componendas e intrigas de la memoria y del olvido

miscelaneos

Atracos

En los meandros de la oscuridad, en la tenebrosa esquina de un callejón o debajo de un puente esperan pacientemente los ladrones callejeros. Ellos, en la mayoría de casos, nos abordan con una petición humanitaria: “me regala una moneda para comer” y nosotros, todo corazón, toda bondad, accedemos a la solicitud. Minutos después tenemos al caco, cuchillo en la diestra, pidiéndonos de la manera más descortés todo el metálico que traemos en nuestros bolsillos.

Mis experiencias con estos señores han sido particulares. Hace nueve años iba caminando por la carrera cuarta a las ocho de la noche cuando me salió un individuo con la convencional pregunta: “tiene una moneda”. No, no tengo monedas, contesté secamente. Entonces, afirmó repentinamente, bájese de todo. Entre las tinieblas alcancé a ver el cuchillo que sacaba de la manga. Espere, no se ponga así, dije con ternura. Vea hermano, continúe, lo que pasa es que de verdad no tengo plata: sólo tengo dos mil pesos y los tengo que hacer alcanzar para mañana, pues me toca ir al médico porque estoy muy enfermo. Si no me cree acá tengo el TAC que me tomaron. El asaltante sacó las placas que traía entre la maleta y las miró contra la luz que emergía de la ventana de una tienda. Luego sacó el dictamen del radiólogo y lo leyó detenidamente. Creo que está jodido, concluyó después de la auscultación. Me entregó las placas; las guardé en la maleta y empecé a caminar como si no hubiera pasado nada. ¿Para dónde va?, gritó el ladrón. Para mi casa, contesté con naturalidad. ¿Y nuestro negocio qué?, preguntó. ¿Negocio? ¿Cuál negocio? Pues lo de la plata, no se haga el huevón. No le dije que sólo tengo dos mil pesos y los tengo que hacer alcanzar para hoy y mañana, respondí con disgusto. Pero no se ponga bravo ñero, tampoco es para que se ponga así, contestó el señor caco. Hagamos una cosa, continúo, deme mil quini y vea cómo hace mañana. No, ni mierda, objeté; le doy mil y quedamos a mano. Listones, respondió el delincuente. ¿Tiene mil pesos?, inquirí. Claro ñero, contestó en tanto sacaba monedas del bolsillo. Le di el billete de dos mil y el me dio mil pesos en monedas. Al finalizar la transacción nos dimos la mano y cada uno tomo su camino. A los cinco pasos el tipo me dijo: váyase rápido y con cuidado que por acá atracan. Los dos nos reímos sinceramente y seguimos nuestras rutas.

En otra ocasión yo salía de comprar un cable y una clavija para el teléfono de la sala cuando me tomó un indigente por el cuello para lanzarme contra una pared. Al intentar escaparme el atracador me puso el pico de una botella a milímetros de la cara. ¿Cuánto vale su vida?, preguntó con tufo a bóxer. Yo metí apresuradamente la mano al bolsillo del pantalón y saqué una moneda de mil pesos. El mendigo la cogió y luego me soltó para ver si no era falsa. Al comprobar la legalidad de esta sacó del bolsillo una moneda de doscientos pesos, me la dio y se fue arrastrando su pie izquierdo por la carrera novena.


Años maravillosos

(Cabeza-Miró)

Anoche me encontré con Rodrigo, mi primo. Recordé, Después que me dejó en el bus, algunas anécdotas que vale la pena enumerar en este rincón.

1. 31 de diciembre de 1995. Estamos aburridísimos Rodrigo y yo. No sabíamos qué hacer en un pueblo olvidado de la mano de Dios. Miramos el suelo con desinterés.
-Marica, dice Rodrigo, ¿qué hacemos para pasar este aburrimiento?
-Pidámosle plata a alguien para comprarnos una botella de aguardiente y, aunque sea, emborracharnos, respondí con desgano.
Fuimos, en efecto, a la tienda donde sabíamos que estaban mis papás. Entramos, saludamos a los concurrentes y luego le dije a mi papá: ¿tiene plata? Él, sin inmutarse, metió la mano al bolsillo y me dio diez mil pesos.
-¿para qué es la plata?, pregunta mi mamá con interés.
-para gastársela, ¿para que más la va a querer?, responde mi papá secamente.
En una caseta ubicada en la plaza compramos una botella de aguardiente y una cajetilla de cigarrillos. Luego nos sentamos sobre un andén a emborracharnos. Al tercer trago aparecen,de algún rincón de nuestro delirio, dos mujeres hermosas, hermosísimas, en realidad.
-¿vio eso marica?, pregunto estúpidamente.
-Claro huevón, no soy ciego, responde con sincera alegría.
A los diez minutos las mismas sílfides cruzan frente a nosotros. El destino, el tierno y dulce destino, pienso mientras Rodrigo da un largo sorbo de aguardiente…
A la una de la mañana estamos lo suficientemente prendidos para olvidar el tedio ocasionado por la edad y el lugar. Estamos acompañados por dos primas. Reímos y nos burlamos de los abismos de la tristeza. Cuando el ánimo estaba en la cúspide del paroxismo aparecen las bellas mujeres. La música, en ese momento, desplaza el murmullo de los bebidos circunstantes. Suena, lo recuerdo como si fuera ayer, una canción titulada “el marciano” cantada por “el general”. Rodrigo, en un ataque de extravagancia, sale a bailar a la mitad de la plaza este burdo remedo de música. La risa de mis primas y la mía no cesaron hasta que no termino su grotesco baile. Minutos después salieron a la tarima seis señores con ruana y patillas pobladas. El animador los presentó como los “Hermanos Amado”. Luego de la presentación los interpelados entonaron canciones de carranga. Yo, que a la sazón llevaba aproximadamente tres cuartos de botella de aguardiente en la cabeza (media patrocinada por mi papá y un cuarto gotereado a los concurrentes), le sugerí a Rodrigo que sacáramos a bailar a las náyades. Él, tímido a pesar de la embriaguez, dudó. Yo, con la valentía etílica latiéndome en las venas, salí,con pasos firmes, en pos de una de ellas.
-Bailamos, dije a la primera que se atravesó en mi camino.
-bueno, dijo con sincero interés.
Cuando llevaba dos minutos de baile Rodrigo sacó a la otra sílfide…

