Fin de semana (2000)
Dedicado a Rodrigo Niño
Todos los fines de semana del dos mil iniciaban la noche del viernes con una botella de aguardiente y un petaco de cerveza, como se denominaba en aquellos días a la unión de una caja plástica y a las treinta cervezas polvorosas, de contenido dudoso, con tapas semi oxidadas o completamente oxidadas, de botellas desportilladas, que almacenaba dicha caja y a quienes, no obstante las rozaduras e imperfecciones, bebíamos como si fuera agua en mitad del desierto o ambrosía en las vecindades del Olimpo. Cuando había dinero, que era en muy pocas ocasiones, preferíamos comprar otro petaco, o canasta de cerveza, que también así se le decía, que comprar el aguardiente que nos desbarrancaba por las peñas de la demencia. Los petacos los comprábamos en un depósito que quedaba a cuatro cuadras y los subíamos, entre el estrépito de carcajadas, al cuarto de Rodrigo, que estaba en la terraza, bajo del cielo que en Bogotá no tiene estrellas, o las tiene pero se ocultan por vergüenza o miedo. Poníamos las cervezas y los cigarrillos al lado de un tocadiscos torcido como nuestros destinos y sacábamos una colección de cuarenta y tres acetatos que Rodrigo había recolectado de todas las fuentes y de todos los puntos cardinales. Luego empezábamos a beber lentamente, a dialogar, a cambiar los acetatos, también llamados vinilos, quienes subían y bajaban llevados por las ondulaciones del tocadiscos y a fumar hasta que el sol irrumpía tímidamente por las cortinas. En ese instante desenterrábamos el tocadiscos, los cigarrillos, las cervezas y dos sillas del cuarto para continuar la bebeta en la terraza, que más parecía un mirador porque desde allí contemplábamos a los vecinos ir y venir en su afanoso transitar por la existencia. El sábado huía entre las rendijas de las nubes que se iban con vertiginosidad de alucinación, con afán de tragedia, hacia el sur. A las cuatro o cinco de la tarde comíamos cualquier cosa que encontrábamos abandonada en la cocina y bajábamos a comprar otras canastas de cerveza o botellas de aguardiente, dependiendo de una compleja ecuación cuyas variables contemplaban el número de días del fin de semana, el grado de alcoholización en el momento de hacer la estimación, el deseo de emborracharnos hasta perder el sentido, el dinero con el que contábamos, mis compromisos académicos, los compromisos laborales de Rodrigo, la buena o mala elección de la música y los asuntos que aún no habíamos tocado en la conversación que, a esas alturas, promediaba las veinticuatro horas. Algunas veces errábamos en los cálculos y Rodrigo se iba amanecido y con barba de tres días al trabajo o yo salía en estado calamitoso, vomitando cada dos cuadras, a responder parciales de álgebra lineal. Pero esto no nos preocupaba porque, al fin de cuentas, ¡Qué importaba trabajar, entrar a clase o vivir ebrios si teníamos la eternidad por delante! Nunca, sin embargo, pecamos de tacañería: jamás, sin excepción, terminábamos en sano juicio o picados, como se decía en aquellos días al estado en el que se está con deseos de emborracharse pero sin recursos para hacerlo. El ajuste se hacía en dos o tres segundos, casi siempre frente a la casa, a la sombra de los cigarrillos, entre el crujido del ocaso que nos contemplaba detrás de una fila de casas desiguales, de colores heterogéneos, de fachadas descascaradas o, en caso que el tiempo hubiese corrido más rápido que de costumbre, bajo una noche cerrada, de nubes pesarosas tras la que se escondía la luna que mira, que husmea los humanos caprichos que tanta gracia le causan. Nos íbamos, dependiendo del resultado de la fórmula, hacia el depósito de cerveza, la cigarrería o a las dos, con pasos vacilantes, con humor oscurecido por la ingesta de bebidas espirituosas. Subíamos a la terraza, entrábamos al cuarto el tocadiscos, las dos sillas, los acetatos, las canastas de cerveza, los cigarrillos, el aguardiente y nosotros detrás de ellos. Encendíamos los cigarrillos, destapábamos las cervezas, nos sentábamos, poníamos te esperaré, un LP diseñado para avivar desamores, reconstruir los ojos esquivos de una quinceañera o revivir la indiferencia de alguna muchacha perdida en los andamios de los recuerdos y reanudábamos la conversación en la encrucijada en la que había quedado suspendida hasta que emergía el sol con quién salíamos hacia la terraza acompañados de tocadiscos, botellas de cerveza y aguardiente, cigarrillos y acetatos. En la tarde del domingo, a eso de las tres, íbamos, con el remanente de monedas y el billete para los días de lluvia, como denominaba al dinero arrugado que reposa en los entresijos de mi billetera, a comprar una botella de aguardiente con la que se rematará la jornada. Siempre fui quien tuvo el privilegio de subir con la botella a la terraza, sentarme a la sombra de las tejas que navegaban en la incertidumbre del crepúsculo, tomarla por el tallo, invertirla para examinar el fondo en busca de la transparencia que acredita la legalidad del trago. Acto seguido la sacudía con un movimiento enérgico, desprovisto de cualquier amago de debilidad, le daba tres palmadas enérgicas en el culo de la botella como si fuera el anca de alguna mujer de moral distraída que guste, acaso por su misma condición ética, de los amores toscos. Esto lo hacía con el fin de que todas las sustancias se mezclaran placenteramente a lo largo y ancho del envase. Posteriormente, cuando los potingues e ingredientes cesaban en su amalgama adulterina, contemplaba las etiquetas para comprobar la firmeza de la tinta, el lote y los respectivos sellos con los que la Gobernación de Cundinamarca certifica la calidad del Néctar (nombre que sugiere que quienes lo consumíamos, y quienes lo consumen actualmente, teníamos facultades divinas o, acaso, una espiritrompa por la que descendía ese brebaje levantisco y aventurero). Desatornillaba, después de la debida auscultación, el tapón y hundía la nariz en el pico de la botella para ser el primero en sentir las emanaciones etílicas que permanecieron encerradas por meses. Servía, por último, con la mano temblorosa a causa de la emoción, en dos copas plásticas. Al tercer trago iniciábamos el viaje hacia los recovecos de una borrachera infame, atiborrada de lagunas, descalabros, desmanes de todo calibre, historias que reconstruiríamos el siguiente fin de semana, cuando nos encontrábamos en la terraza de la casa de los abuelos de Rodrigo con algunos billetes arrugados, con la cabeza y el hígado dispuestos a destapar la primera botella de cerveza, para encender el primer cigarrillo y poner a girar alguno de los cuarenta y tres discos que nos esperaban en el orden que el alcohol los había dejado siete días atrás, con la esperanza que esa no fuera la última tomata, la última borrachera de nuestras vidas…
Sábado de Pre-Icfes
Dedicado a los protagonistas
Eran las seis de la tarde cuando fuimos, por aquellas inercias del alcohol, a rematar la borrachera con una botella de brandy barato. Veníamos de un potrero que se transformó, gracias a la voracidad de constructores y banqueros, en bloques de apartamentos de cincuenta metros cuadrados, en casas de dos pisos, en hipotecas, en deudas a quince años. Caminábamos inclinados, trastabillando con las piedras, con los vanos de la calle, con los andenes, con el atardecer que se metía por las ventanas que a esa hora empezaban a tapizarse con cortinas de todos los colores. Llegamos a la Calle Sesenta y ocho, la mítica calle que recibía entre semana a miles de estudiantes de todos los colegios distritales y privados de la zona y quienes la llenaban, la llenábamos, de papeles, de escuadras desportilladas, de borradores, de lápices mordidos, de esferos reventados, de envoltorios de colombinas, de colillas de cigarrillos, de gritos, de improperios, de carcajadas que se trenzaban con el humo de los buses y con las miradas indignadas de peatones, de policías que se escondían en el CAI por temor, quizás, a que les hiciéramos daño. Íbamos, decía, para una licorería recién inaugurada que atendía al oriente del CAI, a dos o tres cuadras de la Carrera Treinta. Sentados en la acera, con la mirada vidriosa, con la lengua estropajosa, encharcada de melancolía, nos tomábamos los últimos tragos, venían los apretones de mano (porque en aquellos tiempos no se veía bien, no lo veíamos bien, eso de abrazarse, de tener contactos diferentes a las patadas, a los pastorejazos, a los puños), los agradecimientos de Suarez por haberlo respaldado el viernes, o quizás el jueves, no recuerdo con exactitud, en la gresca promovida por Larry, por Mora, por Fula, y de la que él pensaba en su borrachera, lo habíamos librado con gritos, con empellones violentos, con escarnios. La verdad, la simple y llana verdad, es que el héroe, el único que empujo con furia a Larry fue Diego Navarrete, quien en ese mismo instante bostezaba en su casa. Venían los tragos y los cigarrillos que alguien sugirió le quitáramos el filtro para emborracharnos más rápido (como si no estuviéramos lo suficientemente embriagados a esa hora), iban las risas haciéndose girones con los filos del alcohol, venían los gritos de Suarez y las promesas de Patiño, iban mis palabras desequilibradas, venia la mirada de Nabyl perdiéndose, internándose en ese mundo que no pudimos conocer en los veintitrés años que estuvimos en el mismo planeta. El brandy continuaba extinguiéndose, extraviándose en las gargantas escaldadas, al igual que la plata de Suarez, los cuarenta mil pesos que le había dado la mamá para pagar el Pre-Icfes y que se transformaron en cerveza, en aguardiente para retribuir, como queda dicho, la defensa, el auxilio en ese momento aciago en el que le recriminaban, en el que lo empujaban por pisar la maleta, por partir los plumones de Rocío. No sé a qué hora nos despedimos, si acaso lo hicimos, en qué momento decidimos irnos a nuestras casas a devolver a las cañerías las aguas pestilentes que navegaban en nuestros entresijos, las aguas que se fermentaban, que se descomponían como los perros muertos que naufragaban, y aún naufragan, en el caño del Doce de Octubre. Debimos irnos caminando hasta la casa con Patiño porque nuestros ingresos ese año, y muchos años más, eran magros, casi inexistentes: alcanzaban para dos buses, algunas veces sólo para uno, y un Mustang o, si había suerte, para dos buses y un Malboro (lo que llamaba la atención, dadas las condiciones económicas, es que hayamos jugado billar todo el año sin un centavo). El caso es que, al borde de la Avenida Carrera Sesenta y ocho, que a esa hora rugía como una leona herida, decidimos cruzar con los ojos cerrados, corriendo como un par de locos o, como lo que en realidad éramos, como un par de irresponsables que, además de su falta de sensatez, estaban en avanzado estado de embriaguez [Piensen, al margen del relato, o quizás apoyándolo, que era tal el grado de intoxicación del que éramos presa que prescindimos del más básico de los instintos: el de supervivencia]. El hecho es que oíamos, al ritmo de la carrera, llantas aullando con vértigo de tragedia, conductores lanzando ultrajes de todos los calibres, gritos de mujeres que nos veían con ojos entrenados para contemplar siniestros de toda laya. Llegamos a la otra orilla con el corazón desbocado como la juventud que no quería agotarse, como la noche alucinante, como la vida que parecía amplia, enorme, infinita para las mentes alcoholizadas, para las almas imprudentes que palpitaban mientras continuábamos riéndonos, hablando a gritos, dirigiéndonos a las casas a recibir los gritos y sermones que tanto se parecen al amor…
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24 de septiembre de 1999
Estábamos en la calle sesenta y ocho, diagonal al Cafam de Zarzamora, esperando que apareciera Doris, la amiga de Diana. Ella venía porque yo, esa misma tarde, la había invitado para que asistiera a una de las cientos de despedidas que le hicimos a Patiño. La intención de mi ofrecimiento era claramente galante puesto que ella y yo acumlábamos meses de febriles conversaciones telefónicas en cuyo contenido abundaban frases arteras, de doble sentido, en las que se evidenciaban la clara determinación de ingresar, por parte de los dos, o eso era, al menos, lo que pensaba en aquellos días, a las arenas del cortejo o, con algo de suerte, a las praderas del amor.
