componendas e intrigas de la memoria y del olvido

ejército

Cabo Farra

(Fuente de la Imagen)

Nuestra amistad inició una noche fría, con amagos de lloviznas, de soldados dormidos frente al televisor o sosteniendo conversaciones enérgicas, de voces fornidas, con un cigarrillo en una mano y una botella de gaseosa en la otra. Aquella vez llamé infructuosamente a varios amigos para espantar el tedio. Luego marqué el teléfono de Patiño (a quien no había buscado por imaginarlo lejísimos de su casa).

- estoy aburrido, dije después de las frases preliminares.
- yo también; y eso que tengo treinta mil pesos en el bolsillo.
- ¿Está aburrido con treinta mil pesos? Yo en su lugar estaría bebiendo cerveza
- Si es tan fácil porque no sale y nos emborrachamos los dos, respondió en tono provocador.
- Veámonos a las diez en mi casa; no se le ocurra preocupar a mi mamá diciendo que me escape (porque, si no se ha dado cuenta, me voy a escapar); diga que me dieron permiso y que lo llamé para vernos.
- Listo.

En el momento que colgué me di cuenta que había cometido un gran error. Pensé, en primera instancia, llamarlo para decirle que no podía huir pero las ganas de beber y, sobre todo, el deseo de evadir la bota militar me llevó a saltar, una hora después, el enmallado que queda al lado de las canchas de tejo.

Seis horas después estábamos, Nabyl (quien no recuerdo cómo se integro a la velada), Patiño y yo internándonos en una clásica borrachera adolescente. Nabyl señaló, con aquella responsabilidad que no conocíamos (y que quizás nunca conozcamos) Patiño y yo, que era hora de regresar al Círculo. Acepté la propuesta después de un forcejeo verbal y de la promesa que podía llevarme la botella de aguardiente. Tomé un taxi en la Avenida Boyacá que me trasladó al Club. Cuando llegamos me di cuenta que no tenía dinero; el conductor, evidentemente contrariado, me insultó hasta el momento en el que llegaron tres soldados (compañeros míos) a indagar por los gritos. Deme el aguardiente y quedamos a mano, propuso el taxista con voz resignada. Le di la botella y me baje. En ese momento, como dicen las señoras, me emborrachó el sereno. Dicen mis compañeros (porque no recuerdo nada) que al salir del vehículo insulté al celador del club (en aquellos días la seguridad estaba repartida entre civiles y militares) y luego lo empujé (provocación que él regresó con otro empellón) porque quería orinar en la puerta de la guardia. Nos separaron en el momento en el que lancé un puñetazo a la infinita oscuridad (ofensa que el portero respondió con una trompada certera)…

Una hora después, o quizás menos, sonó el Toque de Diana. Todos se levantaron para ganar turno en las regaderas. Yo, entra tanto, y como era natural por el estado de alicoramiento, dormía profundamente. Al poco tiempo venía el cabo Farra gritando, vociferando, ¿dónde está el hijueputa del niñorrea? Al entrar me vio acostado en el primer catre. Me tomó de los pies y me llevó arrastrando hasta el baño; abrió la llave de la ducha al tiempo que indicaba, entre rugidos, que no me moviera. Así estuve diez minutos hasta que él creyó (equivocadamente) que me había pasado la merluza. Le voy a dar gusto, dijo con voz serena; si le encanta la borrachera eso tendrá; remató mientras me arrastraba fuera de la barraca. Arranque con rollos, indicó con voz tensa. Di vueltas hasta que empecé a vomitar. No pare, gritaba sin importarle las arcadas; así estuvimos hasta las diez de la mañana (hora en la que yo sentía que iba a morir). Centinela; tráigale agua y pan a este hijueputa; y usted, pedazo de malparido, cámbiese que sale en diez minutos con la guardia.

A las seis de la tarde regresaba con las piernas temblorosas y la sensación de haber regresado del infierno. Niñorrea, gritó Farra desde su cuarto; vaya al rancho y luego póngase las prendas blancas que se va para el Salón Boyacá a cuidar una fiesta; para que no diga que no lo consentimos.

