componendas e intrigas de la memoria y del olvido

Mónica

Luz Amparo

(Monet)

Me encontraba en la secas ramas del estudio cuando Luz Amparo me arrebato con sus tersas palabras. Los hechos y acontecimientos que marcaron el inició de nuestra relación estuvieron marcados por corazonadas y presagios.

El cuatro de diciembre del año pasado llegué a estudiar al departamento de matemáticas. Antes de iniciar la jornada de estudio pasé por la sala de cómputo para mirar mi correo. En la sala me encontré con Amparo. Le conté que estaba despechado a causa de Mónica. Le mostré, incluso, algunos vallenatos que tenía guardados en el correo. Al final de la conversación le dije que presentía que una mujer iba a llegar a mi vida antes que terminara el año. (Amparo, días después, me confeso que sintió la corazonada que era ella a la que yo me refería).

Al siguiente día tuve clase de álgebra abstracta y luego salí a almorzar con un grupo de compañeros. Al término del condumio regresamos a la universidad a dormir en un pastizal. A los diez minutos de haberme tendido en la pradera sentí la imperiosa necesidad de ir al edificio de matemáticas. Me levante, me despedí de los adormilados compañeros y fui al templo del conocimiento. En el salón de estudio me encontré a Amparo. Ella, antes de sentarme a hablar, me dijo que estaba pensando en mí. A las cuatro de la tarde, cuando decidí irme a estudiar, apareció Oscar Velandia, quien, al vernos, dijo: los estaba buscando. Amparo y yo nos miramos con asombro. Les traigo trabajo, continuó; quiero que, por favor, me corrijan este escrito que debo presentar mañana. Nos sentamos a corregir el documento. Nos fuimos, al termino del trabajo, a tomar tino a la Facultad de Artes. Allí nos encontramos con unos amigos de Luz (Bárbara y Nicolás). En medio de la conversación Amparo me dijo que comprara el pasaporte porque adquirirlo es de buena suerte para viajar. Cuando me dijo eso sentí un corrientazo premonitorio que aún no logro entender. Cuando la conversación decayó decidimos levantarnos para tomar nuestros respectivos destinos: Luz para su casa, sus amigos para un bar que se llama Comedia y yo para la biblioteca.

Al siguiente día me levanté desanimado. Me levanté al medio día, desayuné y me acosté a dormir. A las cuatro de la tarde almorcé y a las cinco me dio un ataque súbito de ir a la universidad. Me bañé, metí el libro de álgebra en la maleta y salí a la universidad convencido que iría a estudiar.

Cuando llegué a alma mater me dirigí hacia la biblioteca Central. Cuando estaba en la plaza che sentí un impulso irreprimible de ir hacia el departamento de matemáticas. Me fui con la curiosidad palpitándome en la cabeza. Entré, subí las escaleras y me fui directo al salón de estudio. Allí me encontré con tres viejos amigos. A los dos minutos apareció Amparo. Nos fuimos, como siempre, para la Facultad de Artes a tomar tinto. Allí nos encontramos, de nuevo, con Bárbara y Nicolás. Bárbara, en medio de la conversación, invitó a Luz a Comedia. Amparo se mostró renuente. Yo, inexplicablemente me incluí en la conversación (no acostumbro hacerlo) y le dije a Bárbara: tranquila que yo la llevo. Luz ante esto no pudo oponerse.

Mientrás íbamos para Comedia, en la puerta de la universidad, Amparo me dijo: supongo que sabes porqué nos estamos viendo todos los días (yo no tenía idea alguna). No, no sé por qué nos hemos visto estos tres días, contesté. Lo que pasa es que… inició Luz, dejando una pausa larga, casi infinita. El silencio dominó a las tinieblas y al frío de la noche capitalina. El mundo se detuvo un instante. Lo que pasa es que tú me gustas, concluyó con voz tensa. Mmmhhhh, ahhhh, era eso, respondí; no hay problema, no hay ningún inconveniente, no pasa nada. Vamos para Comedia y luego hablamos de eso, ¿te parece? Concluí serenamente. El sosiego repatrió, en ese instante, su barca de banderas raídas y mástil apolillado a la dársena de nuestra amistad.

En Comedia conversamos sin hablar, las palabras y los comentarios que hacía Bárbara o Nicolás sonaban como el eco de recuerdos. ¿Qué hago? Era la pregunta que se anclaba a mis pensamientos. Al final de la velada nos paramos en la puerta y decidimos quién se iba con quien: Bárbara con Nicolás y Amparo conmigo. Entramos, de nuevo, a la universidad. Caminamos hablando frivolidades hasta que, al cruzar por la plaza Che, llegó la respuesta a la pregunta: hágale, bésela apenas pueda; deje las reflexiones para otras materias, en el amor el que piensa pierde.