El caso es que eran las siete de la noche y estábamos Patiño, Diana y yo aguardando su arribo. A los pocos minutos bajó de la buseta y, al verme, corrió hacia mí. Le di un abrazo efusivo, vehemente, que rematé con un beso andeniado, con el que pretendía dejar claro cuáles eran mis proyectos. Luego saludó a Diana y se quedó mirando a Patiño con una curiosidad sospechosa. Doris, dije con la voz cenagosa, vacilante, le presento un amigo; le dio la mano al tiempo que se sonreían coquetamente. En ese momento me di cuenta que había incurrido en el peor error que se puede cometer en estos casos: había llevado a una mujer en edad de merecer, con notables cualidades físicas, a una casa atestada de jóvenes que exhalaban testosterona por todos los poros. Vamos, sugerí con un tono que evidenciaba la profunda preocupación en la que me sumía la situación.
Dos horas después me arrastraba por una conversación sin futuro. Ella, a pesar que indagaba con la mirada por el paradero de Patiño, se aferraba a mis palabras para no desbarrancarse en el aburrimiento. Al filo de la medianoche el rock, con sus estridencias y sus excentricidades, dio paso a la salsa. Una mano apareció entre los azares de la rumba para internarla en la marea de brazos y piernas. Mientras ella danzaba pensaba la mejor manera de conducirla a un paraje menos concurrido para poder entablar el último intento de conquista (si acaso esa noche podría hacerlo con el infortunado recurso de la palabra). La música cesó un segundo para dar paso a Sonido Bestial, o cualquier tema de movimientos frenéticos, delirantes, que encendían, y aún encienden, el galope de la sangre. Patiño, antes que yo me levantara para invitarla a bailar, la llevaba de la mano al rincón más oscuro. Lancé, al verlos en el margen izquierdo de la sala, al lado de la mesa del teléfono, enlazados de las cinturas y de las miradas, un improperio que naufragó en la borrasca de trompetas. Antes que terminara la canción ya me había dado cuenta que la batalla estaba irremediablemente perdida. Di, entonces, media vuelta, me senté en el sofá de resortes escandalosos, de manchas improbables, a beber los 375 c.c. de aguardiente que se calentaban en las vecindades de la pared, al lado de las patas del sofá.
A las dos de la mañana, cuando zozobraba entre el pesimismo y la decepción, le abrí la puerta al Negro. Diez minutos después sonó el timbre y era nuevamente él con la mirada enzarzada contra las brumas del alcohol. Negro, ¿a qué hora salió?, pregunté cuando abrí la puerta. Siguió sin dar respuesta. A los dos minutos sonó el timbre y era nuevamente él, con la misma mirada desorientada y los mismos pasos tambaleantes. Cerré la puerta pero, en lugar de dar media vuelta, me quedé observando a través de la ventana. A los pocos segundos vi desplomarse una sombra. Al levantarse reconocí al Negro (quien se acercaba nuevamente al timbre). Abrí y lo vi subir trotando por las escaleras. Contemplé, una vez más, por la ventana para verlo bajar, pero no lo hizo. Antes que pasaran cinco minutos oí a Carolina, la hermana de Patiño, gritar desde el tercer piso: “Diego, El Negro se quiere suicidar”. Todos subieron corriendo por las escaleras al tiempo que yo, ante la certeza que sería útil que corriera con ellos, abría la nevera para extraer un litro de aguardiente.
En las vecindades de las seis de la mañana, cuando la luz penetraba por las cortinas de la cocina, decidí, por aquellas travesuras del alcohol, por aquellas caprichos de la juventud, poner rancheras a todo volumen y despertar a los borrachos que la noche había repartido bajo la mesa del comedor, sobre el sofá, a la ribera de las escaleras, contra la estufa, al margen del lavadero. Subí el volumen todo lo que pude y empecé a cantar, como se usa en estos casos, a todo pulmón. A los tres minutos estaban El Negro, Astrid, Suarez, Walther y Nabyl compartiendo mi euforia y rematando el litro de aguardiente. Otros tantos se levantaron y se fueron ante la perspectiva que no podrían dormir por el escándalo. Patiño, entretanto, estaba desmayado en el tercer piso junto a Doris, la conquista de la noche (y del resto de año). Un grupo de adelantados y solidarios compañeros subió a despertarlo pero la única respuesta que obtuvieron fue un par de epítetos y la promesa que esa sería, para gloria de todos los vecinos, la última despedida. Quién sí se animó a bajar, pero con un objetivo diferente a la diversión, a la alegre convivencia etílica, fue Carolina Patiño quien nos expulsó, después de desconectar el equipo de sonido, con tres gritos secos. De allí salimos para mi apartamento a continuar la bebeta hasta el lunes en la mañana, día en el que salió Suarez, el último de los sobrevivientes, para su casa.
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Cabo Farra
Nuestra amistad inició una noche fría, con amagos de lloviznas, de soldados dormidos frente al televisor o sosteniendo conversaciones enérgicas, de voces fornidas, con un cigarrillo en una mano y una botella de gaseosa en la otra. Aquella vez llamé infructuosamente a varios amigos para espantar el tedio. Luego marqué el teléfono de Patiño (a quien no había buscado por imaginarlo lejísimos de su casa).
- estoy aburrido, dije después de las frases preliminares.
- yo también; y eso que tengo treinta mil pesos en el bolsillo.
- ¿Está aburrido con treinta mil pesos? Yo en su lugar estaría bebiendo cerveza
- Si es tan fácil porque no sale y nos emborrachamos los dos, respondió en tono provocador.
- Veámonos a las diez en mi casa; no se le ocurra preocupar a mi mamá diciendo que me escape (porque, si no se ha dado cuenta, me voy a escapar); diga que me dieron permiso y que lo llamé para vernos.
- Listo.
En el momento que colgué me di cuenta que había cometido un gran error. Pensé, en primera instancia, llamarlo para decirle que no podía huir pero las ganas de beber y, sobre todo, el deseo de evadir la bota militar me llevó a saltar, una hora después, el enmallado que queda al lado de las canchas de tejo.
Seis horas después estábamos, Nabyl (quien no recuerdo cómo se integro a la velada), Patiño y yo internándonos en una clásica borrachera adolescente. Nabyl señaló, con aquella responsabilidad que no conocíamos (y que quizás nunca conozcamos) Patiño y yo, que era hora de regresar al Círculo. Acepté la propuesta después de un forcejeo verbal y de la promesa que podía llevarme la botella de aguardiente. Tomé un taxi en la Avenida Boyacá que me trasladó al Club. Cuando llegamos me di cuenta que no tenía dinero; el conductor, evidentemente contrariado, me insultó hasta el momento en el que llegaron tres soldados (compañeros míos) a indagar por los gritos. Deme el aguardiente y quedamos a mano, propuso el taxista con voz resignada. Le di la botella y me baje. En ese momento, como dicen las señoras, me emborrachó el sereno. Dicen mis compañeros (porque no recuerdo nada) que al salir del vehículo insulté al celador del club (en aquellos días la seguridad estaba repartida entre civiles y militares) y luego lo empujé (provocación que él regresó con otro empellón) porque quería orinar en la puerta de la guardia. Nos separaron en el momento en el que lancé un puñetazo a la infinita oscuridad (ofensa que el portero respondió con una trompada certera)…
Una hora después, o quizás menos, sonó el Toque de Diana. Todos se levantaron para ganar turno en las regaderas. Yo, entra tanto, y como era natural por el estado de alicoramiento, dormía profundamente. Al poco tiempo venía el cabo Farra gritando, vociferando, ¿dónde está el hijueputa del niñorrea? Al entrar me vio acostado en el primer catre. Me tomó de los pies y me llevó arrastrando hasta el baño; abrió la llave de la ducha al tiempo que indicaba, entre rugidos, que no me moviera. Así estuve diez minutos hasta que él creyó (equivocadamente) que me había pasado la merluza. Le voy a dar gusto, dijo con voz serena; si le encanta la borrachera eso tendrá; remató mientras me arrastraba fuera de la barraca. Arranque con rollos, indicó con voz tensa. Di vueltas hasta que empecé a vomitar. No pare, gritaba sin importarle las arcadas; así estuvimos hasta las diez de la mañana (hora en la que yo sentía que iba a morir). Centinela; tráigale agua y pan a este hijueputa; y usted, pedazo de malparido, cámbiese que sale en diez minutos con la guardia.
A las seis de la tarde regresaba con las piernas temblorosas y la sensación de haber regresado del infierno. Niñorrea, gritó Farra desde su cuarto; vaya al rancho y luego póngase las prendas blancas que se va para el Salón Boyacá a cuidar una fiesta; para que no diga que no lo consentimos.
Requisé, a las ocho de la noche, en la entrada del salón y luego le dije a mi compañero que estuviera pendiente mientras yo descansaba en el tercer piso. Dormí profundamente hasta que me despertó el cabo Farra. Soldado marica, cabrón de mierda, malparido, dijo en evidente estado de embriaguez; no me emputa que se haya escapado ni que haya regresado a darse puños con el celador (a quien me tocó darle diez mil pesos para que no hablara); lo que me saca la puta piedra es que no me haya llevado con usted. Mi cabo, fue un problema de confianza, expliqué. Eso se arregla ahora mismo, dijo al tiempo que ponía dos vasos y una botella de whisky sobre la mesa.
