos, con escarnios. La verdad, la simple y llana verdad, es que el héroe, el único que empujo con furia a Larry fue Diego Navarrete, quien en ese mismo instante bostezaba en su casa. Venían los tragos y los cigarrillos que alguien sugirió le quitáramos el filtro para emborracharnos más rápido (como si no estuviéramos lo suficientemente embriagados a esa hora), iban las risas haciéndose girones con los filos del alcohol, venían los gritos de Suarez y las promesas de Patiño, iban mis palabras desequilibradas, venia la mirada de Nabyl perdiéndose, internándose en ese mundo que no pudimos conocer en los veintitrés años que estuvimos en el mismo planeta. El brandy continuaba extinguiéndose, extraviándose en las gargantas escaldadas, al igual que la plata de Suarez, los cuarenta mil pesos que le había dado la mamá para pagar el Pre-Icfes y que se transformaron en cerveza, en aguardiente para retribuir, como queda dicho, la defensa, el auxilio en ese momento aciago en el que le recriminaban, en el que lo empujaban por pisar la maleta, por partir los plumones de Rocío. No sé a qué hora nos despedimos, si acaso lo hicimos, en qué momento decidimos irnos a nuestras casas a devolver a las cañerías las aguas pestilentes que navegaban en nuestros entresijos, las aguas que se fermentaban, que se descomponían como los perros muertos que naufragaban, y aún naufragan, en el caño del Doce de Octubre. Debimos irnos caminando hasta la casa con Patiño porque nuestros ingresos ese año, y muchos años más, eran magros, casi inexistentes: alcanzaban para dos buses, algunas veces sólo para uno, y un Mustang o, si había suerte, para dos buses y un Malboro (lo que llamaba la atención, dadas las condiciones económicas, es que hayamos jugado billar todo el año sin un centavo). El caso es que, al borde de la Avenida Carrera Sesenta y ocho, que a esa hora rugía como una leona herida, decidimos cruzar con los ojos cerrados, corriendo como un par de locos o, como lo que en realidad éramos, como un par de irresponsables que, además de su falta de sensatez, estaban en avanzado estado de embriaguez [Piensen, al margen del relato, o quizás apoyándolo, que era tal el grado de intoxicación del que éramos presa que prescindimos del más básico de los instintos: el de supervivencia]. El hecho es que oíamos, al ritmo de la carrera, llantas aullando con vértigo de tragedia, conductores lanzando ultrajes de todos los calibres, gritos de mujeres que nos veían con ojos entrenados para contemplar siniestros de toda laya. Llegamos a la otra orilla con el corazón desbocado como la juventud que no quería agotarse, como la noche alucinante, como la vida que parecía amplia, enorme, infinita para las mentes alcoholizadas, para las almas imprudentes que palpitaban mientras continuábamos riéndonos, hablando a gritos, dirigiéndonos a las casas a recibir los gritos y sermones que tanto se parecen al amor…
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24 de septiembre de 1999
Estábamos en la calle sesenta y ocho, diagonal al Cafam de Zarzamora, esperando que apareciera Doris, la amiga de Diana. Ella venía porque yo, esa misma tarde, la había invitado para que asistiera a una de las cientos de despedidas que le hicimos a Patiño. La intención de mi ofrecimiento era claramente galante puesto que ella y yo acumlábamos meses de febriles conversaciones telefónicas en cuyo contenido abundaban frases arteras, de doble sentido, en las que se evidenciaban la clara determinación de ingresar, por parte de los dos, o eso era, al menos, lo que pensaba en aquellos días, a las arenas del cortejo o, con algo de suerte, a las praderas del amor.
El caso es que eran las siete de la noche y estábamos Patiño, Diana y yo aguardando su arribo. A los pocos minutos bajó de la buseta y, al verme, corrió hacia mí. Le di un abrazo efusivo, vehemente, que rematé con un beso andeniado, con el que pretendía dejar claro cuáles eran mis proyectos. Luego saludó a Diana y se quedó mirando a Patiño con una curiosidad sospechosa. Doris, dije con la voz cenagosa, vacilante, le presento un amigo; le dio la mano al tiempo que se sonreían coquetamente. En ese momento me di cuenta que había incurrido en el peor error que se puede cometer en estos casos: había llevado a una mujer en edad de merecer, con notables cualidades físicas, a una casa atestada de jóvenes que exhalaban testosterona por todos los poros. Vamos, sugerí con un tono que evidenciaba la profunda preocupación en la que me sumía la situación.