Requisé, a las ocho de la noche, en la entrada del salón y luego le dije a mi compañero que estuviera pendiente mientras yo descansaba en el tercer piso. Dormí profundamente hasta que me despertó el cabo Farra. Soldado marica, cabrón de mierda, malparido, dijo en evidente estado de embriaguez; no me emputa que se haya escapado ni que haya regresado a darse puños con el celador (a quien me tocó darle diez mil pesos para que no hablara); lo que me saca la puta piedra es que no me haya llevado con usted. Mi cabo, fue un problema de confianza, expliqué. Eso se arregla ahora mismo, dijo al tiempo que ponía dos vasos y una botella de whisky sobre la mesa.

Después de esa noche fuimos bebedores inseparables. No fueron pocos, en efecto, los amaneceres en los que atravesábamos la ciudad sobre la C-80 (la moto de la novia) para llegar a tiempo al Toque de Diana, ni fueron escasas las veces en las que llegábamos arrastrando al alojamiento después de “tomarrosas” (como él les decía) en alguna tenducha de barrio de la que salíamos disparando al aire, entre gritos de borrachos, entre miradas asustadas de señoras que se asomaban a ventanas, ni raras las tomatas con otros suboficiales en los cuartos del Hotel o en las fiestas en el Salón Boyacá. Frecuentes fueron, asimismo, las veces que sacrificaba mis salidas y mi dinero para rescatar la cédula, los proveedores de la mp3 o, en una ocasión célebre (y que quizás me decida a narrar), un revolver calibre 38, marca Ruger, que le extrajo al comandante de la compañía mientras este dormía, y que dejó empeñado en un billar en el barrio San Cristobal Sur, gracias a que perdió la cuenta en un “chico” que jugó con un matón…


Copas y armas

Una noche de abril nos despertó un sargento porque había problemas en la discoteca: hay un hijueputa borracho amenazando al PM que está en la puerta con un revólver, dijo con voz nerviosa. Al escuchar eso salimos corriendo hacia el lugar. Al llegar vimos que estaba, en efecto, un suboficial ebrio, armado y con el uniforme gritando al PM que estaba en la puerta. Lo más grave del caso era que el suboficial no solo pertenecía a nuestro batallón sino que era orgánico de nuestra compañía (era mismo sargento que me había esposado en el batallón meses atrás). Uno de nosotros le grito, después de indagar con la mirada: “suelte ese revólver o se lo hago tragar gran hijueputa”. Nos miramos asombrados porque González nunca había descollado por su valentía ni por su fortaleza. El sargento, al escucharlo, se vino tambaleando hasta nosotros. Se paró frente a él, y sin quitarle los ojos de encima, le dijo con voz pausada: “repita lo que dijo soldado”. González le dijo sin pestañear: “suelte el hijueputa revólver o se lo hago tragar”. Todos nos miramos con pasmo. En un parpadeo el militar le dio un cabezazo y luego lo empujo; el soldado dio un traspié y cayó al piso; el sargento se lanzó sobre él con rapidez y lo fulminó con dos patadas en la cara. Cuando constató que González no hostigaría más dio media vuelta y se encaminó a la discoteca. Nos quedamos quietos sin saber qué hacer. Cuando llegó a la puerta de la discoteca encañonó al PM sin mediar palabra. El soldado levantó las manos y lo dejó seguir ya que no tenía forma de defenderse (en las fiestas y en la puerta de la discoteca los soldados debíamos prestar con una cosa que se llama prendas blancas y con un bolillo). Nos miramos y salimos corriendo para el alojamiento a sacar el armamento. Uno de nosotros, después de armarse, salió a buscar al comandante de la base en tanto que el resto de nosotros nos fuimos para la discoteca.

Al vernos entrar el sargento sacó el revólver y se vino hacia nosotros. La música, en ese momento, paró; los gritos de las mujeres no se hicieron esperar; las personas se escondían bajo las mesas (parecía una escena de película gringa). Pero es que las niñas quieren parecer hombrecitos, dijo el suboficial mientras se acercaba. ¿Quién es tan valiente como para darme un balazo?, continúo. Se paró cuando estaba a tres pasos del grupo. Metió el arma entre la pretina del pantalón y el cinturón; sacó una cajetilla de cigarrillos del bolsillo de la camisa; extrajo un cigarrillo y lo encendió; cuando iba a expulsar la primera bocanada de humo sintió el culatazo de un fusil. Minutos después ya le habíamos propinado una paliza inolvidable. Cuando llegó el comandante de la base teníamos amarrado al borracho a un poste de la cafetería. A las seis de la mañana lo recogió una comparsa de oficiales y suboficiales de la brigada quienes lo condujeron, según nos contó un teniente, al calabozo para luego procesarlo por los desmanes de la noche.