Después de esa noche fuimos bebedores inseparables. No fueron pocos, en efecto, los amaneceres en los que atravesábamos la ciudad sobre la C-80 (la moto de la novia) para llegar a tiempo al Toque de Diana, ni fueron escasas las veces en las que llegábamos arrastrando al alojamiento después de “tomarrosas” (como él les decía) en alguna tenducha de barrio de la que salíamos disparando al aire, entre gritos de borrachos, entre miradas asustadas de señoras que se asomaban a ventanas, ni raras las tomatas con otros suboficiales en los cuartos del Hotel o en las fiestas en el Salón Boyacá. Frecuentes fueron, asimismo, las veces que sacrificaba mis salidas y mi dinero para rescatar la cédula, los proveedores de la mp3 o, en una ocasión célebre (y que quizás me decida a narrar), un revolver calibre 38, marca Ruger, que le extrajo al comandante de la compañía mientras este dormía, y que dejó empeñado en un billar en el barrio San Cristobal Sur, gracias a que perdió la cuenta en un “chico” que jugó con un matón…
Incendio del 1104
Dedicado a Don Walther (sin cuya implacable curiosidad no habría tenido la ocurrencia de escribir esta confesión) y a todos los que compartieron mi irresponsabilidad…
Era una mañana fría, como fueron todas la mañanas de 1996; la huella de aguaceros encharcaba las canchas que siempre estuvieron, sin importar la hora ni el día, ocupadas por apáticos estudiantes que preferían el microfútbol a las tediosas clases. El deseo de fumar, en el borde de las ocho de la mañana, nos hostigaba la sangre gracias a aquella inapelable necesidad de infringir toda prescripción de profesor o adulto. No recuerdo si fue Patiño o Nabyl quien extrajo, para atacar el deseo de tabaco, un cigarrillo de una billetera apestosa, descosida, atiborrada de hojas desastradas. Se estableció, una vez contemplamos aquel pitillo de tonalidades sospechosas, de arrugas cercanas a las grietas, que debíamos consumirlo fuera del baño para que el humo no llegara a la nariz de algún profesor melindroso, de costumbres vidriosas, de moral inapelable quien sabría inmediatamente que un grupo de estudiantes está desoyendo el Manual de Convivencia puesto que no están en clase y, lo que es peor, porque se encuentran fumando dentro del plantel educativo. Decidimos, para cumplir con lo pactado, ir al 1104 gracias a que, por aquellas intrigas del azar, se encontraban, él y el 1103, vacíos a esa hora. Salíamos, por tanto, de uno en uno y corriendo encogidos para que no se vieran las sombras a través del hueco de las puertas de los décimos. Diego Navarrete, una vez estuvimos los cuatro en el aula, tomó la iniciativa de encender el cigarrillo y, una vez le dio tres largas y enérgicas caladas, me lo dio para que lo rotara de tal forma que Patiño fuera el último en fumarlo (esta prevención se debía a que él tenía la mala costumbre de “rumbiárselo”). El tedio, una vez se terminó el cigarro, empezó a susurrarnos proyectos vecinos al vandalismo. El primero de ellos fue escupir, patear pupitres y rayar paredes (en ese orden). Descubrimos, cuando el aparato respiratorio estuvo libre de flemas y mucosidades, todos los pupitres con las patas para arriba y las paredes sin espacio para otra grosería, que el impulso vandálico estaba lejos (bastante lejos) de haberse sosegado. Por ello decidimos, Patiño y yo, quemar la caneca del salón. Arrojamos, para tal efecto, un papel que lanzaba centelleos amarillos contra los desperdicios (la mayoría de ellos inflamables) que aguardan en el fondo del cuenco. Antes del primer minuto las llamas llegaban al techo y el humo impedía que respiráramos normalmente (lo que nos impulsó a salir corriendo del salón). Patiño y yo, dos minutos después de iniciar la conflagración, no parábamos de reír al ver la llamarada saliendo por la puerta del recinto. Nabyl y Diego, más cuerdos que Patiño y yo (y, por ello mismo, más asustados que nosotros), buscaron cubos para apagar el incendio que parecía, al borde del tercer minuto, inatajable. No sé en qué momento ni de qué manera lograron controlar la combustión con un balde y un trapo viejo que encontraron en las vecindades… Poco después, cuando llegaron los alumnos sel 1104, se inició el revuelo por el “acto terrorista”. Los profesores y coordinadores iniciaron, por tanto, las pesquisas que se prolongaron por varias semanas y que incluyeron interrogatorios, recriminaciones y visitas de policías con cara de circunstancia, y de las cuales se llego a la conclusión que nadie, bajo ninguna circunstancia, diría quiénes habían achicharraron la caneca, los cuadros, carteleras y pupitres que tuvieron la mala fortuna de encontrarse en el camino del fuego…
Recuerdo que en el 2002 Don Walther, el papá de Diego (quien en 1996 era el presidente de la Asociación de Padres de Familia) me preguntó, entre tequilas y rones, si habíamos estado involucrados en “aquel incidente del 1104”. Yo, más cuerdo que borracho, le respondí sin que me temblara la voz, “no señor; quizás fue Cesar o alguno de esos alumnos de décimo que quemaron, meses después, los cultivos hidropónicos”. Él, inconforme con la respuesta, ha continuado indagado a lo largo de todos estos años con la esperanza de escuchar la confesión de labios de alguno de los implicados (hecho que, como pueden constatar, acaba de suceder)…
El inicio
Toda historia tiene un comienzo y toda existencia un origen. La mía, sin ir tan lejos, inició el 24 de diciembre de 1976, día en el que se conocieron mis papás (sé que pude ubicarla años atrás, en el encuentro de mis abuelos, suceso sin el que no hubiesen existido mis papás, o cuando se conocieron mis tatarabuelos, y así hasta los albores de la humanidad).
Caía una llovizna rencorosa, incapaz de dar licencia a la euforia de los borrachines que vacilaban en las inclinadas callejuelas de Tunja. La flota, como se llamaba por aquellas latitudes a los buses de ventanas bulliciosas y puertas desvencijadas, no había llegado. El encargado afirmaba que el bus llegaría de un momento a otro, que no había razones por las cuales alarmarse. Mi mamá lo miraba con la desconfianza que le producían (y aún le producen) los hombres que hieden a alcohol. Contempló, cuando apartó los ojos del agente de viajes, las laderas que escoltan la rudimentaria Terminal de Transporte, las tiendas atestadas de hombres que gritaban y manoteaban enérgicamente, las tinieblas que avanzaban con paso incierto. La inquietud le rasguñaba la sangre con violencia. ¿Qué hago?, se preguntaba por décima vez. Recordó, segundos después, la invitación de la hermana (mi tía) que declinó por la pereza que le producía la idea de ir a un lugar en el que conocía, a duras penas, a ella y al cuñado; prefirió, en lugar de ello, ir a Moniquirá, a la casa de una tía (hermana de mi abuelo) a celebrar con el enjambre de primos y primas que se reunían a propósito de la festividad. Eso habría hecho si el bus hubiera llegado a las tres de la tarde, como estaba programado, y no la hubiese dejado esperando con el corazón tocando a rebato y la ira palpitándole en las sienes.
A las ocho de la noche no tuvo más remedio que aceptar que la flota no pasaría hasta el día siguiente, o, con suerte, hasta la semana entrante a causa de un desperfecto mecánico, como declaraba el dependiente o, como aún supone, a causa de la infame borrachera en la que, a esa hora, navegaría el irresponsable conductor. Sólo le quedaban dos opciones: regresar a Bogotá y pasar la Nochebuena acostada en su cama o buscar el pueblo natal de su cuñado (lugar donde su hermana estaría departiendo con su nueva familia). El problema, el serio problema, estribaba en el hecho que mi mamá no recordaba el nombre del pueblo, lo cual, sea dicho de paso, no era de extrañar ya que es una palabra poco sonora, que da la sensación de ser una invención, un vocablo para despistar, para salir del paso de indiscretas preguntas. Pues bien, después que recordó que el pueblo se llamaba Sora se enfiló hacia los malogrados vehículos que llevaban horas estacionados frente a una de las tenduchas que circunvalan la Terminal de Transporte. Buscó a los dueños, quienes seguramente ostentaban narices rojas y tufos de ochenta octanos, para negociar el viaje hacia el pueblo que imaginaba (y quizás no erraba) más frío y más pequeño que Moniquirá. Mi mamá sostiene que minutos después de cerrar el trato salieron para el pueblo. Yo, con el respeto que merece su memoria, pienso que se equivoca; lo más probable es que debió esperar durante una hora, acaso más, a que el chofer terminara de ingerir la bebida espirituosa para empezar a despedirse de los compañeros quienes lo abrazarían, le palmotearían la espalda y, con certeza, le rogarían que se tomara la última cerveza, la última copa de aguardiente, el último trago de Whisky que apuraría directamente del pico de la botella, entre las carcajadas de los asistentes. Sea como sea, ella navegaba, al borde de las nueve de la noche de aquel 24 de diciembre de 1976, en la oscuridad más tenebrosa que había visto, al lado de un hombre en avanzado estado de embriaguez, hacia un pueblo que no conocía y al que no había escuchado mencionar ni siquiera por la confusión de letras en los nombres de pueblos más populares.
En la casa de los papás de Gerardo (su cuñado) pensó, al comprobar que sus temores eran justificados, que la verdad, la pura y simple verdad, hubiera sido mejor pasar la navidad enrollada en sus cobijas, en la soledad más absurda, en vez de estar sentada en la sala sin que nadie se atrevía a decirle poco más que el saludo y una que otra pregunta de cortesía. Su hermana, mi tía, pasaba ocasionalmente para indagar por su bienestar para luego ir a cumplir los estrenados compromisos de esposa, de reciente miembro de la familia de su consorte, a conversar con las cuñadas, a ayudarle a la suegra a servir generosamente las viandas a todo aquel que cruzara frente a la casa y a echarle una ojeada al marido para que no se embriagara o para que, al menos, no lo hiciera antes de media noche. Una señora, entre la decena de hombres y mujeres que transitaban por la sala, decidió tomar a mi mamá de la mano y llevarla a lo que se denominaba irónicamente “El Club” (un chiribitil en el que convivían borrachines y parejas que intentaban bailar entre ellos). Al fondo estaban sentados un hombre alto, entrado en años, una señora pequeña, de piel ceniza y, en medio de los dos, un hombre cercano a la treintena de años, quien compartía la estatura y el tono de piel de la señora. Él dijo llamarse, cuando se lo presentó Aida -la mujer que la había sacado de la sala-, José Isaías; el señor de su derecha era su padre (mi abuelo) y la señora de la izquierda su madre (mi abuela). La invitó a sentarse y le brindó, como era y aún sigue siendo su costumbre, todo cuanto ofrecía la tienda (incluidas las flores de la barra y uno que otro artículo del mobiliario). Luego bailaron hasta que mis abuelos, le dijeron que debían ir a la casa a celebrar la Navidad. Mi papá avergonzado, acaso ofendido, le dijo que la buscaría al otro día, en horas de la mañana, a la casa de los Muñoz, los suegros de mi tía. Ella regresó, en consecuencia, a la sala que, a esa hora, estaba atiborrada de gritos y personas.
Supongo que mi mamá se arregló, la mañana siguiente, de la mejor manera posible, con las prendas más llamativas que reposaban en su pequeña maleta. Ella, cuando le indago por los pormenores de aquel día, dice que había olvidado la promesa y al que la había hecho gracias a que él no le había despertado el menor interés. El caso es que mi papá no llegó aquella mañana de lloviznas horizontales y de interminables ventiscas. Pienso, ahora que lo escribo, que mi mamá no puede admitir, como no lo haría la mayoría de mujeres, que mi papá la dejó arreglada, con el alma colgando de un hilo, y que no tuvo la decencia de aparecer o, quizás, de enviar un mensaje, una breve esquela justificatoria (como quiero creer que se usaba en aquellos años). Esa misma tarde mi mamá fue invitada a la tradicional corrida de toros del 25 de diciembre. Ella aceptó por puro aburrimiento o, tal vez, para distraer el rencor de la decepción. El hecho es que entró a la plaza de toros a las dos de la tarde, cuando el sol asomaba tímidamente entre el enjambre de nubes grises, con aquella mirada altanera, con su enérgico caminar de trancos cortos y con los amenazantes pómulos que aún conserva. Entrevió, entre los asistentes, a mi papá quien, sospecho, estaría continuando la borrachera de la noche anterior, pero no quiso lanzarle ni siquiera una mirada de caridad. A los pocos minutos él, mi papá, se acercó para ofrecerle la manzanilla que se calentaba en aquella bota que contemplé en mi niñez, desgarrándose entre inservibles y viejos cachivaches. Ella, vuelvo a conjeturar, declinó la oferta al tiempo que el alma le retornaba al cuerpo o, lo que es más probable, mientrás se tomaba la confianza suficiente para cobrar el desaire…
Primer amor
Me encontraba en una piñata con un payaso ramplón y un mago prodigioso. Estaba, gracias a un inexplicable giro de la reunión, bailando con una niña mayor en edad y estatura. Los adultos, entretanto, aplaudían y reían de mis toscos pasos. Milena, frente a las risas, se balanceaba con la gracia de una bailarina de ballet. El payaso anunció, al final de la canción (que imagino, por la fecha y el lugar, un merengue), que ganamos, ella y yo, una muñeca y un juego de carpintería, respectivamente. Recibo el premio con el corazón galopándome y con la convicción que ha sido la mayor vergüenza de mis escasos cinco años. El único consuelo, pienso en ese momento, es el hecho de tener serrucho, puntillas y martillo para capotear el tedio del siguiente día. Los adultos piden, en el instante en el que me disponía retirarme de la sala, en coro aplaudido, que le dé un beso a la niña. Ella, imperturbable, acerca su mejilla para que la bese.