Dos horas después me arrastraba por una conversación sin futuro. Ella, a pesar que indagaba con la mirada por el paradero de Patiño, se aferraba a mis palabras para no desbarrancarse en el aburrimiento. Al filo de la medianoche el rock, con sus estridencias y sus excentricidades, dio paso a la salsa. Una mano apareció entre los azares de la rumba para internarla en la marea de brazos y piernas. Mientras ella danzaba pensaba la mejor manera de conducirla a un paraje menos concurrido para poder entablar el último intento de conquista (si acaso esa noche podría hacerlo con el infortunado recurso de la palabra). La música cesó un segundo para dar paso a Sonido Bestial, o cualquier tema de movimientos frenéticos, delirantes, que encendían, y aún encienden, el galope de la sangre. Patiño, antes que yo me levantara para invitarla a bailar, la llevaba de la mano al rincón más oscuro. Lancé, al verlos en el margen izquierdo de la sala, al lado de la mesa del teléfono, enlazados de las cinturas y de las miradas, un improperio que naufragó en la borrasca de trompetas. Antes que terminara la canción ya me había dado cuenta que la batalla estaba irremediablemente perdida. Di, entonces, media vuelta, me senté en el sofá de resortes escandalosos, de manchas improbables, a beber los 375 c.c. de aguardiente que se calentaban en las vecindades de la pared, al lado de las patas del sofá.
A las dos de la mañana, cuando zozobraba entre el pesimismo y la decepción, le abrí la puerta al Negro. Diez minutos después sonó el timbre y era nuevamente él con la mirada enzarzada contra las brumas del alcohol. Negro, ¿a qué hora salió?, pregunté cuando abrí la puerta. Siguió sin dar respuesta. A los dos minutos sonó el timbre y era nuevamente él, con la misma mirada desorientada y los mismos pasos tambaleantes. Cerré la puerta pero, en lugar de dar media vuelta, me quedé observando a través de la ventana. A los pocos segundos vi desplomarse una sombra. Al levantarse reconocí al Negro (quien se acercaba nuevamente al timbre). Abrí y lo vi subir trotando por las escaleras. Contemplé, una vez más, por la ventana para verlo bajar, pero no lo hizo. Antes que pasaran cinco minutos oí a Carolina, la hermana de Patiño, gritar desde el tercer piso: “Diego, El Negro se quiere suicidar”. Todos subieron corriendo por las escaleras al tiempo que yo, ante la certeza que sería útil que corriera con ellos, abría la nevera para extraer un litro de aguardiente.
En las vecindades de las seis de la mañana, cuando la luz penetraba por las cortinas de la cocina, decidí, por aquellas travesuras del alcohol, por aquellas caprichos de la juventud, poner rancheras a todo volumen y despertar a los borrachos que la noche había repartido bajo la mesa del comedor, sobre el sofá, a la ribera de las escaleras, contra la estufa, al margen del lavadero. Subí el volumen todo lo que pude y empecé a cantar, como se usa en estos casos, a todo pulmón. A los tres minutos estaban El Negro, Astrid, Suarez, Walther y Nabyl compartiendo mi euforia y rematando el litro de aguardiente. Otros tantos se levantaron y se fueron ante la perspectiva que no podrían dormir por el escándalo. Patiño, entretanto, estaba desmayado en el tercer piso junto a Doris, la conquista de la noche (y del resto de año). Un grupo de adelantados y solidarios compañeros subió a despertarlo pero la única respuesta que obtuvieron fue un par de epítetos y la promesa que esa sería, para gloria de todos los vecinos, la última despedida. Quién sí se animó a bajar, pero con un objetivo diferente a la diversión, a la alegre convivencia etílica, fue Carolina Patiño quien nos expulsó, después de desconectar el equipo de sonido, con tres gritos secos. De allí salimos para mi apartamento a continuar la bebeta hasta el lunes en la mañana, día en el que salió Suarez, el último de los sobrevivientes, para su casa.
