Incendio del 1104
Dedicado a Don Walther (sin cuya implacable curiosidad no habría tenido la ocurrencia de escribir esta confesión) y a todos los que compartieron mi irresponsabilidad…
Era una mañana fría, como fueron todas la mañanas de 1996; la huella de aguaceros encharcaba las canchas que siempre estuvieron, sin importar la hora ni el día, ocupadas por apáticos estudiantes que preferían el microfútbol a las tediosas clases. El deseo de fumar, en el borde de las ocho de la mañana, nos hostigaba la sangre gracias a aquella inapelable necesidad de infringir toda prescripción de profesor o adulto. No recuerdo si fue Patiño o Nabyl quien extrajo, para atacar el deseo de tabaco, un cigarrillo de una billetera apestosa, descosida, atiborrada de hojas desastradas. Se estableció, una vez contemplamos aquel pitillo de tonalidades sospechosas, de arrugas cercanas a las grietas, que debíamos consumirlo fuera del baño para que el humo no llegara a la nariz de algún profesor melindroso, de costumbres vidriosas, de moral inapelable quien sabría inmediatamente que un grupo de estudiantes está desoyendo el Manual de Convivencia puesto que no están en clase y, lo que es peor, porque se encuentran fumando dentro del plantel educativo. Decidimos, para cumplir con lo pactado, ir al 1104 gracias a que, por aquellas intrigas del azar, se encontraban, él y el 1103, vacíos a esa hora. Salíamos, por tanto, de uno en uno y corriendo encogidos para que no se vieran las sombras a través del hueco de las puertas de los décimos. Diego Navarrete, una vez estuvimos los cuatro en el aula, tomó la iniciativa de encender el cigarrillo y, una vez le dio tres largas y enérgicas caladas, me lo dio para que lo rotara de tal forma que Patiño fuera el último en fumarlo (esta prevención se debía a que él tenía la mala costumbre de “rumbiárselo”). El tedio, una vez se terminó el cigarro, empezó a susurrarnos proyectos vecinos al vandalismo. El primero de ellos fue escupir, patear pupitres y rayar paredes (en ese orden). Descubrimos, cuando el aparato respiratorio estuvo libre de flemas y mucosidades, todos los pupitres con las patas para arriba y las paredes sin espacio para otra grosería, que el impulso vandálico estaba lejos (bastante lejos) de haberse sosegado. Por ello decidimos, Patiño y yo, quemar la caneca del salón. Arrojamos, para tal efecto, un papel que lanzaba centelleos amarillos contra los desperdicios (la mayoría de ellos inflamables) que aguardan en el fondo del cuenco. Antes del primer minuto las llamas llegaban al techo y el humo impedía que respiráramos normalmente (lo que nos impulsó a salir corriendo del salón). Patiño y yo, dos minutos después de iniciar la conflagración, no parábamos de reír al ver la llamarada saliendo por la puerta del recinto. Nabyl y Diego, más cuerdos que Patiño y yo (y, por ello mismo, más asustados que nosotros), buscaron cubos para apagar el incendio que parecía, al borde del tercer minuto, inatajable. No sé en qué momento ni de qué manera lograron controlar la combustión con un balde y un trapo viejo que encontraron en las vecindades… Poco después, cuando llegaron los alumnos sel 1104, se inició el revuelo por el “acto terrorista”. Los profesores y coordinadores iniciaron, por tanto, las pesquisas que se prolongaron por varias semanas y que incluyeron interrogatorios, recriminaciones y visitas de policías con cara de circunstancia, y de las cuales se llego a la conclusión que nadie, bajo ninguna circunstancia, diría quiénes habían achicharraron la caneca, los cuadros, carteleras y pupitres que tuvieron la mala fortuna de encontrarse en el camino del fuego…
Recuerdo que en el 2002 Don Walther, el papá de Diego (quien en 1996 era el presidente de la Asociación de Padres de Familia) me preguntó, entre tequilas y rones, si habíamos estado involucrados en “aquel incidente del 1104”. Yo, más cuerdo que borracho, le respondí sin que me temblara la voz, “no señor; quizás fue Cesar o alguno de esos alumnos de décimo que quemaron, meses después, los cultivos hidropónicos”. Él, inconforme con la respuesta, ha continuado indagado a lo largo de todos estos años con la esperanza de escuchar la confesión de labios de alguno de los implicados (hecho que, como pueden constatar, acaba de suceder)…


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