La mañana siguiente me despierto con los sentimientos enredados: noto que, a pesar de la alegría de tener juguetes nuevos, un temor muerde mis entresijos. Mi mamá, omitiendo deliberadamente mi mirada confusa, anuncia, en el instante mismo de mi desasosiego, que Milena había bajado una hora antes a buscarme. ¿Milena?, pregunto sobresaltado. Sí, responde; llegó hasta la sala y cuando se dio cuenta que la miraba salió corriendo. No puedo, en ese momento, reprimir una sonrisas socarronas ni atajar la concurrencia de emociones y sentimientos. acto seguido solicité a mi mamá que permitiera bañarme y vestirme sin su concurso. Ella, entendida en asuntos del corazón, asintió a mi requerimiento. Minutos después salí del baño con la cara radiante por estrenarme en los usos del amor y jabonosa por inaugurarme en las técnicas de la limpieza. Me vestí con los que juzgué mis mejores pantalones y me calcé los tenis que sólo me ponía en ocasiones especiales. Decidí, después que desayuné con el corazón tocando a rebato, subir al segundo piso. Ella me esperaba al final de las escaleras con una altanería medida al milímetro. Subí con la serenidad de un monje tibetano y cuando llegué al último escalón me incliné y, en un golpe de audacia, le besé la mejilla. Antes que ella tuviera la oportunidad de mirarme o, lo que es peor, de hablarme, huí por las escaleras. Me metí bajo la cama con la alegría y el miedo intrincados. Estuve allí hasta que escuché a los papás de Milena despidiéndose en el portón de la casa. Emergí, en ese instante, de la litera para asomarme a la ventana del cuarto. Vi, a través de las cortinas, a Milena mirando hacia la ventana…
El amor, a partir de ese instante, me ha acompañado de las dos maneras en las que él se presenta: por omisión o por persona interpuesta. El primer caso es, por mucho, el más común en mi vida, lo cual, a pesar de ser una suerte (téngase en cuenta que, cada vez que el amor se encarna en una mujer, mi vida se sufre modificaciones mayúsculas), me ha traído aflicciones vecinas de la tortura. El segundo, como queda dicho, ha generado prodigiosos cambios en mi vida (la escritura, sin ir tan lejos, es uno de ellos).
Marjorie
En las comedias norteamericanas que inundan la televisión y los cines nacionales se acuñó un término que pretende reunir una ristra de fenómenos en sus cuatro palabras: Amor A Primera Vista. Yo, en mi condición de escéptico irredimible, no creía que el tipo de amor que alude esta frase pudiera existir ya que este sentimiento es, entre otras cosas, una construcción desde y hacia la cotidianidad. Pues bien, el miércoles 15 de julio del presente año la vida con su incomparable capacidad de ilustración me enseñó que el amor también se edifica en pocos minutos y que es, acaso, más sólido que el amor que se labra sobre los pantanosos terrenos de la cotidianidad.
Eran las siete de la noche de aquel día. Estaba esperando en la portería de la urbanización La Puerta del Sol, el arribo de Mónica, de Melissa, su hija y de Marjorie, su amiga. Empezaba –o intentaba- acomodarme al calor de Barranquilla. Los residentes observaban con curiosidad a las maletas y a mí –en ese orden-. Yo miraba, entre tanto, el reloj cada dos minutos. Al final de la que imagine una larga espera llegó el taxi. Vi la mirada impasible del taxista y al lado la celestial sonrisa de Marjorie (la reconocí porque vi todas sus fotos en el perfil de facebook). Ella se bajo del vehículo y me abrazo con energía. Correspondí su saludo afectuosamente. Hola Cachaquin, dijo después del apretón. Salió Mónica y la abracé con euforia; saludé a la niña y entramos al conjunto
Minutos después de estar en el apartamento extraje el cable telefónico, las clavijas y las uniones que había comprado en Bogotá. Hice las conexiones correspondientes al modem para instalar internet al computador que esperaba en el estudio. Luego de una larga llamada a los técnicos de la compañía que suministra el internet (y de cuyo nombre no ha quedado registro en mi memoria) entraron al estudio para acreditar mis capacidades en la instalación de redes. Marjorie se sentó, para tal efecto, en la silla de la mesa del computador; Mónica en una mecedora grande y a mi correspondió una mecedora que, a juzgar por sus dimensiones, era para niños menores de ocho años. A los pocos minutos de estar todos en el estudio le tomé la mano derecha a Marjorie; contemplé la tersura de su piel y el tono fuliginoso y le di un beso en el dorso. En ese instante un corrientazo navego mi espina dorsal a todo galope; la mire a los ojos y ella respondió con una mirada luminosa.
A media noche estábamos todos acostados en la cama de Mónica. La niña dormía apaciblemente en tanto que nosotros hablábamos de Barranquilla, Saludcoop, los miembros de la familia y de amigos en común. En un impulso inexplicable me acerqué a Marjorie y ceñí su cintura con mi brazo izquierdo a la vez que posé mi mentón sobre el hombro de la misma lateralidad (en honor de la verdad quería, en lugar de descargar mi mentón, besar el cuello). Su cuerpo, lo sentí con nitidez, decidió quedarse quieto a pesar del sobresalto producido por mi audacia. Pocos minutos después Mónica se lanzó a las cenagosas aguas del sueño. Marjorie, cuando levanté el brazo para irme, me dijo que me quedara otro rato hablando con ella. Minutos después noté que estaba exhausta. Tienes que descansar, dije con firmeza al tiempo que me levantaba. Tome la sábana que estaba enroscada a los pies de la cama. La arropé con suavidad y le di un beso en una mejilla; la mire a los ojos un instante; me acerqué y le di un beso en los labios. Abrió los ojos; ¡la cague!, me dije en medio del pánico; mañana no volverá, rematé con pesadumbre. Apagué la luz y me fui a mi cuarto…
Al otro día me desperté con deseos irreprimibles de estar cerca de Marjorie. Me levanté minutos antes que Mónica y la niña salieran a trabajar y al colegio, respectivamente. Me acosté a su lado, la abracé con ternura y le dije dulcemente, hola. Me hundí en su mirada enigmática. Hola, dijo con voz neutra. Hablamos dos minutos sobre trivialidades hasta que acerqué mi boca a la suya; sentí, un segundo después, la mansedumbre de sus labios abrirse y recibir los míos…
Alcohol, toros y mujeres
Eran las nueve de la mañana cuando salimos de una fiesta con los compañeros de colegio. Como pasaba en aquellos lejanos días (junio del noventa y ocho) salimos sin un centavo y, en consecuencia, debíamos irnos, o bien caminando, o bien pidiéndole al conductor del bus que nos llevara por la puerta de atrás a cambio de un importe menor al valor total del pasaje. Ese día decidí caminar hasta donde una tía que vivía (y aún vive) a media hora a pie del lugar de la rumba. Cuando llegue me encontré con su marido con una maleta en la puerta. ¿Tiene algo que hacer hoy y mañana?, preguntó con voz apremiada. No, dije sin pensar. Entonces acompáñeme a un pueblo que necesito gente de confianza para vender las boletas. ¿Boletas?, pregunte mientras caminaba a su lado. Sí, organice una corrida de toros en Iguaque, un pueblo de Boyacá, y necesito que me colabore vendiendo boletas. Levante los hombros en señal que me daba lo mismo dormir toda la tarde en la casa de su mujer (mi tía) que irme a un pueblo desconocido a vender boletas, comida o cualquier cosa.
A las dos horas estábamos en el carro de los toreros rumbo al pequeño pueblo. El viaje estuvo acompañado por varias botellas de manzanilla y una botella de Whisky. Al llegar a Tunja comimos, para mi fortuna, generosamente en un restaurante que queda cerca del terminal de trasporte. Llegamos al pueblo cuando el sol enrojecía el cielo. Las personas estaban arracimadas alrededor de los toldos que vendían cerveza. El color de la nariz y el volumen de sus voces evidenciaban el avanzado grado de ebriedad en el que estaban. ¿Está seguro que funcionará?, inquirió un torero al esposo de mi tía. ¡Claro!, respondió este sin parpadear. Yo, al igual que el lidiador, estaba escéptico de la viabilidad del negocio. Nos bajamos al lado de una plaza fabricada apresuradamente por dos carpinteros oriundos de la región. Al ver la calidad del trabajo de los tablajeros nos invadió una desconfianza mayor. Creo que esto no va a funcionar, le dije a un torero en voz baja. Me miro a los ojos y me dijo: su tío ya nos pagó, así que el problema es de él, no nuestro. A las ocho de la noche estaba vendiendo las boletas en la entrada de la plaza. El chirrido de las tablas, y el vaivén de la misma, presagiaba una catástrofe. A las nueve soltaron el primer toro. La plaza bramaba con ira. Las tablas lloraban aferradas a tornillos y puntillas. No entré por miedo a morir aplastado y porque no me gusta la fiesta brava. Al final, para suerte de los asistentes, la plaza resistió el espectáculo.
Salimos a las once de la noche hacia la plaza para tomar cerveza y comer fritanga. Después de apurar ocho cervezas y varias morcillas partimos para Sora. Cuando intentamos prender el carro este no respondió gracias a que el tanque estaba más seco que una piedra. Del baúl salieron tres galones vacíos con igual número de mangueras. Buscamos camiones, al amparo de la oscuridad, para extraerle gasolina de sus tanques. Después de media hora, y una correteada del dueño de uno de los camiones, llegue con medio galón de combustible. Todos me esperaban en el carro. Hágale que ya le echamos gasolina, me dijo desde el interior, uno de los artistas. Dos horas después estaba en Sora tomando aguardiente y bailando con las habitantes del pueblo (todos los pueblos de Boyacá, al parecer, estaba de fiesta). Entre las circunstantes había una que me miraba insistentemente. Me acerque después que el aguardiente promovió valentía a mi corazón. La invité a bailar; aceptó sin timidez. Mientras bailábamos le pregunté por su vida y supe que era sobrina de un señor que vivió con nosotros, además de estudiar en la Distrital. ¡Vaya sorpresa!, dije con sincero asombro; tu tío vivió con nosotros por dos años y, al igual que tú, estudio en la Distrital. Me miró con escepticismo. ¡En serio!, dije para afianzar lo dicho. Después de algunas explicaciones el recelo dio paso a la sorpresa, y esta, a su vez, dio lugar a la admiración de los hilos del destino. Al filo de las tres de la mañana se fue a dormir. Yo, después que la acompañé a la casa, me enzarcé en una contienda etílica que concluyo la tarde del día siguiente, justo antes de empezar a vender las boletas de la función del lunes festivo. Todo salió bien y después de contar la plata nos vinimos para Bogotá. Llegamos a las doce de la noche. Yo traía una borrachera espantosa. Me dejaron en el Boulevard con la plata del taxi. Al siguiente día, con el estómago en estado calamitoso, llamé a la niña para invitarla a tomar cerveza en un bar del centro…
Copas y armas
Una noche de abril nos despertó un sargento porque había problemas en la discoteca: hay un hijueputa borracho amenazando al PM que está en la puerta con un revólver, dijo con voz nerviosa. Al escuchar eso salimos corriendo hacia el lugar. Al llegar vimos que estaba, en efecto, un suboficial ebrio, armado y con el uniforme gritando al PM que estaba en la puerta. Lo más grave del caso era que el suboficial no solo pertenecía a nuestro batallón sino que era orgánico de nuestra compañía (era mismo sargento que me había esposado en el batallón meses atrás). Uno de nosotros le grito, después de indagar con la mirada: “suelte ese revólver o se lo hago tragar gran hijueputa”. Nos miramos asombrados porque González nunca había descollado por su valentía ni por su fortaleza. El sargento, al escucharlo, se vino tambaleando hasta nosotros. Se paró frente a él, y sin quitarle los ojos de encima, le dijo con voz pausada: “repita lo que dijo soldado”. González le dijo sin pestañear: “suelte el hijueputa revólver o se lo hago tragar”. Todos nos miramos con pasmo. En un parpadeo el militar le dio un cabezazo y luego lo empujo; el soldado dio un traspié y cayó al piso; el sargento se lanzó sobre él con rapidez y lo fulminó con dos patadas en la cara. Cuando constató que González no hostigaría más dio media vuelta y se encaminó a la discoteca. Nos quedamos quietos sin saber qué hacer. Cuando llegó a la puerta de la discoteca encañonó al PM sin mediar palabra. El soldado levantó las manos y lo dejó seguir ya que no tenía forma de defenderse (en las fiestas y en la puerta de la discoteca los soldados debíamos prestar con una cosa que se llama prendas blancas y con un bolillo). Nos miramos y salimos corriendo para el alojamiento a sacar el armamento. Uno de nosotros, después de armarse, salió a buscar al comandante de la base en tanto que el resto de nosotros nos fuimos para la discoteca.