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Borrachera inolvidable
Todo inició con una ingenua llamada de Patiño. Después de hablar durante media hora de lo divino y lo humano me dijo que fuera a su casa a emborracharme. Le dije que no tenía ganas de ir y que, además, no tenía un peso para comprar aguardiente. Él me respondió que la plata no era problema porque iba el negro y que entre los dos se acopiaba los recursos necesarios para el alcohol. Después de un largo periodo de meditación (dos segundos) le dije que sí. Colgué.
Dos minutos después volvió a sonar el teléfono. Era mi primo. Le dije que le caía a la casa y que de ahí partiríamos a la casa de Patiño a tomar trago.
A los tres minutos sonó, de nuevo, el teléfono. Esta vez era mi hermana. Le dije que si quería que fuera a la casa de Patiño porque se formaría una reunión amenizada por el alcohol.
A las ocho de la noche estábamos frente a un almacén de cadena reuniendo la plata para comprar Aguardiente del Quindío (era el que ofrecía la mejor promoción del momento: por dos botellas le regalaban media más). Salió el Negro con cara de acontecimiento: no había aguardiente del Quindío. Pero, dijo él, me alcanzó para estos cuatro litros de N (esta es la hora que no sé cómo compró tanto aguardiente con tan poca plata). Después de aplaudirlo, felicitarlo y darle golpecitos en la espalda, nos fuimos para la casa de Patiño.
Cuando llegamos al sagrado hogar estaba esperándonos mi hermana con una caja de vino. Nos instalamos cómodamente en las sillas; abrimos las cajas y empezamos a libar el nunca bien ponderado brebaje.
En la mitad de la primera caja Patiño llamó a Doris. Habló con ella bastante tiempo. Luego se sentó compungido. Después, al término del litro, se levanto y volvió a llamarla; ella le suplicó, con frases que siseaban en sus dientes, que fuera a recogerla. él aceptó con la frase lapidaria: espéreme en la terraza. Colgó; me miró y me dijo: camine marica que hay que bajar a Doris de la terraza. Yo miré a mi primo y le dije: camine marica que hay que bajar a Doris de la terraza. Salimos con la incomparable valentía que genera el alcohol.
Cuando llegamos estaba ella, cual doncella Shakesperiana, esperando a su amado. Él, cual Romeo, le dijo en voz baja: calle a ese perro hijueputa que puede despertar a su mamá. Ella, cual Julieta, le dio una patada al escandaloso lebrel. Patiño, en el instante que el animal suspendió sus ladridos, le preguntó si tenía una cuerda. Ella, con cara de yo pienso antes que ustedes, mostró la cuerda que ya tenía atada al hueco de un ladrillo(acá debo abrir un paréntesis. La terraza quedaba –o queda, no sé- en el segundo piso y estaba custodiada por seis hileras de ladrillos). Doris, después de santiguarse, subió a los ladrillos; se agarro de la cuerda y bajó con rapidez pasmosa. Nos miramos con asombro Patiño, Rodrigo y yo. Ella, una vez toco el piso, se abrazo a su amado Romeo…
Al llegar a la casa retomamos la labor. Sacamos la segunda cajita y la inauguramos con aclamaciones a la destreza de Doris. En tanto que nosotros (mi primo, el Negro, Patiño y yo) tomamos aguardiente, ella y Diana remataron la caja de vino. A la media hora estábamos eufóricos. Al término de la segunda caja estábamos picados con el trago. Doris, por su parte, estaba bastante ebria. Patiño, cual hombre responsable, decidió dejarla en la casa.
Fuimos de nuevo Patiño, mi primo y yo. Cuando llegamos Doris le dio miedo subirse. No sea pendeja, le decía en voz baja Patiño; subirse es más fácil que bajarse. Ella no atendía razones. Luego de unos minutos de deliberación decidí subir a la terraza y desde allí ayudarla a trepar. Todos estuvieron de acuerdo. Subió sin ningún problema. Luego, cuando yo iba bajando me dejé caer de espalda. No sentí dolor alguno. Me limpié y nos fuimos caminando como si nada.
Cuando llegamos el Negro ya estaba durmiendo. Rodrigo, mi primo, se tomo dos tragos más de aguardiente y se fue a dormir. Mi hermana se acostó poco después. Ante ese panorama le dije a Patiño: nos tocó emborracharnos con lo que queda de trago. Él, obviamente, asintió.