Primer día en el batallón

Recuerdo que todos queríamos pegarnos un tiro aquella tarde de enero. Llevábamos más de una semana escuchando “mañana bajan al batallón”, “esta tarde bajan al batallón”. La desilusión, a estas alturas, nos había tomado por asalto, ya no deseábamos bajar al maldito batallón: queríamos, en su lugar, hundirnos hasta el cuello en la carroña de la que se alimentaba la compañía de instrucción. En ese momento, cuando todos veíamos volar los moscos bajo la canícula, oímos el grito de algún dragoneante: “hasta tres para formar”. Nos levantamos sin ganas para ir a apiñarnos en lo que debía ser un pelotón. Después de una larga disertación sobre el compromiso de los soldados y cosas de ese jaez el capitán Días anunció lo inesperado: tienen diez minutos para arreglar sus cosas que en media hora bajan al batallón. El asombro dominó las filas. Todos corrimos sin concierto hacia nuestros alojamientos para alistar nuestras pertenencias.

Diez minutos después estábamos, en efecto, con tula y baúl frente al campo de paradas donde estaba el capitán Días; miro las desordenadas filas de soldados, el piso y luego dijo: ¿quiénes saben cocinar? todos nos miramos con asombro. ¿No hay ningún hijueputa que cocine?, preguntó. Un par de manos tímidas emergieron del quinto pelotón. Al frente, gritó. ¿Quiénes saben tocar instrumentos?, volvió a indagar; algunas manos asomaron en las filas. Los interrogantes siguieron hasta que sólo quedamos el grupo de soldados que no sabíamos hacer nada. Bueno, dijo el capitán en tono desabrido, ustedes son una vergüenza; no sirven ni para tener una puerta. A partir de este momento hacen parte de la compañía Girardot, la que será, téngalo por seguro, la peor compañía del ejército (nos dimos la mano, al término de la frase, en señal de camaradería y respeto).

Todos los soldados antiguos, cuando arribamos al batallón, tenían una tabla en la mano. En el instante en el que el primero de nosotros bajo del camión golpearon las tablas contra paredes y pisos al unísono con tal coordinación que sólo sonaba un tablazo amenazador. Los vamos a matar a tablazos hijos de puta, gritaban una vez pararon de golpear pisos y paredes. El recibimiento fue, lo confieso, muy intimidante. Después del conteo, la entrega de intendencia y la asignación de catres nos fuimos a comer. Al regresar de la comida formamos y se leyó la guardia que iría a prestar esa noche (yo estaba en el grupo). Me asignaron fusil y munición para ir a prestar esa noche en la casa del procurador…

****

Al regresar de la guardia estaba tan cansado que me tire a dormir en el camión, desoyendo la recomendación de los dragoneantes. Me despertaron una patada del suboficial de servicio. Baje del camión, hice las reglamentarias veintidós lagartijas y me fui a entregar el fusil.

Después del desayuno me acosté en el catre para reponer algo del sueño perdido la semana anterior. Una hora después me despertó un cabo de un tablazo (ese, definitivamente, no era mi día). Levántese hijueputa, gritó; ¿no ve que hay revista de armamento? Gracias al sueño no entendía lo que me decía. El caso es que saque el baúl de abajo del catre; tome de él las cartucheras y en el momento que iba a sacar los proveedores de ellas entendí la razón por la que estaba prohibido dormir en el camión: porque le robaban los proveedores a los que se dormían. Sentí un corrientazo desde la cabeza hasta las verijas. ¡Me robaron! ¡hijueputa, me robaron! Concluí después de dos segundos de estupor. Desde la puerta de la compañía el cabo me insultaba porque no salía rápidamente. ¿Qué hago?, me preguntaba en un estado vecino al pánico. En un momento de iluminación me dije: robémosle los proveedores al centinela del baño ya que él presta sin armamento. Busqué su baúl, lo abrí con los alicates que me acompañaron durante una buena parte del servicio, extraje de él dos proveedores y la toalla para colocar sobre ella el armamento (no quería ensuciar la mía). Salí radiante.