Al vernos entrar el sargento sacó el revólver y se vino hacia nosotros. La música, en ese momento, paró; los gritos de las mujeres no se hicieron esperar; las personas se escondían bajo las mesas (parecía una escena de película gringa). Pero es que las niñas quieren parecer hombrecitos, dijo el suboficial mientras se acercaba. ¿Quién es tan valiente como para darme un balazo?, continúo. Se paró cuando estaba a tres pasos del grupo. Metió el arma entre la pretina del pantalón y el cinturón; sacó una cajetilla de cigarrillos del bolsillo de la camisa; extrajo un cigarrillo y lo encendió; cuando iba a expulsar la primera bocanada de humo sintió el culatazo de un fusil. Minutos después ya le habíamos propinado una paliza inolvidable. Cuando llegó el comandante de la base teníamos amarrado al borracho a un poste de la cafetería. A las seis de la mañana lo recogió una comparsa de oficiales y suboficiales de la brigada quienes lo condujeron, según nos contó un teniente, al calabozo para luego procesarlo por los desmanes de la noche.
Fiesta de quince
En la manigua de eventos sociales hay uno que se caracteriza por el boato, la dilapidación y los consecuentes excesos en la ingesta de viandas y alcohol: la fiesta de quince. Entre la ristra de este tipo de festejos recuerdo especialmente uno al que me llevo mi mamá con la promesa que no estaríamos en la reunión por más de una hora (saludo a mi amiga y luego nos vamos, fueron sus palabras).
Llegamos a la casa de la quinceañera a las siete de la noche. En ese momento estaba la amiga de mi mamá reunida con las compañeras del trabajo. Después de las presentaciones y las preguntas acostumbradas me senté en una silla que estaba a la diestra del parlante que entonaba con desgano a Los Hispanos.
Poco después que tome asiento la anfitriona me preguntó si quería aguardiente. Sí, gracias, fue mi respuesta lacónica. Después de dos minutos de espera llegó la señora con un vaso transparente de plástico lleno hasta la mitad de aguardiente. Cuando vi la generosa cantidad me sentí regocijado. La señora se dirigió, después de darme el trago, a la cocina –donde, por cierto, estaba mi mamá-.
Quince minutos después paso Helena, la amiga de mi mamá, para abrir la puerta. Cuando cruzó note que miro el vaso vacio que descansaba sobre el silente parlante. Un minuto después llegó con un vaso igual al anterior pero en esta ocasión lleno de ron con Coca Cola. Le di un primer sorbo y comprobé que la señora dominaba la mezcla del Cuba Libre: 90%de ron; 8% de Coca Cola y 2% de limón. Bebí con gusto el brebaje mientras revisaba los CD’s que me había dado para que eligiera la música que quería escuchar. Al término del Cuba Libre la dueña de la fiesta me trajo, sin la pregunta protocolaria, medio vaso de aguardiente. Lo tomé al tiempo que escuchaba con gozo la autorizada voz de Daniel Santos. A las dos horas, cuando la sala estaba atiborrada de familiares, la quinceañera llegó con vestido de noche y peinado de reina. Los concurrentes al verla gritaron, silbaron y aplaudieron. La homenajeada, ante la salva de aplausos y silbidos, se puso roja como un rescoldo. Después de las felicitaciones y los abrazos todos se enlazaron en una red de conversaciones que hacía inaudible a Fruko y Sus Tesos.
A las tres horas fui a la cocina a preguntarle a mi mamá si había llegado el momento de irnos. En diez minutos salimos, contestó ella. Cuando llegue al ángulo que había ocupado encontré un vaso con aguardiente. Me senté a beberlo y a cambiar las agonizantes canciones. Dos horas después no sabía cómo había llegado a esa casa ni cómo me iría de ella gracias a los doce vasos de aguardiente y a las diez Cubas (no obstante la borrachera pude llevar la cuenta de la cantidad de alcohol que había consumido esa noche). Los invitados, en ese momento, empezaban a salir gracias a la consunción de la alegría. En la puerta -donde se arracimaban los primos que no decidían irse- vibraron cuatro trompetas; el silencio de los asistentes se apretó para darle paso a la voz de un señor barrigón, chiquito y con bigote cano. La quinceañera, que minutos antes tenía cara de abatimiento, resplandeció de nuevo. La algarabía de los sobrevivientes encendió de nuevo la hoguera de las chirigotas y los diálogos que agonizaban minutos antes.
Después que los mariachis se fueron se acercó mi mamá hasta el rincón donde el sueño empujaba mis párpados. ¿Nos vamos?, preguntó. Sin poder hilar bien mis pensamientos asentí con un movimiento imperceptible de la cabeza. Intenté levantarme pero el peso del cuerpo me ganó cayendo de nuevo en la silla. ¿Está borracho?, inquirió mi mamá con disgusto. Volví a asentir con la cabeza. A usted no se le puede llevar a ninguna parte porque no piensa sino en emborracharse…
Borrachera inolvidable
Todo inició con una ingenua llamada de Patiño. Después de hablar durante media hora de lo divino y lo humano me dijo que fuera a su casa a emborracharme. Le dije que no tenía ganas de ir y que, además, no tenía un peso para comprar aguardiente. Él me respondió que la plata no era problema porque iba el negro y que entre los dos se acopiaba los recursos necesarios para el alcohol. Después de un largo periodo de meditación (dos segundos) le dije que sí. Colgué.
Dos minutos después volvió a sonar el teléfono. Era mi primo. Le dije que le caía a la casa y que de ahí partiríamos a la casa de Patiño a tomar trago.
A los tres minutos sonó, de nuevo, el teléfono. Esta vez era mi hermana. Le dije que si quería que fuera a la casa de Patiño porque se formaría una reunión amenizada por el alcohol.
A las ocho de la noche estábamos frente a un almacén de cadena reuniendo la plata para comprar Aguardiente del Quindío (era el que ofrecía la mejor promoción del momento: por dos botellas le regalaban media más). Salió el Negro con cara de acontecimiento: no había aguardiente del Quindío. Pero, dijo él, me alcanzó para estos cuatro litros de N (esta es la hora que no sé cómo compró tanto aguardiente con tan poca plata). Después de aplaudirlo, felicitarlo y darle golpecitos en la espalda, nos fuimos para la casa de Patiño.
Cuando llegamos al sagrado hogar estaba esperándonos mi hermana con una caja de vino. Nos instalamos cómodamente en las sillas; abrimos las cajas y empezamos a libar el nunca bien ponderado brebaje.
En la mitad de la primera caja Patiño llamó a Doris. Habló con ella bastante tiempo. Luego se sentó compungido. Después, al término del litro, se levanto y volvió a llamarla; ella le suplicó, con frases que siseaban en sus dientes, que fuera a recogerla. él aceptó con la frase lapidaria: espéreme en la terraza. Colgó; me miró y me dijo: camine marica que hay que bajar a Doris de la terraza. Yo miré a mi primo y le dije: camine marica que hay que bajar a Doris de la terraza. Salimos con la incomparable valentía que genera el alcohol.
Cuando llegamos estaba ella, cual doncella Shakesperiana, esperando a su amado. Él, cual Romeo, le dijo en voz baja: calle a ese perro hijueputa que puede despertar a su mamá. Ella, cual Julieta, le dio una patada al escandaloso lebrel. Patiño, en el instante que el animal suspendió sus ladridos, le preguntó si tenía una cuerda. Ella, con cara de yo pienso antes que ustedes, mostró la cuerda que ya tenía atada al hueco de un ladrillo(acá debo abrir un paréntesis. La terraza quedaba –o queda, no sé- en el segundo piso y estaba custodiada por seis hileras de ladrillos). Doris, después de santiguarse, subió a los ladrillos; se agarro de la cuerda y bajó con rapidez pasmosa. Nos miramos con asombro Patiño, Rodrigo y yo. Ella, una vez toco el piso, se abrazo a su amado Romeo…
Al llegar a la casa retomamos la labor. Sacamos la segunda cajita y la inauguramos con aclamaciones a la destreza de Doris. En tanto que nosotros (mi primo, el Negro, Patiño y yo) tomamos aguardiente, ella y Diana remataron la caja de vino. A la media hora estábamos eufóricos. Al término de la segunda caja estábamos picados con el trago. Doris, por su parte, estaba bastante ebria. Patiño, cual hombre responsable, decidió dejarla en la casa.
Fuimos de nuevo Patiño, mi primo y yo. Cuando llegamos Doris le dio miedo subirse. No sea pendeja, le decía en voz baja Patiño; subirse es más fácil que bajarse. Ella no atendía razones. Luego de unos minutos de deliberación decidí subir a la terraza y desde allí ayudarla a trepar. Todos estuvieron de acuerdo. Subió sin ningún problema. Luego, cuando yo iba bajando me dejé caer de espalda. No sentí dolor alguno. Me limpié y nos fuimos caminando como si nada.
Cuando llegamos el Negro ya estaba durmiendo. Rodrigo, mi primo, se tomo dos tragos más de aguardiente y se fue a dormir. Mi hermana se acostó poco después. Ante ese panorama le dije a Patiño: nos tocó emborracharnos con lo que queda de trago. Él, obviamente, asintió.
Al terminar la tercera caja estábamos entrados en la juma: hablábamos duro; la lengua estaba espesa y las palabras corrían sin sentido. Paramos a comer. Luego, cuando el estómago estaba lleno y la cabeza había recuperado en buena medida su lucidez, abrimos la cuarta caja.
Al amanecer encontré entre el desorden de cd’s uno que me llamó la atención. Le pregunté a Patiño de quién era; me dijo que era de la hermana. Lo puse y sonó una canción de Edith piaf que dejé que sonará indefinidamente.