Al terminar la tercera caja estábamos entrados en la juma: hablábamos duro; la lengua estaba espesa y las palabras corrían sin sentido. Paramos a comer. Luego, cuando el estómago estaba lleno y la cabeza había recuperado en buena medida su lucidez, abrimos la cuarta caja.
Al amanecer encontré entre el desorden de cd’s uno que me llamó la atención. Le pregunté a Patiño de quién era; me dijo que era de la hermana. Lo puse y sonó una canción de Edith piaf que dejé que sonará indefinidamente.
De ese momento hasta las doce del día no sé qué sucedió. El hecho es que cuando desperté estaba encerrado en un colectivo en los límites de la ciudad. Estaba completamente ebrio. Empecé a patear la puerta para que me dejaran salir. Al poco rato llegó el conductor y me sacó de un jalonazo. Me tiró al suelo y se quedó quieto mirándome con odio. Luego me echó la madre y me dijo que me largara antes que empezara a repartir varilla. Me levante y me fui caminando. A las dos cuadras vomité. Seguí caminando. A la media cuadra volví a vomitar. Seguí caminando. Diez pasos después volví a vomitar. Luego di dos pasos e intenté de nuevo vomitar. Luego me recosté en un poste y me dormí…
Grado
Hoy -28 de noviembre-hace diez años me encontraba bebiendo desaforadamente. La bebeta la inicie el día anterior por la tarde. Salí de trabajar y me fui directo a la casa de Rodrigo. Cuando golpée la puerta tuve la sensación que esa iba ser la última tomata en buen tiempo, pero la deseche con un gesto. Rodrigo me recibió con una sonrisa y un ¿qué pasó huevón? Nada, le respondí; sólo quiero emborracharme. ¿Y eso? Despecho ¿o qué? Me pregunto con la sonrisa puesta aún en los labios. Nada, lo que pasa es que me gradúo mañana y quiero llegar borracho, o por lo menos enguayabado, contesté. En ese caso, respondió inmediatamente, espere bajo la plata… mejor suba conmigo mientras lavo la loza y después bajamos a comprar algo. Mientras subíamos yo miraba las escaleras blancas y el filo de hierro que le ponen en los bordes; me recordaban las escaleras de la casa de mis padrinos -lugar donde pase gran parte de mi niñez-. Arriba -en ese tiempo vivía con una tía en un tercer piso- nos tomamos una gaseosa y hablamos mientras lavaba la loza. Cuando terminó fuimos a una cigarrería que quedaba a dos cuadras de la casa; en ella compramos dos botellas de aguardiente barato y un paquete de cigarrillos. A las once de la noche ya habíamos acabado la primera botella. A las once y media llego la tía y se sentó a hablar media hora con nosotros y luego se fue a dormir. A las dos de la mañana Rodrigo saco el único cigarrillo de canela que le quedaba de media cajetilla que le había robado a un amigo, en una noche de juerga, a comienzos de ese año. Tome marica, su regalo de grado, me dijo en tanto me lo daba. Lo prendí con solemnidad. Sentí el sabor jugueteándome entre el paladar y la lengua. Gracias marica, le dije. A las tres de la mañana se acabó la segunda botella de aguardiente; Rodrigo saco un cuncho de algún trago que no recuerdo. Lo tomamos hasta las cuatro de la madrugada. Me acosté a dormir en la cama de Rodrigo y él en la cama de Esteban, el primo, y Esteban se acostó con la mamá. A las seis de la mañana me despertó Rodrigo. Me bañe y me fui a mi casa para cambiarme e irme. En la casa me obligaron a bañarme otra vez – nadie creyó que ya me había bañado gracias al tufo de ochenta octanos que cargaba-. Me bañe, me vestí y me tome una foto con un canario mansamente parado en mi mano derecha. Salimos al teatro Astor Plaza. En la entrada del teatro estaba Fula con media botella de aguardiente encaletada en el bolsillo interior de la chaqueta. Apuramos, sin ningún reato de conciencia, tres tragos frente a todo el mundo. Luego Gustavo Navarrete dijo: vamos a tomarnos una cerveza mientras estos hijueputas abren la puta puerta. A las dos cuadras nos sentamos a tomar hasta que alguien dijo: ya abrieron, vámonos. Después que nos asignaron los puestos le dijimos a Ortiz que nos hiciera el favor de cambiarse de puesto para que quedáramos Patiño, Diego y yo contiguos. Reímos como nunca en esa ceremonia. Cuando nos dieron los diplomas recuerdo que Martha Mantilla me dijo: espero que no siga como va. Me importó un pepino lo que me dijo y seguí saludando a los demás profesores; cuando terminé de saludarlos di media vuelta y levante la mano con los dedos índices y medio abiertos señalando la victoria obtenida. Después las fotos, los saludos y las presentaciones interfamiliares; luego el almuerzo y la ida a la casa a dormir por la tarde. Por la noche salí a tomar con unos primos hasta el amanecer.