En la mitad de la revisión apareció el centinela del baño. Me asuste un poco pero conservé el aplomo. Dos minutos después estaba revisando todos los proveedores. ¡hijueputa vida! Me decía constantemente mientras se acercaba. Se paró frente a mí y me dijo: usted es muy huevón; ¿no se dio cuenta que los proveedores están marcados? Bajé la mirada y vi, en la esquina inferior, una abolladura que hasta ese momento creí causada por el uso. Mi primero, dijo el soldado con voz neutra, ya los encontré. Se vino el sargento viceprimero con cara de poco amigo. Se paró frente a mí, me miró a los ojos y me dijo con voz suave: soldado; está usted detenido. Así, con esas palabras y con esa puntuación. Sonreí. ¡Este man me está mamando gallo!, pensé después de emitir un suspiro. ¿Cree que soy un payaso?, inquirió. No mi primero, respondí con tranquilidad. En ese caso mi soldado, empiece a quitase las cucardas, los cordones y las presillas que está detenido; continúo; Vélez tráigame las esposas que están en la oficina. Yo miraba para todo lado esperando encontrar una explicación en los gestos de perplejidad de los demás soldados. ¡Que se quite las cucardas, los cordones y las presillas soldado!, repitió. Me las quité como él me pidió. Llegó Vélez con las esposas. El sargento cerró una en mi muñeca derecha. Sígame, por favor. En ese momento mi conciencia me abandonó. Llegamos al primer catre; siéntese; me senté; cerró el gancho libre de la esposa en la varilla del catre.

Luego de estar una hora mirando el piso con la mente en blanco llegó el sargento. Deje esa cara que la única violada que duele es la primera, las demás serán placenteras, dijo con tono socarrón; Vélez, tráigale los cordones, las cucardas y las presillas al soldado, continuó. Y usted, afirmó mirándome fijamente a los ojos, tiene cinco minutos para conseguir esos proveedores para que no continúe el proceso disciplinario por robo; la verdad no lo quiero joder; consígase los proveedores y decimos que se los habían escondido y todo queda ahí. Al término de la frase me levanté y salí frenético a buscarlos. Al minuto de empezar mi búsqueda se me acercó un soldado y me dijo: yo sé lo que usted está buscando; deme diez mil por cada proveedor. ¡Listo! ¡no hay problema!, respondí con la voz temblorosa…


Ingreso al Ejército

Hoy hace diez años entré al Ejército Nacional de Colombia. En la vida hay eventos que nos transforman la existencia definitivamente; ese, ¿cómo negarlo? Ha sido el evento más determinante en mi vida.

Iba hacía el trabajo por la carrera treinta, estaba aburrido, desilusionado de mi situación. Miraba a las personas, los postes, el cielo gris de aquella mañana. Cuando iba pasando frente al coliseo recordé que en esos días había reclutamiento. Me levanté, me bajé y crucé el puente peatonal con el corazón galopándome en el pecho. Entré y vi el coliseo abarrotado de jóvenes con edades que oscilaban entre quince y veinte años. El ruido de las conversaciones, aunado con el grito de los soldados que llamaban, lista en mano, a los futuros reclutas, era ensordecedor. Me senté a la izquierda de uno de aquellos soldados que llamaban. Cuando escuché que iniciaban los apellidos por N; me levanté y descendí por las mismas escaleras que lo hacían los demás (aún siento el estremecimiento de cruzar la puerta y escuchar el ruido de segundos atrás, como si fuera ajeno, extraño al mundo al que ingresaba).

