Fin de semana (2000)
Dedicado a Rodrigo Niño
Todos los fines de semana del dos mil iniciaban la noche del viernes con una botella de aguardiente y un petaco de cerveza, como se denominaba en aquellos días a la unión de una caja plástica y a las treinta cervezas polvorosas, de contenido dudoso, con tapas semi oxidadas o completamente oxidadas, de botellas desportilladas, que almacenaba dicha caja y a quienes, no obstante las rozaduras e imperfecciones, bebíamos como si fuera agua en mitad del desierto o ambrosía en las vecindades del Olimpo. Cuando había dinero, que era en muy pocas ocasiones, preferíamos comprar otro petaco, o canasta de cerveza, que también así se le decía, que comprar el aguardiente que nos desbarrancaba por las peñas de la demencia. Los petacos los comprábamos en un depósito que quedaba a cuatro cuadras y los subíamos, entre el estrépito de carcajadas, al cuarto de Rodrigo, que estaba en la terraza, bajo del cielo que en Bogotá no tiene estrellas, o las tiene pero se ocultan por vergüenza o miedo. Poníamos las cervezas y los cigarrillos al lado de un tocadiscos torcido como nuestros destinos y sacábamos una colección de cuarenta y tres acetatos que Rodrigo había recolectado de todas las fuentes y de todos los puntos cardinales. Luego empezábamos a beber lentamente, a dialogar, a cambiar los acetatos, también llamados vinilos, quienes subían y bajaban llevados por las ondulaciones del tocadiscos y a fumar hasta que el sol irrumpía tímidamente por las cortinas. En ese instante desenterrábamos el tocadiscos, los cigarrillos, las cervezas y dos sillas del cuarto para continuar la bebeta en la terraza, que más parecía un mirador porque desde allí contemplábamos a los vecinos ir y venir en su afanoso transitar por la existencia. El sábado huía entre las rendijas de las nubes que se iban con vertiginosidad de alucinación, con afán de tragedia, hacia el sur. A las cuatro o cinco de la tarde comíamos cualquier cosa que encontrábamos abandonada en la cocina y bajábamos a comprar otras canastas de cerveza o botellas de aguardiente, dependiendo de una compleja ecuación cuyas variables contemplaban el número de días del fin de semana, el grado de alcoholización en el momento de hacer la estimación, el deseo de emborracharnos hasta perder el sentido, el dinero con el que contábamos, mis compromisos académicos, los compromisos laborales de Rodrigo, la buena o mala elección de la música y los asuntos que aún no habíamos tocado en la conversación que, a esas alturas, promediaba las veinticuatro horas. Algunas veces errábamos en los cálculos y Rodrigo se iba amanecido y con barba de tres días al trabajo o yo salía en estado calamitoso, vomitando cada dos cuadras, a responder parciales de álgebra lineal. Pero esto no nos preocupaba porque, al fin de cuentas, ¡Qué importaba trabajar, entrar a clase o vivir ebrios si teníamos la eternidad por delante! Nunca, sin embargo, pecamos de tacañería: jamás, sin excepción, terminábamos en sano juicio o picados, como se decía en aquellos días al estado en el que se está con deseos de emborracharse pero sin recursos para hacerlo. El ajuste se hacía en dos o tres segundos, casi siempre frente a la casa, a la sombra de los cigarrillos, entre el crujido del ocaso que nos contemplaba detrás de una fila de casas desiguales, de colores heterogéneos, de fachadas descascaradas o, en caso que el tiempo hubiese corrido más rápido que de costumbre, bajo una noche cerrada, de nubes pesarosas tras la que se escondía la luna que mira, que husmea los humanos caprichos que tanta gracia le causan. Nos íbamos, dependiendo del resultado de la fórmula, hacia el depósito de cerveza, la cigarrería o a las dos, con pasos vacilantes, con humor oscurecido por la ingesta de bebidas espirituosas. Subíamos a la terraza, entrábamos al cuarto el tocadiscos, las dos sillas, los acetatos, las canastas de cerveza, los cigarrillos, el aguardiente y nosotros detrás de ellos. Encendíamos los cigarrillos, destapábamos las cervezas, nos sentábamos, poníamos te esperaré, un LP diseñado para avivar desamores, reconstruir los ojos esquivos de una quinceañera o revivir la indiferencia de alguna muchacha perdida en los andamios de los recuerdos y reanudábamos la conversación en la encrucijada en la que había quedado suspendida hasta que emergía el sol con quién salíamos hacia la terraza acompañados de tocadiscos, botellas de cerveza y aguardiente, cigarrillos y acetatos. En la tarde del domingo, a eso de las tres, íbamos, con el remanente de monedas y el billete para los días de lluvia, como denominaba al dinero arrugado que reposa en los entresijos de mi billetera, a comprar una botella de aguardiente con la que se rematará la jornada. Siempre fui quien tuvo el privilegio de subir con la botella a la terraza, sentarme a la sombra de las tejas que navegaban en la incertidumbre del crepúsculo, tomarla por el tallo, invertirla para examinar el fondo en busca de la transparencia que acredita la legalidad del trago. Acto seguido la sacudía con un movimiento enérgico, desprovisto de cualquier amago de debilidad, le daba tres palmadas enérgicas en el culo de la botella como si fuera el anca de alguna mujer de moral distraída que guste, acaso por su misma condición ética, de los amores toscos. Esto lo hacía con el fin de que todas las sustancias se mezclaran placenteramente a lo largo y ancho del envase. Posteriormente, cuando los potingues e ingredientes cesaban en su amalgama adulterina, contemplaba las etiquetas para comprobar la firmeza de la tinta, el lote y los respectivos sellos con los que la Gobernación de Cundinamarca certifica la calidad del Néctar (nombre que sugiere que quienes lo consumíamos, y quienes lo consumen actualmente, teníamos facultades divinas o, acaso, una espiritrompa por la que descendía ese brebaje levantisco y aventurero). Desatornillaba, después de la debida auscultación, el tapón y hundía la nariz en el pico de la botella para ser el primero en sentir las emanaciones etílicas que permanecieron encerradas por meses. Servía, por último, con la mano temblorosa a causa de la emoción, en dos copas plásticas. Al tercer trago iniciábamos el viaje hacia los recovecos de una borrachera infame, atiborrada de lagunas, descalabros, desmanes de todo calibre, historias que reconstruiríamos el siguiente fin de semana, cuando nos encontrábamos en la terraza de la casa de los abuelos de Rodrigo con algunos billetes arrugados, con la cabeza y el hígado dispuestos a destapar la primera botella de cerveza, para encender el primer cigarrillo y poner a girar alguno de los cuarenta y tres discos que nos esperaban en el orden que el alcohol los había dejado siete días atrás, con la esperanza que esa no fuera la última tomata, la última borrachera de nuestras vidas…
El inicio
Toda historia tiene un comienzo y toda existencia un origen. La mía, sin ir tan lejos, inició el 24 de diciembre de 1976, día en el que se conocieron mis papás (sé que pude ubicarla años atrás, en el encuentro de mis abuelos, suceso sin el que no hubiesen existido mis papás, o cuando se conocieron mis tatarabuelos, y así hasta los albores de la humanidad).