De ese momento hasta las doce del día no sé qué sucedió. El hecho es que cuando desperté estaba encerrado en un colectivo en los límites de la ciudad. Estaba completamente ebrio. Empecé a patear la puerta para que me dejaran salir. Al poco rato llegó el conductor y me sacó de un jalonazo. Me tiró al suelo y se quedó quieto mirándome con odio. Luego me echó la madre y me dijo que me largara antes que empezara a repartir varilla. Me levante y me fui caminando. A las dos cuadras vomité. Seguí caminando. A la media cuadra volví a vomitar. Seguí caminando. Diez pasos después volví a vomitar. Luego di dos pasos e intenté de nuevo vomitar. Luego me recosté en un poste y me dormí…
Primer día en el batallón
Recuerdo que todos queríamos pegarnos un tiro aquella tarde de enero. Llevábamos más de una semana escuchando “mañana bajan al batallón”, “esta tarde bajan al batallón”. La desilusión, a estas alturas, nos había tomado por asalto, ya no deseábamos bajar al maldito batallón: queríamos, en su lugar, hundirnos hasta el cuello en la carroña de la que se alimentaba la compañía de instrucción. En ese momento, cuando todos veíamos volar los moscos bajo la canícula, oímos el grito de algún dragoneante: “hasta tres para formar”. Nos levantamos sin ganas para ir a apiñarnos en lo que debía ser un pelotón. Después de una larga disertación sobre el compromiso de los soldados y cosas de ese jaez el capitán Días anunció lo inesperado: tienen diez minutos para arreglar sus cosas que en media hora bajan al batallón. El asombro dominó las filas. Todos corrimos sin concierto hacia nuestros alojamientos para alistar nuestras pertenencias.
Diez minutos después estábamos, en efecto, con tula y baúl frente al campo de paradas donde estaba el capitán Días; miro las desordenadas filas de soldados, el piso y luego dijo: ¿quiénes saben cocinar? todos nos miramos con asombro. ¿No hay ningún hijueputa que cocine?, preguntó. Un par de manos tímidas emergieron del quinto pelotón. Al frente, gritó. ¿Quiénes saben tocar instrumentos?, volvió a indagar; algunas manos asomaron en las filas. Los interrogantes siguieron hasta que sólo quedamos el grupo de soldados que no sabíamos hacer nada. Bueno, dijo el capitán en tono desabrido, ustedes son una vergüenza; no sirven ni para tener una puerta. A partir de este momento hacen parte de la compañía Girardot, la que será, téngalo por seguro, la peor compañía del ejército (nos dimos la mano, al término de la frase, en señal de camaradería y respeto).
Todos los soldados antiguos, cuando arribamos al batallón, tenían una tabla en la mano. En el instante en el que el primero de nosotros bajo del camión golpearon las tablas contra paredes y pisos al unísono con tal coordinación que sólo sonaba un tablazo amenazador. Los vamos a matar a tablazos hijos de puta, gritaban una vez pararon de golpear pisos y paredes. El recibimiento fue, lo confieso, muy intimidante. Después del conteo, la entrega de intendencia y la asignación de catres nos fuimos a comer. Al regresar de la comida formamos y se leyó la guardia que iría a prestar esa noche (yo estaba en el grupo). Me asignaron fusil y munición para ir a prestar esa noche en la casa del procurador…
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Al regresar de la guardia estaba tan cansado que me tire a dormir en el camión, desoyendo la recomendación de los dragoneantes. Me despertaron una patada del suboficial de servicio. Baje del camión, hice las reglamentarias veintidós lagartijas y me fui a entregar el fusil.
Después del desayuno me acosté en el catre para reponer algo del sueño perdido la semana anterior. Una hora después me despertó un cabo de un tablazo (ese, definitivamente, no era mi día). Levántese hijueputa, gritó; ¿no ve que hay revista de armamento? Gracias al sueño no entendía lo que me decía. El caso es que saque el baúl de abajo del catre; tome de él las cartucheras y en el momento que iba a sacar los proveedores de ellas entendí la razón por la que estaba prohibido dormir en el camión: porque le robaban los proveedores a los que se dormían. Sentí un corrientazo desde la cabeza hasta las verijas. ¡Me robaron! ¡hijueputa, me robaron! Concluí después de dos segundos de estupor. Desde la puerta de la compañía el cabo me insultaba porque no salía rápidamente. ¿Qué hago?, me preguntaba en un estado vecino al pánico. En un momento de iluminación me dije: robémosle los proveedores al centinela del baño ya que él presta sin armamento. Busqué su baúl, lo abrí con los alicates que me acompañaron durante una buena parte del servicio, extraje de él dos proveedores y la toalla para colocar sobre ella el armamento (no quería ensuciar la mía). Salí radiante.
En la mitad de la revisión apareció el centinela del baño. Me asuste un poco pero conservé el aplomo. Dos minutos después estaba revisando todos los proveedores. ¡hijueputa vida! Me decía constantemente mientras se acercaba. Se paró frente a mí y me dijo: usted es muy huevón; ¿no se dio cuenta que los proveedores están marcados? Bajé la mirada y vi, en la esquina inferior, una abolladura que hasta ese momento creí causada por el uso. Mi primero, dijo el soldado con voz neutra, ya los encontré. Se vino el sargento viceprimero con cara de poco amigo. Se paró frente a mí, me miró a los ojos y me dijo con voz suave: soldado; está usted detenido. Así, con esas palabras y con esa puntuación. Sonreí. ¡Este man me está mamando gallo!, pensé después de emitir un suspiro. ¿Cree que soy un payaso?, inquirió. No mi primero, respondí con tranquilidad. En ese caso mi soldado, empiece a quitase las cucardas, los cordones y las presillas que está detenido; continúo; Vélez tráigame las esposas que están en la oficina. Yo miraba para todo lado esperando encontrar una explicación en los gestos de perplejidad de los demás soldados. ¡Que se quite las cucardas, los cordones y las presillas soldado!, repitió. Me las quité como él me pidió. Llegó Vélez con las esposas. El sargento cerró una en mi muñeca derecha. Sígame, por favor. En ese momento mi conciencia me abandonó. Llegamos al primer catre; siéntese; me senté; cerró el gancho libre de la esposa en la varilla del catre.
Luego de estar una hora mirando el piso con la mente en blanco llegó el sargento. Deje esa cara que la única violada que duele es la primera, las demás serán placenteras, dijo con tono socarrón; Vélez, tráigale los cordones, las cucardas y las presillas al soldado, continuó. Y usted, afirmó mirándome fijamente a los ojos, tiene cinco minutos para conseguir esos proveedores para que no continúe el proceso disciplinario por robo; la verdad no lo quiero joder; consígase los proveedores y decimos que se los habían escondido y todo queda ahí. Al término de la frase me levanté y salí frenético a buscarlos. Al minuto de empezar mi búsqueda se me acercó un soldado y me dijo: yo sé lo que usted está buscando; deme diez mil por cada proveedor. ¡Listo! ¡no hay problema!, respondí con la voz temblorosa…
Penúltima Borrachera
El próximo tres de mayo cumplo cinco años sin probar el alcohol. Mi última borrachera inició el treinta de abril a las siete de la noche y concluyo a las siete de la mañana del tres de mayo. Lamentablemente no puedo hacerla pública gracias a la palabra que le empeñé a dos de los protagonistas.
Puedo, sin embargo, narrar mi penúltima borrachera. Esta inició un domingo de comienzos de abril. Ese día fui a explicarle cálculo diferencial a un primo. Al concluir la clase salí con el objetivo de irme a almorzar a mi casa y acostarme a dormir el resto del día. En la entrada del conjunto me encontré, sin embargo, con otro primo (el hermano menor del anterior). Después de media hora de conversación decidimos irnos a una tienda a tomarnos una cerveza para redondear conceptos. A las cinco de la tarde ya nos habíamos tomado ocho cervezas cada uno. En ese momento nació el tema reina de las bebetas: el despecho. Le conté mi desamor y luego él hizo lo propio. En ese momento supusimos que la cerveza era demasiado mansa para el carácter del tema en discusión. Pedimos, por tanto, media botella de aguardiente. Al término de la primera ronda de conclusiones pedimos la otra media. Las tinieblas se filtraban por las rendijas del atardecer. Mi primo me invitó a que nos sentáramos a ver pasar a la causante del agravio.
A los diez minutos estábamos sentados en una banca de madera con la tercera media. Tomamos pausadamente hasta que pasaron en el carro de mi primo la ex novia y el ex marido. Mi primo se enfureció de tal modo que azotó contra el piso la botella que tenía en la mano. ¡Cálmese; no sea huevón!, le dije a mi primo; en vez de romper botellas contra el suelo debe destrozar todas las cosas que ella le regaló. Él me miró fijamente a los ojos; sopeso las palabras, se quitó el reloj de la muñeca y lo lanzo contra el piso con toda la fuerza que dio el brazo. El reloj quedo indemne en el piso. Lo levantó y lo azotó de nuevo. Nada. Lo tome y fustigue la acera con él. Nada. Hombre, le dije, creo que hay que ponérselo a las llantas del alimentador de transmilenio. Tiene razón primo, respondió. Al ver llegar el bus verde mi primo lanzó el reloj bajo las llantas de este. Pudimos observar, cuando el aparato arrancó, que el reloj yacía despedazado en el asfalto. ¡Eso le pasa por perra!, grito mi primo a los fragmentos suponiendo, quizás, que estos le transmitirían los improperios a la donante. Recogió las piezas, me las dio y me dijo: déjelas debajo de la puerta para que se dé cuenta que la odio. Fuimos hasta el Él, entretanto, la llamó para decirle que era una perra y otros improperios del mismo calibre.
Salimos del lugar rumbo a una tienda. En ella compramos un litro de aguardiente. Tomamos un poco en la misma silla en la que esperamos, minutos antes, a la traidora y luego, cuando el frío nos acobardó, subimos al apartamento. Allí mi primo bebió un trago más y se quedó dormido en el sofá. Yo, aburrido, decidí llamar a la culpable de mis desamores mientras terminaba el litro de aguardiente…
Semana Santa
(Ensor)
La tarde del miércoles santo llegaron a mi casa dos primos (Oswaldo y Mauricio) y el tío Edgar. Su visita era para invitarme cordialmente a un viaje a Villa de Leyva. Yo gustoso acepté. Esa noche se quedaron para salir en la madrugada del jueves hacia el pueblo. A las nueve de la mañana estábamos desayunando en una cafetería que queda al lado del terminal de transporte. A las diez tomamos el colectivo que nos llevó a dónde mi abuelo, a las once del día estábamos catando la primera cerveza de la jornada y a las cuatro de la tarde decidimos bajar a saludar a mi abuelo. Yo bajaba medio ebrio a causa del trasnocho y de mi inexperiencia. Recuerdo claramente que nos sentamos a tomar guarapo mientras llegaba él, Cleotile, su compañera o Javier. No sé qué paso después, lo cierto es que cuando me desperté la casa estaba llena de personas con guitarras y panderetas. Sus canciones, más cercanas a los chillidos, me retumbaban en mi atontada cabeza. Diez minutos después llegó Javier.
-¿ya le pasó la borrachera?, dijo con tono burlón
-creo que sí; pero aún estoy mareado. ¿Quiénes son los que cantan?
-Son unos señores que trajo Martha.
-Evangélicos, supongo.
-sí.
-Menos mal que no me han visto o sino ya hubieran empezado con la cantaleta que el trago es malo; que Dios me va a castigar, etc.
-¿cómo que no lo han visto? No se acuerda que usted salió vomitando por esa ventana cuando ellos estaban almorzando, afirmó Javier señalando la ventana que comunica el cuarto donde estábamos con el comedor.
-No, no me acuerdo. ¿Qué más paso?, dije con voz pastosa.
-Nada; yo lo jalé y lo saqué a que vomitara al lavadero.
-Gracias.