Después de un rosario de preguntas me senté en un grupo de los cinco que se congregaron en ese sitio. A mi izquierda estaba un muchacho de un metro ochenta que fumaba copiosamente en tanto miraba al suelo con manifiesta tristeza. Yo, aburrido y, por que no decirlo, arrepentido, miraba en todas las direcciones. Al poco tiempo el muchacho de mi izquierda me ofreció un cigarrillo de su cajetilla: ¿fuma?; sí, gracias, le respondí. Es una mamera estar esperando que estos hijueputas se les dé la gana de hacer algo, me dijo con rabia; llevo tres horas sentado acá y no han dicho ni mierda, concluyó. Empezamos a hablar sobre el colegio, las compañeras, la familia. Tres horas después empezaron a llamar a quienes no les aparecían los papeles. Yo sabía que era uno de ellos. Me llamaron una hora después que hicieron el anuncio. Pasé, di mis datos –la dirección y el teléfono falsos, por supuesto- y me devolví a donde estaba. Pasaron dos horas más para que nos dieran algo de comer: pollo simple, con lentejas saladas –quizás para equilibrar- y un arroz congelado. A pesar del hambre comí de mala gana. Una hora después nos tocó desvestirnos y esperar que pasara una mona lindísima a tocarnos los testículos. Luego nos vestimos, nos sentamos y empezamos a escuchar el interrogatorio: ¿quiénes tienen quince años? Dos levantaron la mano; a fuera petris, les dijeron. Uno de ellos les rogó que lo dejaran, que no lo excluyeran. Después de medía hora de súplicas lo dejaron. ¿Quienes no quieren ir al ejercito? Siguieron preguntando. Nos miramos Julián (el compañero de mi izquierda) y yo, pero no levantamos la mano. Cuatro la levantaron. Váyanse a su mierda, pedazo de hijueputas, les dijeron en tanto ellos, los interpelados, salían. Después empezaron a contar una y otra vez. Seguían preguntando quién se quería ir, o quiénes tenían dieciséis años. Al final, después que salieron tres más, llegó un teniente (teniente efectivo) Vélez y señaló entre el grupo a un joven: usted, el de gorra, párece; el solicitado miraba para todos lados. Que se pare pedazo de hijueputa, le gritó con odió. El joven se levantó con cara de susto; váyase para su puta casa, grito. Pero, yo no me quiero ir, le respondió el muchacho. Me importa un culo lo que usted quiera, le respondió Vélez. Se larga ya o quiere que lo saque a patadas, concluyó el amable teniente. El interpelado se fue con la cabeza agachada. Luego Velez miró el grupo y dijo con voz agreste: ¡ustedes, señoritas, de pie! Al instante nos paramos. Cuando cuente tres todos estarán encima de los hijueputas camiones, continuó diciendo; si no quieren que sus putas mamás vean cómo los pateo. -aún quedaban personas esperando el desenlace-.Cuando dijo uno la mitad de nosotros ya estábamos arriba; cuando dijo dos, todos estábamos arriba.