Caía una llovizna rencorosa, incapaz de dar licencia a la euforia de los borrachines que vacilaban en las inclinadas callejuelas de Tunja. La flota, como se llamaba por aquellas latitudes a los buses de ventanas bulliciosas y puertas desvencijadas, no había llegado. El encargado afirmaba que el bus llegaría de un momento a otro, que no había razones por las cuales alarmarse. Mi mamá lo miraba con la desconfianza que le producían (y aún le producen) los hombres que hieden a alcohol. Contempló, cuando apartó los ojos del agente de viajes, las laderas que escoltan la rudimentaria Terminal de Transporte, las tiendas atestadas de hombres que gritaban y manoteaban enérgicamente, las tinieblas que avanzaban con paso incierto. La inquietud le rasguñaba la sangre con violencia. ¿Qué hago?, se preguntaba por décima vez. Recordó, segundos después, la invitación de la hermana (mi tía) que declinó por la pereza que le producía la idea de ir a un lugar en el que conocía, a duras penas, a ella y al cuñado; prefirió, en lugar de ello, ir a Moniquirá, a la casa de una tía (hermana de mi abuelo) a celebrar con el enjambre de primos y primas que se reunían a propósito de la festividad. Eso habría hecho si el bus hubiera llegado a las tres de la tarde, como estaba programado, y no la hubiese dejado esperando con el corazón tocando a rebato y la ira palpitándole en las sienes.
A las ocho de la noche no tuvo más remedio que aceptar que la flota no pasaría hasta el día siguiente, o, con suerte, hasta la semana entrante a causa de un desperfecto mecánico, como declaraba el dependiente o, como aún supone, a causa de la infame borrachera en la que, a esa hora, navegaría el irresponsable conductor. Sólo le quedaban dos opciones: regresar a Bogotá y pasar la Nochebuena acostada en su cama o buscar el pueblo natal de su cuñado (lugar donde su hermana estaría departiendo con su nueva familia). El problema, el serio problema, estribaba en el hecho que mi mamá no recordaba el nombre del pueblo, lo cual, sea dicho de paso, no era de extrañar ya que es una palabra poco sonora, que da la sensación de ser una invención, un vocablo para despistar, para salir del paso de indiscretas preguntas. Pues bien, después que recordó que el pueblo se llamaba Sora se enfiló hacia los malogrados vehículos que llevaban horas estacionados frente a una de las tenduchas que circunvalan la Terminal de Transporte. Buscó a los dueños, quienes seguramente ostentaban narices rojas y tufos de ochenta octanos, para negociar el viaje hacia el pueblo que imaginaba (y quizás no erraba) más frío y más pequeño que Moniquirá. Mi mamá sostiene que minutos después de cerrar el trato salieron para el pueblo. Yo, con el respeto que merece su memoria, pienso que se equivoca; lo más probable es que debió esperar durante una hora, acaso más, a que el chofer terminara de ingerir la bebida espirituosa para empezar a despedirse de los compañeros quienes lo abrazarían, le palmotearían la espalda y, con certeza, le rogarían que se tomara la última cerveza, la última copa de aguardiente, el último trago de Whisky que apuraría directamente del pico de la botella, entre las carcajadas de los asistentes. Sea como sea, ella navegaba, al borde de las nueve de la noche de aquel 24 de diciembre de 1976, en la oscuridad más tenebrosa que había visto, al lado de un hombre en avanzado estado de embriaguez, hacia un pueblo que no conocía y al que no había escuchado mencionar ni siquiera por la confusión de letras en los nombres de pueblos más populares.
En la casa de los papás de Gerardo (su cuñado) pensó, al comprobar que sus temores eran justificados, que la verdad, la pura y simple verdad, hubiera sido mejor pasar la navidad enrollada en sus cobijas, en la soledad más absurda, en vez de estar sentada en la sala sin que nadie se atrevía a decirle poco más que el saludo y una que otra pregunta de cortesía. Su hermana, mi tía, pasaba ocasionalmente para indagar por su bienestar para luego ir a cumplir los estrenados compromisos de esposa, de reciente miembro de la familia de su consorte, a conversar con las cuñadas, a ayudarle a la suegra a servir generosamente las viandas a todo aquel que cruzara frente a la casa y a echarle una ojeada al marido para que no se embriagara o para que, al menos, no lo hiciera antes de media noche. Una señora, entre la decena de hombres y mujeres que transitaban por la sala, decidió tomar a mi mamá de la mano y llevarla a lo que se denominaba irónicamente “El Club” (un chiribitil en el que convivían borrachines y parejas que intentaban bailar entre ellos). Al fondo estaban sentados un hombre alto, entrado en años, una señora pequeña, de piel ceniza y, en medio de los dos, un hombre cercano a la treintena de años, quien compartía la estatura y el tono de piel de la señora. Él dijo llamarse, cuando se lo presentó Aida -la mujer que la había sacado de la sala-, José Isaías; el señor de su derecha era su padre (mi abuelo) y la señora de la izquierda su madre (mi abuela). La invitó a sentarse y le brindó, como era y aún sigue siendo su costumbre, todo cuanto ofrecía la tienda (incluidas las flores de la barra y uno que otro artículo del mobiliario). Luego bailaron hasta que mis abuelos, le dijeron que debían ir a la casa a celebrar la Navidad. Mi papá avergonzado, acaso ofendido, le dijo que la buscaría al otro día, en horas de la mañana, a la casa de los Muñoz, los suegros de mi tía. Ella regresó, en consecuencia, a la sala que, a esa hora, estaba atiborrada de gritos y personas.
