componendas e intrigas de la memoria y del olvido

batallón

Cabo Farra

(Fuente de la Imagen)

Nuestra amistad inició una noche fría, con amagos de lloviznas, de soldados dormidos frente al televisor o sosteniendo conversaciones enérgicas, de voces fornidas, con un cigarrillo en una mano y una botella de gaseosa en la otra. Aquella vez llamé infructuosamente a varios amigos para espantar el tedio. Luego marqué el teléfono de Patiño (a quien no había buscado por imaginarlo lejísimos de su casa).

- estoy aburrido, dije después de las frases preliminares.
- yo también; y eso que tengo treinta mil pesos en el bolsillo.
- ¿Está aburrido con treinta mil pesos? Yo en su lugar estaría bebiendo cerveza
- Si es tan fácil porque no sale y nos emborrachamos los dos, respondió en tono provocador.
- Veámonos a las diez en mi casa; no se le ocurra preocupar a mi mamá diciendo que me escape (porque, si no se ha dado cuenta, me voy a escapar); diga que me dieron permiso y que lo llamé para vernos.
- Listo.

En el momento que colgué me di cuenta que había cometido un gran error. Pensé, en primera instancia, llamarlo para decirle que no podía huir pero las ganas de beber y, sobre todo, el deseo de evadir la bota militar me llevó a saltar, una hora después, el enmallado que queda al lado de las canchas de tejo.

Seis horas después estábamos, Nabyl (quien no recuerdo cómo se integro a la velada), Patiño y yo internándonos en una clásica borrachera adolescente. Nabyl señaló, con aquella responsabilidad que no conocíamos (y que quizás nunca conozcamos) Patiño y yo, que era hora de regresar al Círculo. Acepté la propuesta después de un forcejeo verbal y de la promesa que podía llevarme la botella de aguardiente. Tomé un taxi en la Avenida Boyacá que me trasladó al Club. Cuando llegamos me di cuenta que no tenía dinero; el conductor, evidentemente contrariado, me insultó hasta el momento en el que llegaron tres soldados (compañeros míos) a indagar por los gritos. Deme el aguardiente y quedamos a mano, propuso el taxista con voz resignada. Le di la botella y me baje. En ese momento, como dicen las señoras, me emborrachó el sereno. Dicen mis compañeros (porque no recuerdo nada) que al salir del vehículo insulté al celador del club (en aquellos días la seguridad estaba repartida entre civiles y militares) y luego lo empujé (provocación que él regresó con otro empellón) porque quería orinar en la puerta de la guardia. Nos separaron en el momento en el que lancé un puñetazo a la infinita oscuridad (ofensa que el portero respondió con una trompada certera)…

Una hora después, o quizás menos, sonó el Toque de Diana. Todos se levantaron para ganar turno en las regaderas. Yo, entra tanto, y como era natural por el estado de alicoramiento, dormía profundamente. Al poco tiempo venía el cabo Farra gritando, vociferando, ¿dónde está el hijueputa del niñorrea? Al entrar me vio acostado en el primer catre. Me tomó de los pies y me llevó arrastrando hasta el baño; abrió la llave de la ducha al tiempo que indicaba, entre rugidos, que no me moviera. Así estuve diez minutos hasta que él creyó (equivocadamente) que me había pasado la merluza. Le voy a dar gusto, dijo con voz serena; si le encanta la borrachera eso tendrá; remató mientras me arrastraba fuera de la barraca. Arranque con rollos, indicó con voz tensa. Di vueltas hasta que empecé a vomitar. No pare, gritaba sin importarle las arcadas; así estuvimos hasta las diez de la mañana (hora en la que yo sentía que iba a morir). Centinela; tráigale agua y pan a este hijueputa; y usted, pedazo de malparido, cámbiese que sale en diez minutos con la guardia.

A las seis de la tarde regresaba con las piernas temblorosas y la sensación de haber regresado del infierno. Niñorrea, gritó Farra desde su cuarto; vaya al rancho y luego póngase las prendas blancas que se va para el Salón Boyacá a cuidar una fiesta; para que no diga que no lo consentimos.