Nabyl
Hace un momento, cuando decidí escribir sobre Nabyl, me asaltó el recuerdo del primer y del último día que nos vimos. El primer día que hable con Nabyl: era una mañana fría de comienzos de año (seguramente era marzo); Cristina Mora me había echado del puesto porque, según ella, no la dejaba atender clase, ni la dejaba estudiar cuando era necesario hacerlo. Yo, orgullo en ciernes de adolescencia, me fui al único puesto vacante del salón: el pupitre habitado por el más solitario y callado, pero nunca insulso – eso lo puedo jurar sobre una Biblia – Carlos Ortiz. Me fui con los dos cuadernos que siempre llevé en octavo (eran dos cuadernos de cincuenta páginas con la publicidad de de expreso Bolivariano: tenían dibujados, a la vera de la vía por donde circulaba la flota de marras, un par de lechones que Diego Navarrete adorno con ostentosos falos enhiestos), y le dije: Ortiz, ¿me puedo sentar acá? Él levanto la mirada con lentitud y asintió con un tenue movimiento de cabeza. Me senté y miré a los compañeros del puesto de adelante para saber quienes conformarían el grupo de charla y quizás de garbullo. Uno de ellos era un joven callado al que no le conocí la voz hasta la semana siguiente. Al lado de él se hallaba un niño de conversación fácil y trato amable que dijo llamarse Nabyl (¿Na… que?, recuerdo que le pregunté, cuando extendió su mano derecha para presentarse)…
El último día que nos vimos fue precedido por una ingesta de cerveza con Walther-aquel joven callado que compartía el puesto con Nabyl- y el negro. La vida o el destino nos unió esa noche para rememorar los últimos años que pasamos juntos. Recordamos, por ejemplo, la facilidad con la que Henry se excitaba y su clásico incidente en el almacén Éxito; los gemidos que, al filo de una pregunta lanzada al aire por la profesora, emitía Patiño y que, al son de chillidos de marrano, amenizaba la aridez de los días de octavo. Tomamos hasta que, cerca de las tres de la mañana, nos echaron de la tienda y nos fuimos a rematar la tomata en la casa de Walther. Allí seguimos con algunas anécdotas y con algunos comentarios que se fueron apagando al tiempo que la aurora entraba por la ventana del cuarto de Walther…Todos, al otro día, salimos de afán a cumplir nuestras obligaciones (era jueves): Nabyl, el negro y yo hacía la casa del último. Hablamos poco mientras llegamos a esta; una vez estuvimos frente al hogar – dulce hogar – nos despedimos del suscrito y continuamos nuestra ruta. Cuando pasamos frente a la panadería del padrino del negro le dije a Nabyl que entráramos porque no me aguantaba más las ganas de tomarme una gaseosa. Pedimos dos coca colas y las apuramos de tres sorbos largos. Salimos rápidamente hacia la calle 68, la cual recibió a Nabyl con la buseta que lo llevaría presto al trabajo…
Quince o veinte días después me llamo Nabyl para preguntarme si conocía alguna vieja que midieran más de un metro sesenta y cinco; le dije que conocía algunas mujeres con la condición pero ninguna tenía la disponibilidad de tiempo que él requería (de hecho nunca supe para que necesitaba mujeres con esas características); hablamos sobre su vida, su novia y su trabajo; “uno se pasa la vida esperando que las maricadas le lleguen, pero cuando le llegan, le llegan”, recuerdo que me dijo como colofón a la enumeración de los aciertos que el destino o el azar le habían atravesado en el camino; y después de una breve pausa redondeo la idea afirmando que “cada uno tiene lo que se merece”. En ese momento le entró una llamada y se despidió con un sencillo “hablamos luego”…
Patiño
El primer recuerdo que tengo de Patiño es una imagen que tiene casi dieciséis años: lo veo parado en la misma fila en la que estoy yo; son las ocho de la mañana y los profesores están distribuyendo los alumnos en siete filas para organizar los cursos. Patiño tiene cara de ser un gamín de siete suelas; está mirando al suelo y parece que está rabón por quién sabe qué razón. Levanta la cabeza hacia donde yo estoy, miro a otro lado para evitarme problemas –ustedes saben: ¿qué mira hijueputa?, ¿me le parecí a su madre o que?-. Eso fue el 3 de febrero de 1991.