Salimos del coliseo a las dos de la mañana. Tomamos la carrera treinta hacia el sur. Una hora después vimos soldados parados en la guardia del batallón. Empezamos a subir. A los cinco minutos terminamos de ascender. Yo creía que estábamos en plena selva por el silencio, la levedad del aire y el ruido de los grillos, sapos, renacuajos y demás animales. Se apagaron los motores de los camiones. Oímos pasos de varias personas. Abajo reclutas, abajo hijueputas, abajo malparidos, nos gritaban desde la oscuridad personas que no lográbamos ver. Empezamos a descender lentamente hasta que sentir los gritos del teniente Vélez: abajo partida de afeminados; abajo perras; abajo nenitas. Lo único que podía distinguir en esa oscuridad, -además de las sombras de mis compañeros-, era, al lado derecho, una tenue luz. Hasta tres, dijo el teniente, y están en formados en la guardia. Todos nos quedamos quietos. ¿No me entienden hijueputas? Grito con rencor. No sabemos, dijo una voz en la oscuridad, dónde queda la guardia. Allá, cabrón hijueputa, en esa luz, respondió con severidad. Corrimos hacia el lugar que nos había indicado. Cuando llegamos encontramos un grupo de tulas alineando y cubriendo, como un grupos de soldados disciplinados. Nos llamaron, al poco tiempo de llegar a la guardia, uno a uno y nos indicaban el lugar que debíamos tomar: usted, frente a esa tula, usted al lado de él. Una vez organizados llegaron más militares; se pararon frente a cada grupo (éramos cinco pelotones de setenta y dos personas cada uno). Mientras nos hablaban acerca del nombre de la compañía y otras cosas, el grupo del frente de nuestro pelotón entraba al edificio que queda (y seguramente aún queda) a la derecha. Media hora después el segundo grupo –que había quedado al descubierto cuando la última fila del primero había salido- salía, al igual que el primero, al edificio de la derecha. Una hora después el turno nos tocó a nosotros –que para ese momento ya nos habían bautizado como el cuarto pelotón-. Cuando entramos vi a la izquierda a quince soldados peluqueando y a la derecha a unos jóvenes tomándose fotos. Primero nos tomaron las fotos y luego nos peluquearon. Luego volvíamos a salir. Cuando todos hicimos el circuito de la humillación –en cada parada nos insultaban copiosamente- nos paramos nuevamente a la tula que nos había sido asignada. Al término de un periodo de silencio estremecedor sentí que alguien me empujaba bruscamente. Me voltee para encarar al agresor; ¿qué le pasa?, le pregunté con la irritación propia de la situación. ¿Qué le pasa a usted pedazo de mierda? Me contestó el teniente Vélez. Discúlpeme, no sabía que era usted, le dije con voz queda. Él siguió y se paro en la tarima que estaba en el centro de la plazoleta. Bueno hijueputas, inició diciéndonos; ustedes ya son soldados y deben comportarse como tal. Vvan a dejar de ser perras, como sus mamás; a partir de ahora van a ser hombre de verdad… la disertación continuó por media hora. Recuerdo que el teniente fumaba y hablaba al tiempo; cuando articulaba palabras le salía el humo en enérgicas volutas de humo, lo cual, por alguna extraña razón, me pareció agradable. Luego cada grupo se dirigió a un punto determinado de la compañía. Nosotros, a diferencia de los otros cuatro grupos, nos quedamos en el mismo sitio. Apareció de las sombras un hombre flaco, de un metro setenta y cinco, con un cigarrillo en la boca y mirando el piso reflexivamente. Se quedo quieto frente a nosotros mirando el piso por espacio de tres minutos. Luego alzó la cabeza y nos dijo suavemente: bienvenidos al infierno; acá todas sus pesadillas se harán realidad. Volvió a mirar al suelo durante unos segundos. Para que vean que no les digo mentiras, continúo, térciense las tulas. Nosotros lo hicimos sin vacilar. Ahora, cuando yo diga uno ustedes bajan así; cuando diga dos se ponen en esta posición. Nos va poner a hace sentadillas, pensé al tiempo que el extraño personaje daba las instrucciones. Uno, empezó a decir; todos tienen que hacerlo al tiempo; haber, uno…no, al tiempo, uno… el de atrás está dormido…uno, ¡hijueputa, que al tiempo! ¡al tiempo! ¡AL HIJUEPUTA TIEMPO SOLDADOS REMALPARIDOS! Uno, eso, así; sí ven que podían. Dos.. ¡que al mismo tiempo SOLDADOS HIJUEPUTAS! Uno, dos, uno… dos… uno… dos… uno… dos…
uno…
dos…
así nos tuvo una hora, subiendo y bajando cada vez más lento. Las piernas me dolían terriblemente, al final creía que no iba a aguantar más. Creo que ya se convencieron que este es el infierno. Las dos primeras filas, continúo diciendo, sigan a ese soldado; las otras dos síganme.

Llegamos al alojamiento-así denominaban aquellos cuartos-, nos desvestimos, metimos nuestra ropa en la tula, la amarramos lo mejor que podíamos y le pusimos el candado verde con el que venían… a la media hora de estar durmiendo escuché la voz de alguien que gritaba; no me importó, di media vuelta y seguí durmiendo. A los cinco minutos sentí que el agua fría bajaba por el cuello. ¡no entendió hijueputa que se levante! Me levanté asustado, no sabía dónde estaba. Miré a mi alrededor: todo estaba solo, no había nadie. Saque rápidamente todo lo de la tula hasta que encontré la toalla y el jabón. Metí como pude las cosas en la tula (la mitad se quedó por fuera), la metí debajo de la cama salí corriendo hacia la izquierda del alojamiento… ¿a dónde va hijueputa? Al baño, respondí asustado. Con el dedo el soldado me señalo que el baño quedaba al otro lado. Salí corriendo rápidamente hacia donde él me señalaba. Cuando entre vi el baño llenísimo. Me dio pereza hacer fila para bañarme. Le dije a un muchacho que me regalara un poco de papel higiénico. Hice lo que tenía que hacer. Luego me bañe las manos con tranquilidad. Espere que se desocuparan las regaderas y entre apaciblemente. Cuando me estaba jabonando la cabeza sentí una patada en las nalgas. ¡CREE QUE ESTA ES SU CASA Y QUE YO SOY SU PUTA MADRE! Siguió pateándome hasta que llegamos al alojamiento. Me tocó secarme el jabón con la toalla y ponerme rápidamente la ropa que reposaba en el suelo.


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