Supongo que mi mamá se arregló, la mañana siguiente, de la mejor manera posible, con las prendas más llamativas que reposaban en su pequeña maleta. Ella, cuando le indago por los pormenores de aquel día, dice que había olvidado la promesa y al que la había hecho gracias a que él no le había despertado el menor interés. El caso es que mi papá no llegó aquella mañana de lloviznas horizontales y de interminables ventiscas. Pienso, ahora que lo escribo, que mi mamá no puede admitir, como no lo haría la mayoría de mujeres, que mi papá la dejó arreglada, con el alma colgando de un hilo, y que no tuvo la decencia de aparecer o, quizás, de enviar un mensaje, una breve esquela justificatoria (como quiero creer que se usaba en aquellos años). Esa misma tarde mi mamá fue invitada a la tradicional corrida de toros del 25 de diciembre. Ella aceptó por puro aburrimiento o, tal vez, para distraer el rencor de la decepción. El hecho es que entró a la plaza de toros a las dos de la tarde, cuando el sol asomaba tímidamente entre el enjambre de nubes grises, con aquella mirada altanera, con su enérgico caminar de trancos cortos y con los amenazantes pómulos que aún conserva. Entrevió, entre los asistentes, a mi papá quien, sospecho, estaría continuando la borrachera de la noche anterior, pero no quiso lanzarle ni siquiera una mirada de caridad. A los pocos minutos él, mi papá, se acercó para ofrecerle la manzanilla que se calentaba en aquella bota que contemplé en mi niñez, desgarrándose entre inservibles y viejos cachivaches. Ella, vuelvo a conjeturar, declinó la oferta al tiempo que el alma le retornaba al cuerpo o, lo que es más probable, mientrás se tomaba la confianza suficiente para cobrar el desaire…
Fiesta de quince
En la manigua de eventos sociales hay uno que se caracteriza por el boato, la dilapidación y los consecuentes excesos en la ingesta de viandas y alcohol: la fiesta de quince. Entre la ristra de este tipo de festejos recuerdo especialmente uno al que me llevo mi mamá con la promesa que no estaríamos en la reunión por más de una hora (saludo a mi amiga y luego nos vamos, fueron sus palabras).
Llegamos a la casa de la quinceañera a las siete de la noche. En ese momento estaba la amiga de mi mamá reunida con las compañeras del trabajo. Después de las presentaciones y las preguntas acostumbradas me senté en una silla que estaba a la diestra del parlante que entonaba con desgano a Los Hispanos.
Poco después que tome asiento la anfitriona me preguntó si quería aguardiente. Sí, gracias, fue mi respuesta lacónica. Después de dos minutos de espera llegó la señora con un vaso transparente de plástico lleno hasta la mitad de aguardiente. Cuando vi la generosa cantidad me sentí regocijado. La señora se dirigió, después de darme el trago, a la cocina –donde, por cierto, estaba mi mamá-.
Quince minutos después paso Helena, la amiga de mi mamá, para abrir la puerta. Cuando cruzó note que miro el vaso vacio que descansaba sobre el silente parlante. Un minuto después llegó con un vaso igual al anterior pero en esta ocasión lleno de ron con Coca Cola. Le di un primer sorbo y comprobé que la señora dominaba la mezcla del Cuba Libre: 90%de ron; 8% de Coca Cola y 2% de limón. Bebí con gusto el brebaje mientras revisaba los CD’s que me había dado para que eligiera la música que quería escuchar. Al término del Cuba Libre la dueña de la fiesta me trajo, sin la pregunta protocolaria, medio vaso de aguardiente. Lo tomé al tiempo que escuchaba con gozo la autorizada voz de Daniel Santos. A las dos horas, cuando la sala estaba atiborrada de familiares, la quinceañera llegó con vestido de noche y peinado de reina. Los concurrentes al verla gritaron, silbaron y aplaudieron. La homenajeada, ante la salva de aplausos y silbidos, se puso roja como un rescoldo. Después de las felicitaciones y los abrazos todos se enlazaron en una red de conversaciones que hacía inaudible a Fruko y Sus Tesos.
A las tres horas fui a la cocina a preguntarle a mi mamá si había llegado el momento de irnos. En diez minutos salimos, contestó ella. Cuando llegue al ángulo que había ocupado encontré un vaso con aguardiente. Me senté a beberlo y a cambiar las agonizantes canciones. Dos horas después no sabía cómo había llegado a esa casa ni cómo me iría de ella gracias a los doce vasos de aguardiente y a las diez Cubas (no obstante la borrachera pude llevar la cuenta de la cantidad de alcohol que había consumido esa noche). Los invitados, en ese momento, empezaban a salir gracias a la consunción de la alegría. En la puerta -donde se arracimaban los primos que no decidían irse- vibraron cuatro trompetas; el silencio de los asistentes se apretó para darle paso a la voz de un señor barrigón, chiquito y con bigote cano. La quinceañera, que minutos antes tenía cara de abatimiento, resplandeció de nuevo. La algarabía de los sobrevivientes encendió de nuevo la hoguera de las chirigotas y los diálogos que agonizaban minutos antes.
Después que los mariachis se fueron se acercó mi mamá hasta el rincón donde el sueño empujaba mis párpados. ¿Nos vamos?, preguntó. Sin poder hilar bien mis pensamientos asentí con un movimiento imperceptible de la cabeza. Intenté levantarme pero el peso del cuerpo me ganó cayendo de nuevo en la silla. ¿Está borracho?, inquirió mi mamá con disgusto. Volví a asentir con la cabeza. A usted no se le puede llevar a ninguna parte porque no piensa sino en emborracharse…
Penúltima Borrachera
El próximo tres de mayo cumplo cinco años sin probar el alcohol. Mi última borrachera inició el treinta de abril a las siete de la noche y concluyo a las siete de la mañana del tres de mayo. Lamentablemente no puedo hacerla pública gracias a la palabra que le empeñé a dos de los protagonistas.