Otro recuerdo viejo (quizás el siguiente en antigüedad al que acabo de referir) fue a mediados del mismo año. La profesora Edilma Peña estaba escandalizada porque había alumnos que se escondían en los baños para no entrar a clase, razón que la impulso a convocar, junto con la directora de curso (Aidé Unas Mosquera), una reunión con los alumnos. Después de una larga disertación de Edilma sobre el deber y las obligaciones dio el nombre de los implicados: Patiño, el abuelo, Espinel y creo que Casas. La profesora, al ver la cara de susto de los comprometidos, se envalentono y lanzó la primera pregunta a Patiño: ¿Usted por qué no entró a clase?; yo no entré a clase, respondió Patiño con voz firme, porque su clase me parece muy aburridora, y creo que no sirve para nada. Edilma se puso pálida de la ira; no sabía que decir. Patiño tenía la sonrisa del vencedor.
Diego Navarrete
Recuerdo que en octavo (el primer semestre del 1993, para ser exacto) la profesora Ana Delia de Páez nos puso a exponer,a Diego y a mí, el caso especial del trinomio al cuadrado perfecto. Yo le dije a Diego más de una vez que preparáramos la exposición, recuerdo que él me decía: no se preocupe que eso es fácil; nos vemos diez minutos antes de entrar del descanso y lo preparamos. Yo estuve esperándolo hasta que sonó el timbre para empezar la clase; ahí fue cuando apareció, estaba tranquilo, como si no tuviera ningún compromiso. Entonces, ¿qué hacemos?, le dije. Usted empieza con la teoría y yo explico el ejemplo. No, ni mierda, le dije; yo hago el ejemplo y usted empieza con la teoría. Listo, respondió. Llegó la profesora y explicó como pudo –no muy bien, por cierto -. Me tocó el turno a mí; cuando iba en la mitad del ejemplo la profesora me regaño, porque no había preparado, por que era un irresponsable, etc. Luego extendió el regaño a Diego. Creo que ese es el recuerdo más viejo que tengo de Diego Navarrete.
Otro recuerdo que me asalta en este momento también está relacionado con una exposición; en este caso fue en Corferías y fue en el informe que rindió Martha Luz a una gente de la Universidad Pedagógica de su supuesta innovación en la enseñanza de la física. Estábamos en el cubículo en el que exponíamos en de Expociencia viendo pasar niñas lindas cuando se acerca Martha Luz a pedirnos el favor de asisitir a su ponencia; nosotros, caballeros a ultranza, aceptamos la invitación. Recuerdo que la profesora le temblaban las manos y la voz en cada frase. Al final de la exposición se le aclaró la voz y dijo: aquí casualmente hay alumnos míos; si quieren les cedo la palabra para que ellos hablen de la experiencia. En ese momento me di cuenta de la emboscada que nos había tendido. Nos paramos Diego Navarrete, William Lancheros, creo que Rafael –el sobrino de la profesora Luz Estella Vanegas- y yo. Si no me falla la memoria empezó William Lancheros, a quien, al primer despropósito, Diego le pidió (quito) la palabra para iniciar a hablar maravillas de Martha; minutos después, cuando su discurso empezaba a decaer, tome la palabra, y cuando empecé a enredarme –quizás halla sido cuestión de principios: alabar a la tirana, eso nunca- la retomó Diego, así hasta que todos hablamos. La profesora, una vez se termino la farsa, nos colmó de agradecimientos. Este recuerdo data de octubre de 1995.