Requisé, a las ocho de la noche, en la entrada del salón y luego le dije a mi compañero que estuviera pendiente mientras yo descansaba en el tercer piso. Dormí profundamente hasta que me despertó el cabo Farra. Soldado marica, cabrón de mierda, malparido, dijo en evidente estado de embriaguez; no me emputa que se haya escapado ni que haya regresado a darse puños con el celador (a quien me tocó darle diez mil pesos para que no hablara); lo que me saca la puta piedra es que no me haya llevado con usted. Mi cabo, fue un problema de confianza, expliqué. Eso se arregla ahora mismo, dijo al tiempo que ponía dos vasos y una botella de whisky sobre la mesa.

Después de esa noche fuimos bebedores inseparables. No fueron pocos, en efecto, los amaneceres en los que atravesábamos la ciudad sobre la C-80 (la moto de la novia) para llegar a tiempo al Toque de Diana, ni fueron escasas las veces en las que llegábamos arrastrando al alojamiento después de “tomarrosas” (como él les decía) en alguna tenducha de barrio de la que salíamos disparando al aire, entre gritos de borrachos, entre miradas asustadas de señoras que se asomaban a ventanas, ni raras las tomatas con otros suboficiales en los cuartos del Hotel o en las fiestas en el Salón Boyacá. Frecuentes fueron, asimismo, las veces que sacrificaba mis salidas y mi dinero para rescatar la cédula, los proveedores de la mp3 o, en una ocasión célebre (y que quizás me decida a narrar), un revolver calibre 38, marca Ruger, que le extrajo al comandante de la compañía mientras este dormía, y que dejó empeñado en un billar en el barrio San Cristobal Sur, gracias a que perdió la cuenta en un “chico” que jugó con un matón…


Primer día en el batallón

Recuerdo que todos queríamos pegarnos un tiro aquella tarde de enero. Llevábamos más de una semana escuchando “mañana bajan al batallón”, “esta tarde bajan al batallón”. La desilusión, a estas alturas, nos había tomado por asalto, ya no deseábamos bajar al maldito batallón: queríamos, en su lugar, hundirnos hasta el cuello en la carroña de la que se alimentaba la compañía de instrucción. En ese momento, cuando todos veíamos volar los moscos bajo la canícula, oímos el grito de algún dragoneante: “hasta tres para formar”. Nos levantamos sin ganas para ir a apiñarnos en lo que debía ser un pelotón. Después de una larga disertación sobre el compromiso de los soldados y cosas de ese jaez el capitán Días anunció lo inesperado: tienen diez minutos para arreglar sus cosas que en media hora bajan al batallón. El asombro dominó las filas. Todos corrimos sin concierto hacia nuestros alojamientos para alistar nuestras pertenencias.

Diez minutos después estábamos, en efecto, con tula y baúl frente al campo de paradas donde estaba el capitán Días; miro las desordenadas filas de soldados, el piso y luego dijo: ¿quiénes saben cocinar? todos nos miramos con asombro. ¿No hay ningún hijueputa que cocine?, preguntó. Un par de manos tímidas emergieron del quinto pelotón. Al frente, gritó. ¿Quiénes saben tocar instrumentos?, volvió a indagar; algunas manos asomaron en las filas. Los interrogantes siguieron hasta que sólo quedamos el grupo de soldados que no sabíamos hacer nada. Bueno, dijo el capitán en tono desabrido, ustedes son una vergüenza; no sirven ni para tener una puerta. A partir de este momento hacen parte de la compañía Girardot, la que será, téngalo por seguro, la peor compañía del ejército (nos dimos la mano, al término de la frase, en señal de camaradería y respeto).