Puedo, sin embargo, narrar mi penúltima borrachera. Esta inició un domingo de comienzos de abril. Ese día fui a explicarle cálculo diferencial a un primo. Al concluir la clase salí con el objetivo de irme a almorzar a mi casa y acostarme a dormir el resto del día. En la entrada del conjunto me encontré, sin embargo, con otro primo (el hermano menor del anterior). Después de media hora de conversación decidimos irnos a una tienda a tomarnos una cerveza para redondear conceptos. A las cinco de la tarde ya nos habíamos tomado ocho cervezas cada uno. En ese momento nació el tema reina de las bebetas: el despecho. Le conté mi desamor y luego él hizo lo propio. En ese momento supusimos que la cerveza era demasiado mansa para el carácter del tema en discusión. Pedimos, por tanto, media botella de aguardiente. Al término de la primera ronda de conclusiones pedimos la otra media. Las tinieblas se filtraban por las rendijas del atardecer. Mi primo me invitó a que nos sentáramos a ver pasar a la causante del agravio.
A los diez minutos estábamos sentados en una banca de madera con la tercera media. Tomamos pausadamente hasta que pasaron en el carro de mi primo la ex novia y el ex marido. Mi primo se enfureció de tal modo que azotó contra el piso la botella que tenía en la mano. ¡Cálmese; no sea huevón!, le dije a mi primo; en vez de romper botellas contra el suelo debe destrozar todas las cosas que ella le regaló. Él me miró fijamente a los ojos; sopeso las palabras, se quitó el reloj de la muñeca y lo lanzo contra el piso con toda la fuerza que dio el brazo. El reloj quedo indemne en el piso. Lo levantó y lo azotó de nuevo. Nada. Lo tome y fustigue la acera con él. Nada. Hombre, le dije, creo que hay que ponérselo a las llantas del alimentador de transmilenio. Tiene razón primo, respondió. Al ver llegar el bus verde mi primo lanzó el reloj bajo las llantas de este. Pudimos observar, cuando el aparato arrancó, que el reloj yacía despedazado en el asfalto. ¡Eso le pasa por perra!, grito mi primo a los fragmentos suponiendo, quizás, que estos le transmitirían los improperios a la donante. Recogió las piezas, me las dio y me dijo: déjelas debajo de la puerta para que se dé cuenta que la odio. Fuimos hasta el Él, entretanto, la llamó para decirle que era una perra y otros improperios del mismo calibre.
Salimos del lugar rumbo a una tienda. En ella compramos un litro de aguardiente. Tomamos un poco en la misma silla en la que esperamos, minutos antes, a la traidora y luego, cuando el frío nos acobardó, subimos al apartamento. Allí mi primo bebió un trago más y se quedó dormido en el sofá. Yo, aburrido, decidí llamar a la culpable de mis desamores mientras terminaba el litro de aguardiente…
Semana Santa
(Ensor)
La tarde del miércoles santo llegaron a mi casa dos primos (Oswaldo y Mauricio) y el tío Edgar. Su visita era para invitarme cordialmente a un viaje a Villa de Leyva. Yo gustoso acepté. Esa noche se quedaron para salir en la madrugada del jueves hacia el pueblo. A las nueve de la mañana estábamos desayunando en una cafetería que queda al lado del terminal de transporte. A las diez tomamos el colectivo que nos llevó a dónde mi abuelo, a las once del día estábamos catando la primera cerveza de la jornada y a las cuatro de la tarde decidimos bajar a saludar a mi abuelo. Yo bajaba medio ebrio a causa del trasnocho y de mi inexperiencia. Recuerdo claramente que nos sentamos a tomar guarapo mientras llegaba él, Cleotile, su compañera o Javier. No sé qué paso después, lo cierto es que cuando me desperté la casa estaba llena de personas con guitarras y panderetas. Sus canciones, más cercanas a los chillidos, me retumbaban en mi atontada cabeza. Diez minutos después llegó Javier.
-¿ya le pasó la borrachera?, dijo con tono burlón
-creo que sí; pero aún estoy mareado. ¿Quiénes son los que cantan?
-Son unos señores que trajo Martha.
-Evangélicos, supongo.
-sí.
-Menos mal que no me han visto o sino ya hubieran empezado con la cantaleta que el trago es malo; que Dios me va a castigar, etc.
-¿cómo que no lo han visto? No se acuerda que usted salió vomitando por esa ventana cuando ellos estaban almorzando, afirmó Javier señalando la ventana que comunica el cuarto donde estábamos con el comedor.
-No, no me acuerdo. ¿Qué más paso?, dije con voz pastosa.
-Nada; yo lo jalé y lo saqué a que vomitara al lavadero.
-Gracias.
Al siguiente día, cuando abrí los ojos, escuché a los señores evangélicos que iban a bendecir el desayuno con un conjunto de salmos que serían amenizados con una docena de canciones.Paila; no hay desayuno, pensé mientras me ponía el pantalón. A los diez minutos estaba tomándome la primera cerveza en la tienda de Don Joaquín. Quince minutos después llegaron el tío Edgar y Oswaldo espantados por los salmodia religiosa. Una hora después llegó Mauricio con cara de aburrimiento.
-¿Lo pusieron a cantar alabanzas al señor?, inquirió el tío con tono socarrón.
-Sí, contestó tenuemente.
Le ofrecimos una cerveza y seguimos tomando hasta que llegó Javier para avisarnos que los señores evangélicos se preparaban para hacer una celebración que duraría, según el criterio del organizador, el resto de la tarde. Paila, no hay almuerzo, pensé al tiempo que recibía la duodécima cerveza. Aquel viernes regresamos a la casa en una borrachera incomparable.
Al siguiente día los cánticos iniciaron a las seis de la mañana en tanto que nosotros empezamos la bebeta a las siete y la concluimos, al igual día anterior, al filo de la media noche. El sábado las alabanzas iniciaron a una hora que osciló entre las tres y las cinco de la madrugada. Ese fue el único día que pudimos desayunar. A las nueve de la mañana los hermanos de la fe volvieron de una caminata y se dispusieron a bendecir al señor por las maravillas naturales que vieron durante la peregrinación. A esa hora partimos para la tienda a iniciar nuestro acto litúrgico de emborracharnos como marineros desamparados.