2. Julio de 1996. Estamos Rodrigo y yo caminando por una carretera rumbo a “El Papayal”, una vereda que queda ocho kilómetros antes de Moniquirá. Caminábamos con la ilusión de vernos con las sílfides que habíamos conocido a comienzos de año en Sora (las de la evocación anterior), el pueblo de nuestros papás. El sol, insoportable en su viaje, nos tenía agobiados en grado sumo. Cuando ya íbamos llegando empezó a llover torrencialmente. Corrimos hacia una tienda. Cuando entramos todos nos miraban con desconfianza, con recelo quizás. Al escampar salimos apesadumbrados y sin ganas de hablar (en la salida de la tienda a Rodrigo casi lo patea una mula, lo cual me hizo reír un poco).

Al vernos llegar las doncellas nos hicieron señas inescrutables. Yo, ignorante en las artes gestuales, le pregunte a viva voz qué querían decirnos. Por respuesta escuché el grito de un joven: ¿qué quieren hijueputas? Rodrigo y yo nos miramos y caminamos hacia el lugar al que, dedujo, indicaban las señas. A los dos minutos salió una de ellas para hablarnos un par de minutos. Cuando la conversación estaba tornándose amena dijo ella: mi papá. ¡Que bien, me dije yo, ahora nos invitarán a seguir! Mi papá, dijo ella con mayor énfasis. Por alguna razón entendí que el papá se avecinaba con propósitos hostiles.
-Rodrigo, vámonos, dije en tono sereno.
-¡que nos vayamos huevón!, dije con voz seca.
-¡Rodrigo, vámonos ya mismo!, grité.
Él, ojos puestos en los senos de la adolescente, dijo: ya voy marica.
Cuando escuchamos la dulce voz del papá lanzando improperios y rastrillando el machete contra las piedras supimos la extensión de nuestro error. Salimos corriendo hasta que nuestras piernas se rindieron de cansancio tres kilómetros más abajo del suceso…

3. Julio de 1996. Son las nueve de la noche y estamos en Tunja. Al parecer no vamos a salir de esta ciudad. Estamos desorientados y perplejos de nuestros actos: salir corriendo detrás de un bus para que nos lleve a un pueblo diminuto, en la falda de una montaña, para luego, no contentos con esta estupidez, bajar en un colectivo hasta esta pequeña ciudad. Nos tocará quedarnos a dormir en la calle, pienso en tanto pateo una piedra. La veo rodar hasta que golpea una maleta que descansa sobre la tierra; levanto la mirada y veo a tres hermosísimas mujeres. Me acerco y les preguntó: ¿a dónde van? A Villa de Leyva, responden, en coro. ¡Uy, se nos apareció la virgen!, pienso para mis adentros. ¿Ustedes saben, inquiere una de ellas, si hay transporte a esta hora? No, respondo. Pero si ven un carro venir sáquenle la mano. Dos minutos después apareció un carro; ellas sacan la mano al vehículo; el carro frena en seco, levantando polvo; nos acercamos corriendo; baja la ventana eléctrica del copiloto y sale la cara de un hombre de veintitantos años; ¿para dónde van?, pregunta interesado. Para Villa de Leyva, contesta una de las jovencitas. Yo las llevo con gusto, contesta el alegre joven…
Después de media hora de viaje y de varias preguntas del señor a las muchachas nos pregunta: ¿dónde se conocieron con ellas? No, no las conocemos, respondo con una sonrisa surcándome el rostro. ¡Ah no! Responde él con cara de sorpresa; entonces ¿por qué los estoy llevando?…

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