Al siguiente día, cuando abrí los ojos, escuché a los señores evangélicos que iban a bendecir el desayuno con un conjunto de salmos que serían amenizados con una docena de canciones.Paila; no hay desayuno, pensé mientras me ponía el pantalón. A los diez minutos estaba tomándome la primera cerveza en la tienda de Don Joaquín. Quince minutos después llegaron el tío Edgar y Oswaldo espantados por los salmodia religiosa. Una hora después llegó Mauricio con cara de aburrimiento.
-¿Lo pusieron a cantar alabanzas al señor?, inquirió el tío con tono socarrón.
-Sí, contestó tenuemente.
Le ofrecimos una cerveza y seguimos tomando hasta que llegó Javier para avisarnos que los señores evangélicos se preparaban para hacer una celebración que duraría, según el criterio del organizador, el resto de la tarde. Paila, no hay almuerzo, pensé al tiempo que recibía la duodécima cerveza. Aquel viernes regresamos a la casa en una borrachera incomparable.
Al siguiente día los cánticos iniciaron a las seis de la mañana en tanto que nosotros empezamos la bebeta a las siete y la concluimos, al igual día anterior, al filo de la media noche. El sábado las alabanzas iniciaron a una hora que osciló entre las tres y las cinco de la madrugada. Ese fue el único día que pudimos desayunar. A las nueve de la mañana los hermanos de la fe volvieron de una caminata y se dispusieron a bendecir al señor por las maravillas naturales que vieron durante la peregrinación. A esa hora partimos para la tienda a iniciar nuestro acto litúrgico de emborracharnos como marineros desamparados.
El domingo las antífonas iniciaron poco después que nos acostáramos y terminaron, según relató Javier, a las once de la mañana. Nosotros llegamos a las ocho de la mañana al templo del alcohol hasta las dos de la tarde, una hora después que los evangélicos se despidieron de nosotros. Nos bañamos y comimos las costillas de gallina que quedaron en una olla acompañadas de tres cucharadas de arroz. Subimos a la carretera a esperar a Roque, el esposo de una prima, quien había prometido, días atrás, llevarnos hasta el pueblo. A los diez minutos llegó junto con Jaime y Mayerly. Les invitamos una cerveza que aceptaron gustosos. Roque dijo que no podía beber porque estaba recuperándose de una operación que le practicaron semanas atrás. A la tercera cerveza, sin embargo, aceptó tomar media botella. A los pocos minutos estaba más prendido que los que llevábamos tomando todo el día. La bebeta se animo y, cerca de las siete de la noche, cambiamos de tienda debido a que el tío Edgar tenía que despedirse de la novia. En la siguiente tienda Oswaldo se recostó en un palo que sostenía unas tejas de zinc ocasionando que este se corriera y las tejas me cayeran encima. El suceso causó risa entre los circunstantes que a esta hora bordaban la decena. A las doce de la noche, después de visitar ocho tiendas, estábamos tomando y bailando en el bar que estaba en la entrada del hipódromo. Llegamos al pueblo a las tres de la mañana. Cuando entramos a la casa de nuestra prima, la esposa de Roque, esta pegó tal alarido que supimos que las cosas se pondrían difíciles. Salimos los tres con nuestras maletas a tomar en el terminal mientras amanecía y así poder regresar a nuestra amada Bogotá…
Mujeres y evocaciones
Las mujeres son capaces de enderezar un riel arqueado con su terquedad mineral al tiempo que pueden salir con los ojos lluviosos de una película de Meg Ryan. Así son las mujeres: persistencia de acero y sensibilidad de algodón. Sus palabras, en las tempestuosas noches del infortunio, calientan al tembloroso corazón o, en las esquinas de la desobediencia, golpean nuestros oídos como relámpagos asesinos. Las mujeres levantan hombres caídos o entierran soles altivos en el miasma del dolor. Encienden hogueras de pasión o invitan a los más dulces sentimientos…
Yo no he sido, por supuesto, ajeno a ellas. Las mujeres, en mi caso, son fértil semilla para las praderas de la escritura, así como han sido abierto campo de reflexiones. Sus reprimendas han rectificado los extraviados pasos y sus caricias han apaciguado mis días de melancolía. Pero ¿Quiénes son ellas? ¿Dónde y cómo las conocí? Las próximas entradas narran cómo las trajo el arroyo del tiempo a mi vera, cómo fue el primer beso, la primera vez que la vi o cómo conquistaron mi corazón.
Doy, pues, paso a las historias para que ellas les transmitan las emociones que originaron sus almidonados ojos o sus tersas palabras.
Luz Amparo
(Monet)
Me encontraba en la secas ramas del estudio cuando Luz Amparo me arrebato con sus tersas palabras. Los hechos y acontecimientos que marcaron el inició de nuestra relación estuvieron marcados por corazonadas y presagios.
El cuatro de diciembre del año pasado llegué a estudiar al departamento de matemáticas. Antes de iniciar la jornada de estudio pasé por la sala de cómputo para mirar mi correo. En la sala me encontré con Amparo. Le conté que estaba despechado a causa de Mónica. Le mostré, incluso, algunos vallenatos que tenía guardados en el correo. Al final de la conversación le dije que presentía que una mujer iba a llegar a mi vida antes que terminara el año. (Amparo, días después, me confeso que sintió la corazonada que era ella a la que yo me refería).
Al siguiente día tuve clase de álgebra abstracta y luego salí a almorzar con un grupo de compañeros. Al término del condumio regresamos a la universidad a dormir en un pastizal. A los diez minutos de haberme tendido en la pradera sentí la imperiosa necesidad de ir al edificio de matemáticas. Me levante, me despedí de los adormilados compañeros y fui al templo del conocimiento. En el salón de estudio me encontré a Amparo. Ella, antes de sentarme a hablar, me dijo que estaba pensando en mí. A las cuatro de la tarde, cuando decidí irme a estudiar, apareció Oscar Velandia, quien, al vernos, dijo: los estaba buscando. Amparo y yo nos miramos con asombro. Les traigo trabajo, continuó; quiero que, por favor, me corrijan este escrito que debo presentar mañana. Nos sentamos a corregir el documento. Nos fuimos, al termino del trabajo, a tomar tino a la Facultad de Artes. Allí nos encontramos con unos amigos de Luz (Bárbara y Nicolás). En medio de la conversación Amparo me dijo que comprara el pasaporte porque adquirirlo es de buena suerte para viajar. Cuando me dijo eso sentí un corrientazo premonitorio que aún no logro entender. Cuando la conversación decayó decidimos levantarnos para tomar nuestros respectivos destinos: Luz para su casa, sus amigos para un bar que se llama Comedia y yo para la biblioteca.
Al siguiente día me levanté desanimado. Me levanté al medio día, desayuné y me acosté a dormir. A las cuatro de la tarde almorcé y a las cinco me dio un ataque súbito de ir a la universidad. Me bañé, metí el libro de álgebra en la maleta y salí a la universidad convencido que iría a estudiar.
Cuando llegué a alma mater me dirigí hacia la biblioteca Central. Cuando estaba en la plaza che sentí un impulso irreprimible de ir hacia el departamento de matemáticas. Me fui con la curiosidad palpitándome en la cabeza. Entré, subí las escaleras y me fui directo al salón de estudio. Allí me encontré con tres viejos amigos. A los dos minutos apareció Amparo. Nos fuimos, como siempre, para la Facultad de Artes a tomar tinto. Allí nos encontramos, de nuevo, con Bárbara y Nicolás. Bárbara, en medio de la conversación, invitó a Luz a Comedia. Amparo se mostró renuente. Yo, inexplicablemente me incluí en la conversación (no acostumbro hacerlo) y le dije a Bárbara: tranquila que yo la llevo. Luz ante esto no pudo oponerse.
Mientrás íbamos para Comedia, en la puerta de la universidad, Amparo me dijo: supongo que sabes porqué nos estamos viendo todos los días (yo no tenía idea alguna). No, no sé por qué nos hemos visto estos tres días, contesté. Lo que pasa es que… inició Luz, dejando una pausa larga, casi infinita. El silencio dominó a las tinieblas y al frío de la noche capitalina. El mundo se detuvo un instante. Lo que pasa es que tú me gustas, concluyó con voz tensa. Mmmhhhh, ahhhh, era eso, respondí; no hay problema, no hay ningún inconveniente, no pasa nada. Vamos para Comedia y luego hablamos de eso, ¿te parece? Concluí serenamente. El sosiego repatrió, en ese instante, su barca de banderas raídas y mástil apolillado a la dársena de nuestra amistad.
En Comedia conversamos sin hablar, las palabras y los comentarios que hacía Bárbara o Nicolás sonaban como el eco de recuerdos. ¿Qué hago? Era la pregunta que se anclaba a mis pensamientos. Al final de la velada nos paramos en la puerta y decidimos quién se iba con quien: Bárbara con Nicolás y Amparo conmigo. Entramos, de nuevo, a la universidad. Caminamos hablando frivolidades hasta que, al cruzar por la plaza Che, llegó la respuesta a la pregunta: hágale, bésela apenas pueda; deje las reflexiones para otras materias, en el amor el que piensa pierde.
En transmilenio nos encontramos con una prima. Hablamos de todo un poco. Luego me llamó Mónica. Sentía la tensión en el aire: Amparo se sentía incómoda, yo estaba enredado, mi prima sospechaba la dinámica de la situación pero no decía nada…
Amparo, al llegar al Portal, estaba muy nerviosa. Yo estaba aplomado: la situación la tenía asida por el mango. Ella abrió el grifo de frases y comentarios; yo, entre tanto, dejaba que la tensión se diluyera en el torrente de palabras hasta que estas se transformaron en las púas y luego se diluyeron en un apasionado beso…
Carolina
(Leu)
En el campo del amor hay un lugar muy especial para los amores contrariados. Ellos, con sus dientes de pétalos y su sonrisa de alcohol, abaten la arrogancia de la juventud. Este es uno de ellos.
A Carolina Rodríguez la conocí una noche de mediados de diciembre de 1999. El día inició con unos tragos de aguardiente con unos compañeros de semestre. Al medio día me encontré con el negro, Walther y Astrid. Nos acostamos – después de ir al edificio de Lingüística para acompañar a Astrid a buscar una profesora- a tomar vino. A las cinco de la tarde se nos unió Suárez. A las siete de la noche el negro me preguntó si quería ir a bailar; la pregunta me pareció extraña, fuera de tono, incluso; sí, no veo porque no, le contesté; ¿Quiénes van?, indagué. Las amigas de Astrid. ¿Están buenas?, inquirí; Sí, dijo al tiempo que levantaba los labios en señal de convencimiento. A las ocho de la noche salimos los mencionados hacía el centro. Nos bajamos en la 19 y caminamos hacia la Jiménez por la carrera tercera. Cuando llegamos frente al bar Antifaz, Astrid dijo: ¡Ahí están, ya vuelvo! No le presté atención (estaba muy concentrado en abrir la nueva caja de vino con la boca y con las llaves del apartamento). A los cinco minutos llegó Astrid con dos jovencitas: una tenía gafas, una nariz un poco larga, labios ligeramente gruesos y una dotación generosa de pecas; la otra era una morenita muy agradable y bastante atractiva. Será caerle a alguna de estas viejas, me dije mientras cruzaba miradas con las dos. Les presento, dijo Astrid, a mis amigas; él es Walther, él es Suárez y él es Diego; mucho gusto, les dije mientras levantaba el brazo derecho; yo soy motas. Ellas, las dos amigas de Astrid, se miraron con algo de asombro; ah, motas, repitieron débilmente y al unísono. No le preste atención y seguí tomando de la caja que tenía en mi zurda.