En transmilenio nos encontramos con una prima. Hablamos de todo un poco. Luego me llamó Mónica. Sentía la tensión en el aire: Amparo se sentía incómoda, yo estaba enredado, mi prima sospechaba la dinámica de la situación pero no decía nada…

Amparo, al llegar al Portal, estaba muy nerviosa. Yo estaba aplomado: la situación la tenía asida por el mango. Ella abrió el grifo de frases y comentarios; yo, entre tanto, dejaba que la tensión se diluyera en el torrente de palabras hasta que estas se transformaron en las púas y luego se diluyeron en un apasionado beso…


Mónica

Hay amores que crecen al margen de la distancia y que hunden sus raíces en la tierra de la melancolía con bastante fuerza; la siguiente historia resume un amor con estas características.

La noche del 29 de diciembre del 2006 estaba chateando en un portal llamado chatear.com. La noche transcurría normalmente hasta que me encontré con una colombiana en este mismo sitio (lo cual era muy extraño ya que el noventa por ciento de los integrantes de este lugar son chilenos y argentinos). A los pocos minutos sabía que era barranquillera, de treinta y cuatro años de edad, doctora y que trabajaba en saludcoop. A las tres de la mañana me dijo que tenía que irse porque tenía turno al otro día; me dió el correo y me dijo que le escribiera; yo le prometí que le escribiría sin falta al otro día.

Al siguiente día me levanté a las tres de la tarde, desayuné y me senté a escribir dos correos que tenía pendientes: el de una amiga argentina que había conocido días antes en el mismo portal y el de la barranquillera. A las nueve y media de la noche ella, la barranquillera, contestó; en el mail contaba que tenía una hija y que era separada; me preguntaba qué autores le aconsejaba para leer. Recuerdo que este correo me llenó de alegría. Le contesté con toda la arrogancia que cabe en esta cabeza: le sugerí autores y libros rebuscados que, si bien es cierto me gustaron, pretendían descrestar. Ella respondió a esta andanada con buenos propósitos para el próximo año…

Los correos iban y venían hasta que el seis de enero nos encontramos casualmente en el chat de gmail. Ese día chateamos más de seis horas y le pude conocer la voz gracias a que ella me llamó al celular. La primera impresión que tuve fue la idea que me estaba mintiendo puesto que su voz no era la de una mujer de treinta y cuatro años sino de, pensé en ese momento, de setenta (después de tres minutos de charla me di cuenta que su voz sonaba así porque estaba muy nerviosa).De ahí en adelante mezclábamos todas las formas de comunicación posibles en esas circunstancias: chats, llamadas telefónicas, e-mails y cartas tradicionales. Todo venía en ritmo ascendiente hasta que el sábado 20 de enero ella me propone que seamos novios. Yo sin titubear acepto, iniciando así nuestro noviazgo…

Hoy hace un año, el 8 de marzo de 2007, nos vimos por primera vez. A las siete de la mañana me llamó para saludarme y me encontró de malgenio gracias a que tenía que presentar un parcial de análisis matemático I y no había estudiado nada. Nos peleamos hasta que entré al salón a presentar el examen. Me fui, después de presentarlo, para el apartamento a alistar mi ropa que utilizaría el fin de semana… me puse bastante nervioso cuando faltaban diez minutos para su arribo: las manos me sudaban, me sentía mareado y con náuseas. Al ver en la pantalla que el avión había aterrizado estuve tentado a salir corriendo. Tome aire, me paré y me fui caminando lentamente hacia la muelle de salida. Empezaron a salir un grupo de hombres ataviados con impecables trajes de paño, luego unas muchachas con camisetas y jeans raídos… salían y salían personas y yo no la veía salir. ¿Será que salió y no me di cuenta?, me preguntaba al tiempo que me ponía más nervioso. ¿Qué hago si ya salió? ¿Será que la llamo? Me hice un ovillo de preguntas. A los pocos segundos vi la silueta de una mujer flaca, alta, hermosa. La sombra se fue diluyendo hasta hacerse mujer. Sí, era ella. Flaca, la llame con la voz temblorosa. Giró la cabeza hacia mí y se vino lentamente. Empecé a temblar sobrenaturalmente. Ella, al verme tan nervioso, le dió risa al tiempo que me daba un beso en la mejilla. Yo le di un mamut de peluche que había comprado la semana anterior. Lo miró con ternura y me dio un abrazo que trajo algo de sosiego a mi alma; tomó, acto seguido, de entre los brazos del mamut la rosa que este sostenía y a la que sólo le sobrevivía un pétalo. Me miró con cara de “¿esto es una flor?”. Levanté los hombros en señal de “no sé qué paso con la rosa; ella estaba completa hace media hora”. Tomé la maleta y nos fuimos a buscar un taxi…


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