El domingo las antífonas iniciaron poco después que nos acostáramos y terminaron, según relató Javier, a las once de la mañana. Nosotros llegamos a las ocho de la mañana al templo del alcohol hasta las dos de la tarde, una hora después que los evangélicos se despidieron de nosotros. Nos bañamos y comimos las costillas de gallina que quedaron en una olla acompañadas de tres cucharadas de arroz. Subimos a la carretera a esperar a Roque, el esposo de una prima, quien había prometido, días atrás, llevarnos hasta el pueblo. A los diez minutos llegó junto con Jaime y Mayerly. Les invitamos una cerveza que aceptaron gustosos. Roque dijo que no podía beber porque estaba recuperándose de una operación que le practicaron semanas atrás. A la tercera cerveza, sin embargo, aceptó tomar media botella. A los pocos minutos estaba más prendido que los que llevábamos tomando todo el día. La bebeta se animo y, cerca de las siete de la noche, cambiamos de tienda debido a que el tío Edgar tenía que despedirse de la novia. En la siguiente tienda Oswaldo se recostó en un palo que sostenía unas tejas de zinc ocasionando que este se corriera y las tejas me cayeran encima. El suceso causó risa entre los circunstantes que a esta hora bordaban la decena. A las doce de la noche, después de visitar ocho tiendas, estábamos tomando y bailando en el bar que estaba en la entrada del hipódromo. Llegamos al pueblo a las tres de la mañana. Cuando entramos a la casa de nuestra prima, la esposa de Roque, esta pegó tal alarido que supimos que las cosas se pondrían difíciles. Salimos los tres con nuestras maletas a tomar en el terminal mientras amanecía y así poder regresar a nuestra amada Bogotá…
Años maravillosos
(Cabeza-Miró)
Anoche me encontré con Rodrigo, mi primo. Recordé, Después que me dejó en el bus, algunas anécdotas que vale la pena enumerar en este rincón.
1. 31 de diciembre de 1995. Estamos aburridísimos Rodrigo y yo. No sabíamos qué hacer en un pueblo olvidado de la mano de Dios. Miramos el suelo con desinterés.
-Marica, dice Rodrigo, ¿qué hacemos para pasar este aburrimiento?
-Pidámosle plata a alguien para comprarnos una botella de aguardiente y, aunque sea, emborracharnos, respondí con desgano.
Fuimos, en efecto, a la tienda donde sabíamos que estaban mis papás. Entramos, saludamos a los concurrentes y luego le dije a mi papá: ¿tiene plata? Él, sin inmutarse, metió la mano al bolsillo y me dio diez mil pesos.
-¿para qué es la plata?, pregunta mi mamá con interés.
-para gastársela, ¿para que más la va a querer?, responde mi papá secamente.
En una caseta ubicada en la plaza compramos una botella de aguardiente y una cajetilla de cigarrillos. Luego nos sentamos sobre un andén a emborracharnos. Al tercer trago aparecen,de algún rincón de nuestro delirio, dos mujeres hermosas, hermosísimas, en realidad.
-¿vio eso marica?, pregunto estúpidamente.
-Claro huevón, no soy ciego, responde con sincera alegría.
A los diez minutos las mismas sílfides cruzan frente a nosotros. El destino, el tierno y dulce destino, pienso mientras Rodrigo da un largo sorbo de aguardiente…
A la una de la mañana estamos lo suficientemente prendidos para olvidar el tedio ocasionado por la edad y el lugar. Estamos acompañados por dos primas. Reímos y nos burlamos de los abismos de la tristeza. Cuando el ánimo estaba en la cúspide del paroxismo aparecen las bellas mujeres. La música, en ese momento, desplaza el murmullo de los bebidos circunstantes. Suena, lo recuerdo como si fuera ayer, una canción titulada “el marciano” cantada por “el general”. Rodrigo, en un ataque de extravagancia, sale a bailar a la mitad de la plaza este burdo remedo de música. La risa de mis primas y la mía no cesaron hasta que no termino su grotesco baile. Minutos después salieron a la tarima seis señores con ruana y patillas pobladas. El animador los presentó como los “Hermanos Amado”. Luego de la presentación los interpelados entonaron canciones de carranga. Yo, que a la sazón llevaba aproximadamente tres cuartos de botella de aguardiente en la cabeza (media patrocinada por mi papá y un cuarto gotereado a los concurrentes), le sugerí a Rodrigo que sacáramos a bailar a las náyades. Él, tímido a pesar de la embriaguez, dudó. Yo, con la valentía etílica latiéndome en las venas, salí,con pasos firmes, en pos de una de ellas.
-Bailamos, dije a la primera que se atravesó en mi camino.
-bueno, dijo con sincero interés.
Cuando llevaba dos minutos de baile Rodrigo sacó a la otra sílfide…
2. Julio de 1996. Estamos Rodrigo y yo caminando por una carretera rumbo a “El Papayal”, una vereda que queda ocho kilómetros antes de Moniquirá. Caminábamos con la ilusión de vernos con las sílfides que habíamos conocido a comienzos de año en Sora (las de la evocación anterior), el pueblo de nuestros papás. El sol, insoportable en su viaje, nos tenía agobiados en grado sumo. Cuando ya íbamos llegando empezó a llover torrencialmente. Corrimos hacia una tienda. Cuando entramos todos nos miraban con desconfianza, con recelo quizás. Al escampar salimos apesadumbrados y sin ganas de hablar (en la salida de la tienda a Rodrigo casi lo patea una mula, lo cual me hizo reír un poco).
Al vernos llegar las doncellas nos hicieron señas inescrutables. Yo, ignorante en las artes gestuales, le pregunte a viva voz qué querían decirnos. Por respuesta escuché el grito de un joven: ¿qué quieren hijueputas? Rodrigo y yo nos miramos y caminamos hacia el lugar al que, dedujo, indicaban las señas. A los dos minutos salió una de ellas para hablarnos un par de minutos. Cuando la conversación estaba tornándose amena dijo ella: mi papá. ¡Que bien, me dije yo, ahora nos invitarán a seguir! Mi papá, dijo ella con mayor énfasis. Por alguna razón entendí que el papá se avecinaba con propósitos hostiles.
-Rodrigo, vámonos, dije en tono sereno.
-¡que nos vayamos huevón!, dije con voz seca.
-¡Rodrigo, vámonos ya mismo!, grité.
Él, ojos puestos en los senos de la adolescente, dijo: ya voy marica.