Todos los soldados antiguos, cuando arribamos al batallón, tenían una tabla en la mano. En el instante en el que el primero de nosotros bajo del camión golpearon las tablas contra paredes y pisos al unísono con tal coordinación que sólo sonaba un tablazo amenazador. Los vamos a matar a tablazos hijos de puta, gritaban una vez pararon de golpear pisos y paredes. El recibimiento fue, lo confieso, muy intimidante. Después del conteo, la entrega de intendencia y la asignación de catres nos fuimos a comer. Al regresar de la comida formamos y se leyó la guardia que iría a prestar esa noche (yo estaba en el grupo). Me asignaron fusil y munición para ir a prestar esa noche en la casa del procurador…

****

Al regresar de la guardia estaba tan cansado que me tire a dormir en el camión, desoyendo la recomendación de los dragoneantes. Me despertaron una patada del suboficial de servicio. Baje del camión, hice las reglamentarias veintidós lagartijas y me fui a entregar el fusil.

Después del desayuno me acosté en el catre para reponer algo del sueño perdido la semana anterior. Una hora después me despertó un cabo de un tablazo (ese, definitivamente, no era mi día). Levántese hijueputa, gritó; ¿no ve que hay revista de armamento? Gracias al sueño no entendía lo que me decía. El caso es que saque el baúl de abajo del catre; tome de él las cartucheras y en el momento que iba a sacar los proveedores de ellas entendí la razón por la que estaba prohibido dormir en el camión: porque le robaban los proveedores a los que se dormían. Sentí un corrientazo desde la cabeza hasta las verijas. ¡Me robaron! ¡hijueputa, me robaron! Concluí después de dos segundos de estupor. Desde la puerta de la compañía el cabo me insultaba porque no salía rápidamente. ¿Qué hago?, me preguntaba en un estado vecino al pánico. En un momento de iluminación me dije: robémosle los proveedores al centinela del baño ya que él presta sin armamento. Busqué su baúl, lo abrí con los alicates que me acompañaron durante una buena parte del servicio, extraje de él dos proveedores y la toalla para colocar sobre ella el armamento (no quería ensuciar la mía). Salí radiante.

En la mitad de la revisión apareció el centinela del baño. Me asuste un poco pero conservé el aplomo. Dos minutos después estaba revisando todos los proveedores. ¡hijueputa vida! Me decía constantemente mientras se acercaba. Se paró frente a mí y me dijo: usted es muy huevón; ¿no se dio cuenta que los proveedores están marcados? Bajé la mirada y vi, en la esquina inferior, una abolladura que hasta ese momento creí causada por el uso. Mi primero, dijo el soldado con voz neutra, ya los encontré. Se vino el sargento viceprimero con cara de poco amigo. Se paró frente a mí, me miró a los ojos y me dijo con voz suave: soldado; está usted detenido. Así, con esas palabras y con esa puntuación. Sonreí. ¡Este man me está mamando gallo!, pensé después de emitir un suspiro. ¿Cree que soy un payaso?, inquirió. No mi primero, respondí con tranquilidad. En ese caso mi soldado, empiece a quitase las cucardas, los cordones y las presillas que está detenido; continúo; Vélez tráigame las esposas que están en la oficina. Yo miraba para todo lado esperando encontrar una explicación en los gestos de perplejidad de los demás soldados. ¡Que se quite las cucardas, los cordones y las presillas soldado!, repitió. Me las quité como él me pidió. Llegó Vélez con las esposas. El sargento cerró una en mi muñeca derecha. Sígame, por favor. En ese momento mi conciencia me abandonó. Llegamos al primer catre; siéntese; me senté; cerró el gancho libre de la esposa en la varilla del catre.

Luego de estar una hora mirando el piso con la mente en blanco llegó el sargento. Deje esa cara que la única violada que duele es la primera, las demás serán placenteras, dijo con tono socarrón; Vélez, tráigale los cordones, las cucardas y las presillas al soldado, continuó. Y usted, afirmó mirándome fijamente a los ojos, tiene cinco minutos para conseguir esos proveedores para que no continúe el proceso disciplinario por robo; la verdad no lo quiero joder; consígase los proveedores y decimos que se los habían escondido y todo queda ahí. Al término de la frase me levanté y salí frenético a buscarlos. Al minuto de empezar mi búsqueda se me acercó un soldado y me dijo: yo sé lo que usted está buscando; deme diez mil por cada proveedor. ¡Listo! ¡no hay problema!, respondí con la voz temblorosa…


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