Meses después (el 20 de abril de 2000), llamé a Astrid o ella me llamo-no lo recuerdo bien-; el caso es que me dijo que una amiga suya necesitaba un libro sobre Hölderlin (para ser exactos ella no se acordó del nombre del escritor), y quería que yo le hiciera el favor. No creo que pueda, contesté; estoy un poco ocupado con un ensayo para el contexto Revolución Industrial; sin embargo, concluí, dame el teléfono haber si le puedo ayudar en algo. Esa misma tarde la llamé, pero lo único que me respondió al otro lado fue una contestadora diciendo: hola, llamas al xxx; sí necesitas a Carolina o si te gustó mi voz, marca uno, si no, marca dos. Parece que tiene buen humor la amiga de Astrid, me dije al tiempo que sonaba el pito. Lindo mensaje, dije al infinito silencio que sobreviene al pitido; soy Diego, amigo de Astrid; ella me dijo que necesitabas que te prestara un libro, o algo así; si aún lo necesitas llámame al xxx. Esa noche me llamo Carolina a las nueve; recuerdo que hablé muchísimo con ella –cosa rara en aquellos tiempos -y que sentí, al colgar, un leve cosquilleo en la boca del estómago; inmediatamente me abalancé contra la pila de libros que tenía en mi cuarto y busqué afanosamente todo lo relacionado con Hölderlin; al filo de la media noche encontré el artículo que me daría, pensé en ese momento, la excusa para llamarla. Al otro día, en efecto, la llame para comunicarte el feliz hallazgo: tenía un artículo que le serviría para hacer el trabajo. Quedamos de encontrarnos al día siguiente, el jueves santo, frente a la biblioteca Luís Ángel. Recuerdo que llegué diez minutos tarde a la cita. Iba subiendo por la calle once hacia la carrera cuarta cuando sentí la mano derecha en mi brazo izquierdo; volteé a mirar y era una muchacha bastante pecosa que me miraba con una sonrisa sincera. ¿Hace mucho llegaste?, preguntó. No, acabo de llegar, respondí en tanto intentaba interpolar la imagen de esta mujer con la de una de las dos amigas que Astrid me había presentado meses atrás. ¡Claro! me dije un segundo después; ya se quién es. Vamos a tomar gaseosa, sugerí; sí, gracias, contestó. Estuvimos buena parte del día hablando y conociéndonos…
Sandra
En el impreciso límite que divorcia la timidez de la prudencia camine durante los meses que Sandra trabajó en la panadería de su papá.
Toda la historia comienza el 26 de julio del 2004. Ese día salí a las diez de la mañana para llegar a clase de once. Frente a la portería me di cuenta que tenía un billete de veinte mil pesos que causaría la mirada iracunda del conductor de la buseta la cual convergería en la tersa venganza del referido: una docena de billetes viejos unidos a un manojo de monedas. Ante este hecho decidí comprar un paquete de cigarrillos y una caja de chicles para cambiar el billete. Para tal efecto me dirigí a la panadería que era el establecimiento que estaba más cerca del paradero de busetas.
Cuando llegué al lugar no encontré a nadie; la panadería estaba desierta: las mesas solas, las vitrinas abandonadas al polvo que el viento traía. Buenas, grité con enérgica voz. Nadie contestaba. Buenaaas, grité con más fuerza. Nadie. ¿Dónde está la señora que atiende?, me pregunté al tiempo que miraba el reloj. Di media vuelta resignado a recibir irascibles miradas de choferes de busetas y el consecuente escarmiento de billetes viejos. Al tercer paso escuche la voz de una mujer: a la orden. Giré lentamente hasta quedar frente a una muchacha de veintitantos años; pómulos amenazantes; seriedad a prueba de sismos y una inquietante mirada. Me vendes una cajetilla de cigarrillos y una caja de chicles, por favor, solicite sopesando cada sílaba. Claro, respondió con un tono neutral. Dio media vuelta para luego empinarse con el propósito de alcanzar los cigarrillos que descansaban a dos metros de altura. Yo entretanto miraba de abajo hacia arriba el espectáculo: gemelos de medidas apetitosas; dos muslos que incitaban a la exploración táctil; dos nalgas ajustadas a la proporción áurea; cintura de líneas convergentes; cabello rojizo… ¡qué rico! Me dije con una emoción contigua a la demencia. Tomó los cigarrillos y me los entregó con una mirada fulminante. ¡uyyy, se dio cuenta de la inspección visual!, pensé al tiempo que le sostenía la mirada. Después de tres segundos de contienda visual ella tomó el billete y se fue a la caja para darme el cambio. No se te olviden los chicles, le recordé con voz alegre. No se me han olvidado, Respondió secamente. Los tomó de una caja que estaba debajo de un afiche de harinas el lobo (rinde que da gusto). Me entregó los chicles y el cambio con desdén. Gracias, dije; di media vuelta, y luego me fui hasta el paradero de buses.
Los encuentros y desencuentros se multiplicaron a lo largo del año y medio en el que ella estuvo en esa panadería. Algunas veces hablábamos con mucha fluidez, en otras ocasiones me arrojaba un magro saludo. Hubo momentos, incluso, en los que juré que yo le gustaba y períodos, opuestos a los anteriores, en los que transitaba en la certeza que le importaba menos que un comino partido.
Un buen día de semana santa no volvió a atender. Supuse que se había ido de vacaciones y que, días después, retornaría a su trabajo. Durante seis meses fui todos los días a comprar el pan del desayuno con la esperanza de verla con su penetrante mirada detrás del mostrador. Desalentado le dije a mi mamá que indagara por el paradero de Sandra. Mi mamá, fiel al encargo, averiguó que ella nunca volvería a atender la panadería puesto que su papá la había vendido.
A mediados del año pasado fui comer con mi hermana y su novio a un restaurante que queda cerca de acá. Cuando íbamos a sentarnos me di cuenta que Sandra (mi Sandra) estaba sentada en la mesa del lado con dos niños de tres años y con un bebé que dormía mansamente en un coche. Ella se estaba comiendo un helado y los niños coloreaban unas cartillas.
Hola, dije con ternura. Ella se quedó mirándome fijamente a los ojos con cara de “¿quién es este tipo?”. Haciendo caso omiso a su mirada de desconcierto seguí preguntando: ¿cómo te ha ido? Hace bastante tiempo que no te veo. Ella, más curiosa que prevenida, siguió con la mirada fija en mis ojos. No sabes la falta que me has hecho, continué; desde que te fuiste no volví a comprar pan. En ese momento sus ojos brillaron porque sus recuerdos hallaron el camino extraviado en los recovecos del tiempo. ¡Que lindo!, dijo con la sonrisa que, años atrás, me intimidaba. ¿Cómo está tu mamá? ¿Todavía estás estudiando? Continuó. Sí, aún sigo en la universidad. ¿Qué ha sido de ti?, contesté. Bien; estoy viviendo en las casas que quedan cerca de Cafam, dijo con la mirada refulgente. Ahh. ¿Estos niños son tuyos?, inquirí. No todos. Él es mi niño, dijo señalando al impuber que estaba en la silla del lado; ella es mi sobrinita, y este es mi cosita preciosa, afirmó al tiempo que sacaba del coche un bebe de ocho o diez meses. Ahh, exclamé con la certeza que la conversación concluía en ese momento. Hablamos ahorita, dije al tiempo que daba vuelta para responder la pregunta de la mesera. Durante los diez minutos que intenté hablar con mi hermana y mi cuñado sentí la mirada de Sandra clavada en mi espalda. Sentí nostalgia en el momento que les dijo a los niños que se iban; se levantó y empezó a caminar. Al tercer paso, cuando estaba frente a mi mesa, me dijo, con una sonrisa arcangélica, adiós…
Mónica
Hay amores que crecen al margen de la distancia y que hunden sus raíces en la tierra de la melancolía con bastante fuerza; la siguiente historia resume un amor con estas características.
La noche del 29 de diciembre del 2006 estaba chateando en un portal llamado chatear.com. La noche transcurría normalmente hasta que me encontré con una colombiana en este mismo sitio (lo cual era muy extraño ya que el noventa por ciento de los integrantes de este lugar son chilenos y argentinos). A los pocos minutos sabía que era barranquillera, de treinta y cuatro años de edad, doctora y que trabajaba en saludcoop. A las tres de la mañana me dijo que tenía que irse porque tenía turno al otro día; me dió el correo y me dijo que le escribiera; yo le prometí que le escribiría sin falta al otro día.
Al siguiente día me levanté a las tres de la tarde, desayuné y me senté a escribir dos correos que tenía pendientes: el de una amiga argentina que había conocido días antes en el mismo portal y el de la barranquillera. A las nueve y media de la noche ella, la barranquillera, contestó; en el mail contaba que tenía una hija y que era separada; me preguntaba qué autores le aconsejaba para leer. Recuerdo que este correo me llenó de alegría. Le contesté con toda la arrogancia que cabe en esta cabeza: le sugerí autores y libros rebuscados que, si bien es cierto me gustaron, pretendían descrestar. Ella respondió a esta andanada con buenos propósitos para el próximo año…
Los correos iban y venían hasta que el seis de enero nos encontramos casualmente en el chat de gmail. Ese día chateamos más de seis horas y le pude conocer la voz gracias a que ella me llamó al celular. La primera impresión que tuve fue la idea que me estaba mintiendo puesto que su voz no era la de una mujer de treinta y cuatro años sino de, pensé en ese momento, de setenta (después de tres minutos de charla me di cuenta que su voz sonaba así porque estaba muy nerviosa).De ahí en adelante mezclábamos todas las formas de comunicación posibles en esas circunstancias: chats, llamadas telefónicas, e-mails y cartas tradicionales. Todo venía en ritmo ascendiente hasta que el sábado 20 de enero ella me propone que seamos novios. Yo sin titubear acepto, iniciando así nuestro noviazgo…
Hoy hace un año, el 8 de marzo de 2007, nos vimos por primera vez. A las siete de la mañana me llamó para saludarme y me encontró de malgenio gracias a que tenía que presentar un parcial de análisis matemático I y no había estudiado nada. Nos peleamos hasta que entré al salón a presentar el examen. Me fui, después de presentarlo, para el apartamento a alistar mi ropa que utilizaría el fin de semana… me puse bastante nervioso cuando faltaban diez minutos para su arribo: las manos me sudaban, me sentía mareado y con náuseas. Al ver en la pantalla que el avión había aterrizado estuve tentado a salir corriendo. Tome aire, me paré y me fui caminando lentamente hacia la muelle de salida. Empezaron a salir un grupo de hombres ataviados con impecables trajes de paño, luego unas muchachas con camisetas y jeans raídos… salían y salían personas y yo no la veía salir. ¿Será que salió y no me di cuenta?, me preguntaba al tiempo que me ponía más nervioso. ¿Qué hago si ya salió? ¿Será que la llamo? Me hice un ovillo de preguntas. A los pocos segundos vi la silueta de una mujer flaca, alta, hermosa. La sombra se fue diluyendo hasta hacerse mujer. Sí, era ella. Flaca, la llame con la voz temblorosa. Giró la cabeza hacia mí y se vino lentamente. Empecé a temblar sobrenaturalmente. Ella, al verme tan nervioso, le dió risa al tiempo que me daba un beso en la mejilla. Yo le di un mamut de peluche que había comprado la semana anterior. Lo miró con ternura y me dio un abrazo que trajo algo de sosiego a mi alma; tomó, acto seguido, de entre los brazos del mamut la rosa que este sostenía y a la que sólo le sobrevivía un pétalo. Me miró con cara de “¿esto es una flor?”. Levanté los hombros en señal de “no sé qué paso con la rosa; ella estaba completa hace media hora”. Tomé la maleta y nos fuimos a buscar un taxi…











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