Cuando escuchamos la dulce voz del papá lanzando improperios y rastrillando el machete contra las piedras supimos la extensión de nuestro error. Salimos corriendo hasta que nuestras piernas se rindieron de cansancio tres kilómetros más abajo del suceso…
Mayo de 1.997
A la casa de Bonanza, por alguna razón que mi entendimiento no logra desentrañar, convergieron todos los eventos que involucraban bebidas alcohólicas: cumpleaños, fiestas decembrinas, despedidas, o simples y llanas bebetas. Gracias a esto, en este dulce hogar, todos los fines de semana habían gratas reuniones amenizadas por algún, o algunos asistentes, que se excedían en la ingesta del noble licor y que eran, como ustedes se pueden imaginar, objeto de bochornosos episodios que los hacían merecedores de múltiples burlas en la siguiente jornada.
El día que precede a la postrera reunión estaba prestando guardia en una garita que denominaban Hotel por su vecindad con este edificio. Recuerdo que me tocaba la guardia de tres a ocho de la mañana. Cuando subí a la garita – a eso de las cuatro de la madrugada- vi que en ella habían apiladas tres canastas de gaseosa frente a una silla metálica azul clara. ¡Que chimba, me dije; no voy a aullar por cansancio! Me senté en la silla y puse los pies en las canastas; saqué el gozoso cigarrillo de las cuatro; lo prendí y me sumí en las sesudas reflexiones sugeridas por los epígrafes trazados con algún objeto de naturaleza filosa o por los mensajes escritos con esfero en las paredes. Diez minutos después de que mis pensamientos vagaran por los meandros de la especulación me quedé dormido. A las siete y cuarenta me desperté (recuerdo la hora porque lo primero que hice fue mirar la hora); ¡que foco tan hijueputa! me dije en medio del alborozo ocasionado por la grata siesta. Intenté pararme pero las piernas no respondían; las toque con fuerza y no sentía nada. ¡Estaban completamente muertas! Las levantaba con las manos y caían como fardos cuando las soltaba; mire el reloj: siete cincuenta; ¡jueputa, el relevo! Me aferre a la ventana de la garita de tal manera que las piernas quedaran extendidas. Las ocho de la mañana. Las piernas me empezaban a hormiguear tímidamente. Las ocho y diez. Decidí bajar con las piernas hormigueantes para que no se dieran cuenta de la silla y de las canastas de gaseosa. Para tal fin puse el pie derecho en el estribo, apoyé el peso de mi cuerpo en él; ningún problema; bajé el pie izquierdo hasta el otro estribo, apoye el peso de mi cuerpo en él; la pierna no pudo soportar el peso del cuerpo; intenté devolverme a la garita al tiempo que el fusil se escapaba pesadamente de mi mano derecha; en el intento de atraparlo me solté del manubrio de la garita y caí pesadamente al piso sobre el fusil. Me levanté apoyándome en el fusil. Ocho cuarenta; llega el relevo.
A las nueve y media de la mañana formamos (la guardia saliente) frente al alojamiento. Bueno soplavergas, empieza a decirnos, con alegre voz, el sargento, al tiempo que camina de un lado para otro; me imagino que quieren salir a la civil para jartar como perras y para visitar a sus mamás en el chochal; les propongo un negocio: ustedes salen hasta mañana a las nueve de la mañana y cada uno de ustedes me trae veinticinco mil pesos. Todos se entusiasmaron con la propuesta. Tan huevones, me dije; dar toda esa plata para salir un rato; yo le voy a decir al sargento que pailas, que no salgo. Entonces, continúo el sargento, vístanse y formen cuando estén listos. Todos salieron corriendo a cambiarse al tiempo que yo le acercaba al suboficial: para solicitarle mi sargento; que quiere soplaverga; contestó él; lo que pasa, dije yo, es que no puedo traerle mañana esa plata; por eso me quedo acá. Como quiera soldado, contesto secamente. Todos salieron a las diez. A las once yo estaba durmiendo profundamente cuando me despertó Díaz Abalo, el soldado de régimen interno. Mi sargento lo necesita, dijo. Salí a buscarlo. Lo encontré en la puerta del alojamiento de cuadros; ¿qué ordena mi sargento?, pregunté. ¿Sabe una cosa Niño?, a mí me caen bien los que no se regalan por una salida-decía con la mirada perdida en los dos montículos de pasto que se elevan frente al alojamiento-; a los sapos que se regalaron hace un rato, mañana los voy a poner a saltar como chulos. Se quedo pensativo mirando el horizonte. Tiene permiso para salir hasta mañana a las ochocientas, dijo antes de entrar, en completo silencio, a su morada. Me cambié y salí eufórico por mi buena suerte.
Lo primero que hice, cuando llegué a la casa, fue llamar a Rodrigo. Marica véngase que me quiero emborrachar, dije cuando pasó al teléfono. No huevón, no puedo; dijo; tengo que hacer un trabajo para el colegio; si quiere nos encontramos en la tarde, a eso de las cinco. Listo marica, dije. Cuando colgué Diana me dijo que si quería ir a una miniteca en Salamandra. Acepté. En Salamandra me encontré con dos compañeros de once (Gerardo Galvis y Eyesid); mame gallo con ellos hasta las cuatro de la tarde.
Cuando llegamos al hogar, dulce hogar, estaba Rodrigo esperándome; bueno, dije en voz alta, ustedes perdonarán pero me voy a emborrachar con Rodrigo. Ahora es que se emborrache como el año pasado y vuelva a hacerme quedar mal con mis amigos del colegio, dijo Diana. ¿Es que vienen?, pregunté. Sí; está noche habrá fiesta, respondió ella. En ese caso, continúe, es mejor que esté prendido cuando lleguen. Vamos Rodrigo a ver qué compramos para prendernos. Esperen, terció Emiro; en mi pieza hay una botella de ron; compren gaseosa y limones para hacer cubas. Lo que, en efecto, hicimos. A la media hora estábamos departiendo alegremente: Emiro, Rodrigo, Johana y yo. A la hora ya habíamos acabado con la botella. Salimos, Emiro y yo, a comprar otra botella de ron. Esa segunda redoma, por alguna arcana razón, tardó el doble en liquidarse. A Las nueve de la noche salimos, Johana y yo, a comprar la tercera botella de ron y limones. Cuando llegamos vimos a los primeros concurrentes de la zambra, hablando cordialmente. Los saludé con un rápido y torpe movimiento del brazo derecho. Entramos a nuestro cubil a continuar con la ingesta etílica. Al término de esta botella entró Yanina al cuarto a preguntarle a Rodrigo si tenía algo de música para poguear. Rodrigo sacó de la chaqueta un casette y se lo dio. A esta altura de la noche, no hace falta decirlo, yo estaba bastante alicorado, al igual que mis compañeros de jarana. Salimos a goterearle trago a los concurrentes. Recuerdo que los compañeros de Diana me daban aguardiente y cerveza con generosidad en tanto indagaban por las particularidades de la vida militar. A la media hora yo estaba en una chalina insuperable.