Negro
El primer recuerdo que el tiempo me trae del negro sucedió este año. Estamos en un chuzo en la calle 68 escuchando buen rock; yo estoy tomando té y el negro está tomando Costeña. Empezamos a hablar de todas las personas que conocemos; de nuestros proyectos, recuerdos y opiniones. El negro me cuenta los pormenores del rompimiento con Astrid; las minucias, los detalles que no había conocido. Siento que nuestra amistad reverdece bajo la tenue luz. Me alegro inmensamente que no se haya dañado la amistad. el negro, cuándo el establecimiento se queda solo, se va a hablar con el man de la barra y luego me llama para que me integre a la conversación. Minutos después salimos al frío más cabrón que haya sentido en mi vida – la neblina era tan densa que no se podía ver más allá de veinte metros -.
Otro recuerdo que me llega en este momento sucedió por allá en el año 2000 (comienzos del segundo semestre). Salimos a tomar el negro, Suárez, Jorge y yo. Teníamos para dos cervezas cada uno. Cuando terminamos el par de chelas salimos para nuestas casas. No recuerdo porque nos quedamos solos el negro y yo; bueno, el caso es que cuando íbamos llegando a la treinta nos encontramos con mi hermana y con el novio; ¿ya se van?, nos pregunto con curiosidad Diana, mi hermana. Sí porque no hay plata, le contesté. Ella entonces dijo: si es por eso no se preocupen, acompáñeme a tomar una cerveza con Daniel y después nos vamos para la casa. Esperamos a que ella terminara de comerse el perro que estaba degustando y entramos a la tienda a tomar hasta media noche. Luego salimos a coger bus. Llegamos al apartamento y el negro me dijo que tenía hambre. Fui a mirar las ollas y encontré que mi mamá había hecho pasta. Le serví a él y a Daniel; Diana y yo no comimos. Recuerdo que el negro dijo que nunca se había comido una pasta más rica. Al otro día fuimos a su casa para salir de ahí al centro a cumplirle una cita a Carolina Rodríguez. Llegamos una hora tarde a la cita, razón por la que decidimos irnos a pie a la oficina del papá de Carolina, a buscarla. Frente al Terraza Pasteur una vieja me pidió un cigarrillo; yo le di el que me estaba fumando; espera, no te vayas, hablemos un rato, me dijo con el cigarrillo en la mano; tengo afán, hablamos después, le contesté. No, quédate, insistió. En ese momento el negro se devolvió para saber que pasaba. Al mismo tiempo que venía el negro por la derecha venía por la izquierda un man gritándome groserías; el negro me dijo: camine huevón que esto se puso feo…
Walther
A Walther en octavo le tocaba sentarse con Jenny Tanco –no estoy seguro del apellido, pero estoy seguro que se llama Jenny-; esa vieja era altísima y flaquísima, de mal genio pero buena gente. Una mañana Jenny se cambio de puesto porque, decía ella, estaba aburrida. Se sentó con una niña de apellido Urbano (una pequeñita que nunca le conocí la voz). Nabyl llegó presto a ocupar la vacante. Después del descanso Walther se dio cuenta que Jenny había dejado un cuaderno en el puesto; se quedo mirándolo con detenimiento hasta que encontró el nombre del amado y, ¡vaya sorpresa!, una carta que el pretendido le había enviado. La leímos con voz trémula e impostada Nabyl y yo; nos burlamos de ella hasta que nos cansamos. Al final decidimos botar el cuaderno unos puestos más adelante para que ella no se diera cuenta que le habíamos hurgado su intimidad y para que no supiera que nosotros le habíamos rayado y escupido el cuaderno.
Otro recuerdo de Walther data de hace un par de años (la fecha exacta se perdió en la noche del tiempo). Ese día yo había ido a darle una clase a una sobrina de una amiga-una clase gratis- cerca de la casa de él. Cuando la termine me fui a su casa para ver si había algo para hacer. Milagrosamente lo encontré. Nos fuimos un rato a donde el negro a hablar con Carlos y luego nos devolvimos para su casa. Luego de un par de cervezas y unos cigarrillos, salimos hacia la séptima en busca de plan. Después de durar dos horas caminando desde la calle 48 hasta la calle 57, por la carrera séptima, entramos a un bar llamado El Gato Naranja. A los diez minutos que entramos una vieja entró mirándome como si me conociera; yo no le puse mucho cuidado y seguí hablando con Walther. Aburridos de estar parados contra la escalera nos fuimos a sentar a una sala que estaba al lado derecho de la barra. Allí estuvimos hablando y riéndonos más de una hora. En este lapso la vieja me miraba, cada vez que pasaba, con sincero deseo. Walther me decía: marica, cáigale, no sea huevón. No, marica, esa vieja está como fea, le contestaba yo. Luego nos paramos y nos fuimos hacia la barra para entretener el aburrimiento. En ese momento pusieron una descarga de música que me subió el ánimo –duro cerca de hora y media-; al final de esta me dirigí a la barra a pedirle una cerveza a la vieja que me miraba insistentemente (a estas alturas de la noche ya me había dado cuenta que ella trabajaba ahí, y estaba convencido que le gustaba). Me vendes un águila por favor, le dije con aire de casanova en decadencia; ella me miro a los ojos y me cogió la cara y luego me consintió la cabeza –creí que me iba a dar un beso-. Claro bebe, ya te la traigo. En ese momento ya me estaba animando a hacerle la corte a esa vieja. Minutos después Walther salió a hablar con ella, seguramente le dijo algo de mí –esto último lo infiero del hecho de que, cuando le hablaba, me señalaba constantemente-; la vieja me contempló con resentimiento, dio media vuelta y no me volvió a mirar por el resto de la noche. Cuando estábamos esperando el bus para ir a la casa de Walther la vi asomarse por la puerta del bar; allí estuvo hasta que cogimos el colectivo. Desde entonces no la he vuelto a ver (Walther la volvió a ver un par de veces más).
Suárez
El recuerdo más vivo de Suárez –y estoy seguro que todos los que lo conocemos desde el colegio lo recordamos con nitidez- sucedió en noveno (1994)-. Estábamos esperando que iniciara la primera clase cuando lo vemos aparecer con los libros en la mano izquierda y la maleta, asida por una hebra, en la mano derecha. Cuando se acerca a nosotros percibimos un olor nauseabundo que nos repelió inmediatamente. Ufff, Suárez, se vomitó, le preguntó alguno de nosotros con clara intención de inaugurar la ristra de insultos y befas. No, yo no fui, respondió quedamente; fue un borracho que me vomitó la maleta. Primero nos miramos, luego nos reímos a carcajadas, finalmente, nos burlamos de su suerte hasta que llegó el profesor. La maleta estuvo colgada en una ventana toda la mañana –acto que, visto a la luz del tiempo, me parece asqueroso: una maleta vomitada aromatizando el salón-.
El segundo recuerdo me llega del año 2000. Al día siguiente que celebramos el cumpleaños de Walther con una bebeta espantosa, decidimos venirnos para el apartamento a tomar más. Cuando íbamos saliendo Hamer, el hermano de Walther, nos pidió el favor que los ayudáramos, a él y a su amigo, a llevar una batería a suba. Aceptamos y cada uno cogió una parte. En la avenida Carrera 68, Suárez montó una coreografía con los platillos que nos dobló de la risa. Finalmente una buseta nos quiso llevar. En la buseta seguimos riéndonos. Cuando llegamos a la casa armamos, o bueno, armaron la batería Hamer y el amigo, y luego nos vinimos para el apartamento. Acá nos tomamos un jugo que estaba en la nevera. A la hora se fue Hamer y el amigo y quedamos Walther, Suárez y yo hablando de todo. Al rato llegó mi mamá; los saludó, nos hizo algo de comida y después se sentó con nosotros a hablar. Recuerdo que Suárez -después que yo le contara a mi mamá que él amaneció acostado con Doña Cleotilde- le dijo que le gustaba esa señora (para ser más exactos dijo: esa viejita aguanta). Yo creo que pocas veces me he reído tanto. Después mi mamá se fue a ver televisión y nosotros tres nos quedamos tomando y hablando hasta el amanecer.


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