Cuando escuché que los estridentes compases de la música invitaban a poguear me lancé con la violencia que exige la música. Recuerdo que la primera patada que lance al grupo mandó de bruces a un joven contra la puerta; este se levanto con iracundo semblante y se lanzó contra otro que estaba a mi lado; él, al ver su malsana intensión, lo recibió con un puñetazo que lo devolvió al lugar de donde se levanto. En segundos se armaron dos bandos; las mujeres empezaron a gritar; la música se apagó. Un minuto después estaba mi tía Gladys en las escaleras diciéndole a los asistentes: esta es una casa decente; acá nadie toma; no voy a aguantar la patanería ni la violencia… A los veinte minutos todos salían para sus casas al tiempo que subíamos cargada, Rodrigo y yo, a Johana al segundo piso a dormir la borrachera.
De los borrachos sobrevivientes (Rodrigo, Emiro y yo) el que se enlodó en el fango del ridículo fue Rodrigo al besar a una amiga de Yanina en la cocina de la casa con el bombillo encendido y al lado de las cortinas. Los que estábamos sentados en la sala veíamos las siluetas trenzándose en apasionados abrazos. Al finalizar la sicalíptica sesión salió primero Rodrigo y, cinco minutos después, la amiga de Yanina, para que “no nos diéramos cuenta”; a los diez minutos que salió ella nos burlamos por espacio de una hora (entre mis recuerdos descolla la representación hecha por el hermano de Diego Castillo).
Esa fue la última fiesta en Bonanza sucedida hace casi diez años (ocurrió un día de las primeras semanas de mayo de 1997).
31 de diciembre de 1.993
Recuerdo que el 31 de diciembre de 1.993 empezó como un día normal. Me levanté, desayune y me acosté a ver televisión. Ningún presagio, nada. El día era gris; las nubes plomizas viajaban lentamente sobre el Dodge Coronet verde oscuro de mi papá. Las maletas descansaban en el inmenso baúl del carro desde hacia dos horas y la vida transcurría lenta, pegajosa, como todos los 31 de diciembre. Las personas caminaban pausadamente, los pájaros cantaban distraídamente desde su encierro… el timbre del teléfono rompe la calma, de un golpe: Riiiiiiinnnnnggggg Riiiiiiiiinnnnnnngggggg; me levanté lentamente; di tres pasos, descolgué la bocina despacio, sin afán. Alo… qué hubo tío; no bien, aquí esperando a mi mamá para irnos… sí, aquí está, ¿se lo pasó? Bueno tío… Papá, al teléfono, es mi tío Eliécer… mi papá apareció por la puerta del cuarto; caminó lentamente hasta donde yo lo esperaba con la bocina del teléfono…. Alo… ¿qué hace? … no; ya salimos… si quiere, pero no se demore que ya es tarde… ¿con quien viene? … no hay problema acá lo esperamos… mi papá colgó y salió con lentitud. A los dos minutos entró mi mamá al cuarto para reprenderme por el ocio en el que estoy sumido. Me importó un bledo lo que dice (continuo viendo televisión al tiempo que me regaña). Llegó, segundos después, mi papá para acompañarla en la retahíla. Cambio de actitud. Me levanto para irme hacia el carro. Me senté en la silla del conductor a ver dormir un perro blanco con manchas negra (¿o negro con manchas blancas?). Concluí, luego de una larga y meticulosa observación, que hay más blanco que negro. El perro abrió los ojos rojos; me miró con tristeza, acaso con lástima. Volvió a bajar la cabeza hasta que esta descansó sobre la mano doblada. Suspiró y se internó en la breña del sueño de las once de la mañana. Yo, a la vez, me sumo en el soto de los sucesos estrangulados en la horca del tiempo. Los dos sumidos en nuestros mundos paralelos. Los minutos del 1.993 marchan agónicos hacia la noche postrera. Miré, aquella agónica tarde, la puerta semiabierta de la casa. Un portón blanco con arabescos que protegen los vidrios martillados. Miré el timón del carro (lo movía a la derecha y a la izquierda; bajaba la palanca de cambios, que estaba enhiesta a la derecha, de un solo golpe tracsss; luego la regresaba, tracssss)…
A la una emergen de la tarde viscosa mi tío Eliécer Con Ofelia y un niño de tres años. Más atrás vienen Manolo, una mujer y una niña de cabello castaño. Todos traían un maletín. ¿Dónde vamos a meter tantas maletas? Pensé. Desde la silla del carro los veo acercarse pesadamente. Cuando están a unos cuantos metros abro la puerta del carro y desciendo para saludarlos. Qué hubo tío… ¿qué más manolo?… Qué hubo Ofelia… Buenas Tardes. Los interpelados contestaron en el orden que los salude. Mi papá, les dije, está adentro; sigan. Ellos entraron pausadamente. Cuando la última, la niña, quedó visible –hasta ahora siempre había estado detrás de alguien- me di cuenta de su belleza. El corazón empezó a palpitar aceleradamente y el sudor a platear las palmas de la mano. Me quede afuera barajando las infinitas posibilidades que comenzaban en esa tarde plomisa. Los minutos salieron de su sopor: trotaban, ahora, alegres. El año empezaba a desmoronarse como un edificio que cae derribado por una detonación. El perro seguía indiferente a los cambios: dormía pesadamente, moviendo el hocico; amenazando invisibles enemigos. La puerta blanca se abrió y detrás de ella apareció mi hermana. Levantó la mano al tiempo que movía enérgicamente la cabeza en un giro corto hacia la derecha…
El viaje estuvo amenizado por Ofelia y Rocío (la mujer que venía atrás con Manolo). Se burlaban de la parvedad de los sueldos, así como de la insuficiencia de tiempo libre de sus consortes. Yo oía indiferente. Miraba a los arbustos borrosos correr hacia atrás. Veía las montañas verdes. Sentía la presencia de la niña atrás, quieta, incómoda sobre el chichón que atraviesa el piso del carro. Cuando llegamos a Villa de Leyva bajamos a comprar pan para llevarle a mi abuela. Todos se fueron y nos quedamos los niños: mi hermana, la niña bonita y yo. ¡Es ahora o nunca!, me dije emocionado. Camine con el mayor aplomo que pude reunir. Un paso, otro paso, plan, plan; camine sin tropezarse con las piedras; no vaya a ser tan huevón de caerse frente a esta vieja, me decía mientras caminaba hacia el baúl, donde estaba ella. ¿Necesitas que te ayude?, le pregunte con voz falsamente gruesa. No, yo puedo sola, dijo al tempo que cerraba sin ningún esfuerzo la tapa del baúl. ¿Cómo te llamas?, le inquirí. Carol. Mmmmhhhh, musité sin saber qué decir. Motas, grito mi hermana desde la punta del carro, vamos que mi mamá nos espera. Vamos, le dije a Carol. Ella me miro a los ojos durante un instante; luego empezó a caminar mirando las piedras. ¿Dónde vives?, le pregunté. En el barrio Eduardo Santos, pero antes vivía en Jamundí, respondió sin dejar de mirar las piedras. ¿Conoces Jamundí?, preguntó después de una espesa pausa. Sí, claro; contesté sin vacilar. ¡Mentiroso!, me increpo Diana, mi hermana. ¡Usted nunca ha estado allá! ¡ahh, jueputa vida!; no contenta con estorbar con su presencia, me hace quedar como un culo, me dije con rabia. Seguimos caminando hacia la plaza principal. El silencio era cada vez más sólido. Llegamos a la tienda donde estaban los demás. Tomamos gaseosa –mientras ellos tomaban cerveza- hasta que apareció un bus en trance de desarmarse que los llevó hasta la casa de mi abuelo. Nosotros salimos a donde mi abuela…
Horas después, a las once de la noche, salimos Rodrigo -mi primo- y yo en una monareta (aquellas egregias bicicletas de manubrios doblados a la usanza Harley Davidson, y marco de una sola pieza con una fosa entre el manubrio y el sillín). Al subir al pueblo él me llevó en la parrilla que está detrás del inmenso sillín. Casi no subimos, pero llegamos. El pueblo estaba lleno de personas tomando cerveza. ¡que mamera, vámonos!, dije. Pero ahora yo voy en la parrilla y usted pedalea, me dijo. ¡Claro! Pero bajemos por la pavimentada. Él se subió y empecé a pedalear con cierta dificultad. Cuando llegamos a la otra esquina del pueblo vi la pendiente pronunciada de la carretera pavimentada; asustemos a este man, me dije en tanto daba un pedalazo. Marica, no pedaleé porque cogemos mucha velocidad, dijo con voz temerosa. Empecé a pedalear más rápido, tras, tras, tras. ¡Marica! ¡huevón, deje de joder!, gritaba. Yo seguía pedaleando más rápido. Tras, tras, tras, tras. La llanta contra el pavimento zumbaba. ¿Qué está haciendo? ¡Nos vamos a matar! Seguía Rodrigo. Estaba feliz. Un momento después oigo como si alguien arrastrara un bulto sobre la arena chhhhhhaaaaaaas; la bicicleta pierde estabilidad, el manubrio empieza a moverse de izquierda a derecha, de derecha a izquierda como si tuviera voluntado propia. Intento estabilizarlo pero no puedo; intento frenar, pero descubro que no tiene frenos. Oigo que Rodrigo se tira de la bicicleta; ssssshhhissss, plaaannnnnn, plannnnnn; oigo cómo da botes por la ladera. El manubrio gira definitivamente a la derecha y la bicicleta me lanza por el aire… plaaaaannnn; caigo en el hombro izquierdo y en la cabeza; salgo a volar nuevamente; plaaaaannnnnn caigo en la espalda; plaaaannn, en la nalgas; vuelo nuevamente; shhhhhhhiiiiissssssss; empiezo a deslizarme por el asfalto; veo el cielo oscuro adornado por una mancha blanca bien definida; la vía láctea, pienso mientras resbalo. Me detengo unos metros más abajo. Silencio. Un minuto después escucho gritar a Rodrigo. Me levanto; siento que me duele el índice derecho. Quiero verlo pero no puedo por la oscuridad. Camino hasta donde él está. ¡Hijueputa!, me increpa. Regreso para recoger la bicicleta. Nos vamos en silencio a la casa…. ¿qué les paso? Pregunta mi tía Florinda con cara de asombro. Nada, que nos caímos, respondo con una sonrisa en los labios. ¿De un carro? Vuelve a inquirir. No, de la bicicleta. Pero es que está sangrando mijito. Miro mi brazo derecho y veo cómo un chorro de sangre lava mi mano derecha. Me asusté muchísimo. Me voy al lavadero a limpiarme la sangre. Intento quitarme la chaqueta pero me duele muchísimo. Quítemela marica, le digo a Rodrigo; él se acerca a ayudarme…
A las dos de la mañana estamos todos en el cuarto de mi abuela viendo televisión; sólo se escucha la música que sale del aparato, todos estamos callados. Mi tío Edgar saca un cigarrillo de una cajetilla arrugada que tiene en el bolsillo derecho del pantalón. ¡no joda, no prenda eso!, le censura mi tío Hernan con rudeza. ¡Yo fumo en mi puta casa, no sea hijueputa!, responde mi tío Edgar. El tío Hernan se abalanza sobre él para golpearlo. Mis tías se lanzan al tiempo a atajarlos. Los gritos de ellas se unen a los improperios de los hermanos. De un momento a otro sale mi papá y empuja a mi tío Hernan, este lo insulta. Empiezan nuevamente los gritos y los improperios, pero esta vez los protagonizan los otros hermanos –mi tío Edgar se ha ido-. De un momento a otro veo que mi papá saca el machete que descansa detrás del armario. Salta por encima de todos gritando: ¡yo mato a ese cabrón! Todos se lanzan a detenerlo -menos yo-… Después de media hora de ofensas entre los hermanos, mi tía Gladys convence a mi tío Hernan de que la acompañe a su casa; la trifulca cesa; el silencio entra sigiloso al aposento. ¡Que treinta y uno tan extraño! Pienso en tanto me percato que aún baja un hilo delgado de sangre de mi oreja derecha…





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